No hagais caso a Shakespeare


No hagáis caso a Shakespeare.

Cuando afirmó que estamos

hechos de la madera de los sueños

mentía hablando en escritor

no era sincero

   - Los escritores ¡puf! esa gentuza

     amiga de jugar con las palabras

     sonoras y lindas mas sin hueso -

En realidad estamos

hechos de la madera de los muertos

pues tú y aquel y yo

 - que bien lo sabemos

    los que vamos aún por el camino

    sudando silencio

    gota a gota sangrando soledad

    trágica recordando a los que fueron -

todos nosotros

de su árbol ramas somos desgajadas

madera que nació de su madera

para que la consuma el mismo fuego

y pues somos hornija

nos va quemando – la Vida

ese hornijero.

Poeta definido


Un poeta aunque os pese

-ese tipo raro, de acuerdo, ese salvaje,

ese animal selvático –

es algo más que un hombre, diríamos

un ente sobrehumano

o mejor metafísico

porque tiene el coraje sin fronteras

el valor infinito

de gritaros al rostro sus verdades

ignorando

vuestras sonrisas falsas

de zorros ladinos

sin temer ni temblar porque se sabe

ser superior más allá y más arriba

que vosotros

por fuera y por encima

del ridículo.

Eso es y ahí está:

Poeta definido.

Podéis sonreír, zorros ladinos,

un poeta

buscará vuestros ojos con sus ojos

analíticos

os escupirá una mirada

en la que leeréis lo que sois

para él

-en realidad, nada

como él –

y seguirá su camino

de hombre solo perdido en las estrellas

puliendo amorosamente sus palabras

esas joyas...

esos cuchillos...

Ahí está:

Poeta definido.

Semicarta a Platón, catilinaria imprevista


           ¿QUIÉN como los poetas, Platón amigo, podría definir lo indefinible? ¿Quién apresar la frase exacta –sino un vate- que sintetice toda una prolija teoría de juicios plena de recovecos, obstáculos y zonas sombrías, de tránsito difícil y fin inalcanzable para esa gran pluralidad –“la masa” dijo Ortega- que formamos los despreciados por las musas? Acaso tu tiempo lento; tu tiempo de relojes de luna y de sol  -tiempo con tiempo de verdad- no necesitara de poetas porque vuestros días de luz de fuego eran largos y largas vuestras noches de luz de plata; pero mi siglo es distinto y carece de esa hora inmóvil que permite a los hombres pararse a meditar. Y sólo los poetas -¡Oh, Platón, divino, esto es casi un reproche para ti! –pueden hacerlo, ya que únicamente ellos, los amados de los dioses, usan el reloj de la hora singular que no conoce antes ni después, ni minutos, ni segundos, ni ritmo, ni medida. Los poetas nacen y anclan, como navíos en el puerto del tiempo de Dios. La Eternidad. Y tal es la causa de que ellos, aunque también hombres al fin, por su mayor proximidad a lo divino, intuyendo y descifrando la Verdad, capten la dimensión del error que los bípedos comunes no pueden percibir y por ello repudian al resto de los mortales que tan sólo se alimentan de tierra y a la tierra sirven de pasto en inacabable y recíproco banquete, macabro, sin pensar, más allá ni más arriba del nivel en que se halla situado su voraz aparato digestivo. Los hombres comen tierra y la tierra se alimenta de carne. Y todo es tierra en definitiva. Y esto lo saben los poetas y por ello desprecian toda especie de aves que, teniendo alas, sólo saben volar a ras de suelo.

            Tu república, Platón amigo, no precisaba de poetas, según tú; pero las nuestras sí que necesitan, lo mismo que yo hube de recurrir a uno para robarle este título no presentido por científicos ni filósofos, pues aquéllos, idólatras de la fórmula, ignoran la carne y la sangre y el alma; y éstos, peregrinos de sofismas muertos, desconocen el palpitar del corazón que sufre. He aquí por qué solamente un poeta –pies en el suelo, cabeza en el cielo- puede dar la medida de la hora que corre y definir de plano el gran defecto del tiempo presente.

“Este tiempo sin tiempo...” No sé si Manuel María, poeta gallego, cantor de la llanura –Noriega lo fue de la montaña y Leiras Pulpeiro del mar-, me dijo en persona esas palabras, o yo las leí en alguno de sus libros. O quizás –no lo recuerdo- estén en algún “Sermón para decir en cualquier tiempo” de esos que él tiene escritos e ignoro si ya publicados. De cualquier modo que haya sido, esas cuatro palabras definen rotundamente “el mal del siglo”.

            Tiempo sin tiempo, sí, es este que empleamos, malgastándolo, en perseguir bienes del suelo volviendo, cada vez más la espalda al Cielo. Se acusa una tendencia universal totalmente materialista que se resume en un absurdo inmoral e ilícito culto de latría al verbo vivir usado como espada, escudo y bandera de combate. Las veinticuatro horas de cada día se han vuelto escasas para el hombre que lucha ferozmente por la consecución, mantenimiento y acrecentamiento de una posición vital superior  a la de los restantes –caiga quien caiga- utilizando recursos innobles en la gran mayoría de los casos, que avergonzarían incluso al hombre primitivo adorador de fetiches sin más ley que su potencia física.

            “Este tiempo sin tiempo...” las palabras de Manuel María señalan el drama del tiempo moderno –de moda-. Del café a la cafetería hay tanto como de la silla al mostrador. Algo así como una escala descendente de valores espirituales. Eso supone el triunfo de una norma, desgraciadamente imperante, que implica el olvido (el hecho de la prisa es sintomático de grave enfermedad) de siglos de civilización y cultura que hasta aquí fueron ejemplo y señalaron caminos en la marcha de la perfección humana. Pero este tiempo –tiempo agónico- señala el principio, creo yo, del drama nuevo de la Humanidad. Menos mal si unos pocos poetas, supervivientes de trágico naufragio, navíos anclados en la hora de Dios, son capaces de seguir llenando sus ojos de azul, alta la cabeza, hasta que el tiempo recobre la medida.

            He aquí por qué, Platón, amigo, yo reverencio a los poetas que tú quisiste alejar de tu república. Esos son los únicos, hoy, resistentes al tiempo sin tiempo que llevan dentro algo humano. Ellos son la esperanza del mundo.

Gijón, ciudad de conquista


           La villa -¿quién lo niega?- es una ciudad, una gran ciudad. Usted, señor, que la discute sin conocerla, ¿qué sabe? Cierto, sí, que tiene la cara sucia, y las manos y hasta los pies. Pero eso la honra, la ennoblece, la dignifica, prestigiándola. La ciudad no es una chica-taxi ni está casada con un millonario. Ella es soltera, es obrera, trabaja, suda, gana por sí misma su pan y su sal. Y, claro, al trabajar se ensucia, es necesario. ¡Y tampoco se va a laborar con el traje dominguero! Pero mírela usted,-usted, señor que la discute- qué limpia, qué bonita, qué airosa, qué elegante, después que se ha bañado en la piscina inmensa –en su mar- cuando se asoma a la ventana, a ver el sol o que el sol la vea, o sale a pasear por la calle Corrida, esa entrañable calle gijonesa, donde la ciudad se contempla a sí misma mirándose en miles de ojos atentos de hombres y mujeres. Porque la ciudad es eso, señor: hombres y mujeres. Las calles, las casas, las carreteras nacieron después que los hombres. Antes de Adán la Tierra era un globo de tierra sin caminos. Fue el hombre, en el principio, el que trazó senderos despellejándose los pies contra la piel dura de la tierra. Fue el hombre, después, quien edificó, quien construyó, quien pavimentó. Luego puso nombre a la masa edificada y de ella misma lo tomó para sí. De este modo el concepto “ciudad” pasó de la aglomeración humana a la aglomeración urbana. Los latinos lo decían muy bien. “Civitas”: la ciudad. “Cives” el ciudadano. Algo civil, es decir, humano. ¿Hay algo civil o humano si no hay hombres? ¿Quién fue primero, la ciudad o el ciudadano? He aquí el dilema. “Homo”: el hombre. “Mulier”: la mujer. El hombre y la mujer, esto es, el origen. Adán y Eva. Ellos son el mundo. Ellos son la ciudad y el pueblo y la aldea remota y el lugarejo pintoresco tendido al sol, tranquilo, en aquel valle florido y el caserío perdido, silencioso, entre esas altas montañas siempre envueltas en eterna bruma.

            Sí. La villa es una gran ciudad que tiende a ser más grande todavía y por eso trabaja y suda y sufre y tiene la cara sucia y las manos, y hasta los pies. Por eso también –porque trabaja y va a más cada día- yo digo que es una ciudad de conquista, aunque el título esté un tanto manido y sea un plagio completo excepto en una sola palabra; en esa palabra que lo dice todo: Gijón. Gijón, la grande y hermosa ciudad de mañana. La que respira humo y suda aceite para ganarse un futuro mejor que el buen presente que disfruta ya.

            Pero no confunda usted, señor. Londres, Nueva York, Berlín, no son ciudades, son caos, torres de Babel. Gijón no ansía ser eso. Quiere saber siempre, en cada momento, donde tiene los pies y la cabeza y si lo que le duele es el pulgar o el meñique y de qué mano o de qué pie. Quiere saber por cual de sus innúmeras fosas nasales –chimeneas- se va el humo del carbón que arde, que se quema, en el estómago de una cualquiera de sus fábricas. Pretende percibir, poder recibir, en su cerebro, la impresión nerviosa que debe sentir cuando acuda a la playa a bañarse, a tostarse al sol o, simplemente,  a mojarse los pies. Todo lo que una ciudad normal –no monstruosa- debe ser capaz de sentir. Como sufre aquel enfermo. De qué manera se divierte ese joven. Qué linda es esa muchacha que pasa por la calle. Qué piernas vacilantes, inseguras, las de ese bebé que camina de la mano de su joven madre. Porque la ciudad  ha de ser madre también. Madre de sus padres: los hombres y mujeres que la hacen posible, que la hermosean, que la engrandecen, que la hacen, en fin, conquistándola, ciudad de conquista para seres por venir, Los que aquí vendrán, pronto, buscando la vida, la fama, la belleza, el trabajo, el descanso, el placer. Lo que tiene y puede dar Gijón. Lo que esta madre, esta gran madre  -Gijón- entrega ya a sus hijos, hoy, como pequeño anticipo de lo que les dará mañana.

Cara y cruz de la ciudad

 
            Una señorita elegante, arrastrada por un perro que usa abrigo atraviesa la calle. Un niño desarrapado, calzando alpargatas sucias, enseña una costilla sí y otra no porque su camisa está hecha de agujeros y no lleva camiseta. Hay un ciego en aquella esquina que pregona el cupón y toma el sol. Un auto lujoso está a punto de atropellar a un transeúnte distraído. Un ciclista hace equilibrios llevando a hombros un tablón largo y guiando con la otra mano libre. Yo cruzo la calzada, ojo avizor, preocupado por el tráfico. Alcanzo la acera de enfrente y respiro. Miro de soslayo a una muchacha bonita y digo no a un limpiabotas sucio. Luego pienso, caminando, que la ciudad es así, cara y cruz, y que el artículo que voy a escribir será mucho a lo Baroja.

            No sé cuál es la ciudad de que esto escribo. Todas son iguales, me parece. Todas son así: cara y cruz. La ciudad es atrayente y odiosa. ¿Cómo pueden ser los dos opuestos a un tiempo? No lo sé, pero “es”. Hay la riqueza y la pobreza absolutas. La hartura y el hambre ensayan taquicardias en distintos corazones y por causas diferentes. Las gentes viven unidas y distantes, sin embargo. Cómo puede ser lo desconozco. Será porque la ciudad es grande. Será...

            Las calles en la ciudad son de todos para todos; pero tienen también categorías. Esta que ahora transito es larga y ancha y posee edificios altos y muchos brazos de luz. Su pavimento es uniforme, limpio y liso, cuidado. Esta calle, de noche, interpreta una canción cromática. Aquella es corta y estrecha, sus casas enanas, y carece de ojos luminosos. Su suelo es jorobado, es corcovado, sucio. De noche es una calle ciega que llora lágrimas de sombra. Llueve. La calle larga es un espejo reluciente en el que se miran gabardinas verdes. La otra presenta cientos de charcos fangosos que esperan asesinar calcetines. Las dos, con todo, tienen sus vecinos. Los vecinos de ambas son personas y, sin embargo, el contraste agudo me hace creer que la ciudad es inhumana por ser así, sin matices, bruscamente, cara y cruz.

            Una viejecita camina despacio arrastrando los pies. Un jovencito dobla la esquina corriendo y la tropieza. Murmura un “perdone” rápido y sigue a paso ligero. Un señor de sombrero contempla zapatos caros ante un escaparate. Dentro de un bar hay gente que discute agitando los brazos. Es gente joven y yo la veo bien, desde fuera mirando a través de la vidriera amplia. Un hombre gordo pasa ofreciendo lotería “de la que toca”. Yo indiferente, sigo paseando entre otros indiferentes. La gente va y viene con prisa.No sé de donde viene ni a donde va. No sé quien es nadie. Nadie sabe quien soy yo. Nada nos une. Nada nos separa. Solo hay el hecho de que vivimos aquí. Vamos al café. Venimos del cine. Subimos al tranvía. Bajamos del autobús. Nos tropezamos. Nos miramos sin odio y sin amor. Nos estorbamos mutuamente y solo sabemos de nosotros que  la ciudad es nuestro techo y nuestro suelo, nuestro común denominador indiferente. Soportarse es bastante, pensamos –pienso yo-.
 
           Siempre serás un extraño en la ciudad. A veces eso te alegra porque sabes que nadie se preocupa de ti. Afanas y pretendes en medio de una total indiferencia. Puedes vivir tu vida. Ser tú, sin que nadie te importune. Vas y vienes, sólo, arrastrando tu singularidad bípeda al paso que la espalda de tu espíritu suda bajo la carga pesada del saco  de tus pensamientos sin destino. Y otras veces, perdido en tu soledad acompañada, lloras lágrimas sin sal, regresando a tu profesión de hombre, porque quisieras ver una mirada cordial en otros ojos. Pero es inútil. La ciudad es una esfinge inclemente sin vísceras ni rostro que ignora los latidos calientes de tu sangre. La ciudad carece de conciencia. Por eso se nos presenta así, bruscamente con su cara bonita y su cruz horripilante.

Hombres, barro idéntico


            Sin duda inspirándose en el Génesis, Víctor Hugo –“Los Miserables”- escribió: “Todos los hombres están hechos del mismo barro. La misma sombra antes. La misma carne ahora. La misma ceniza después”. Nada que reprochar. Nada que añadir en pocas, escuetas, palabras.

            Decir razas castas, linajes, es decir palabras vacías, sin sentido. O aceptamos la hipótesis loca de la aparición del hombre por generación espontánea o, de lo contrario, hemos de regresar al dilema del huevo y la gallina, el cual nos conduce necesaria y directamente, al padre Adán y a la madre Eva. De aquí que podamos decir que todos los hombres nacieron del mismo ovario. De Eva a Dios no hay más que un paso: Adán. Es así que, entonces, todos los hombres tenemos el mismo origen. Esta es la gran realidad que el Cristianismo hizo teoría y práctica en cuanto a las relaciones que los hombres han de tener con los otros hombres y con Dios: los mismos derechos y los mismos deberes, sin tener en cuenta para nada pigmentaciones epidérmicas. El prójimo puede tener la piel de distintos colores e, incluso, carecer de piel sin que, por ello, se rebaje un ápice su condición de ser humano y de “portador de valores eternos” que dijo nuestro José Antonio. Por otra parte hay que considerar que la “nobleza del color” y aun toda clase de nobleza tiene mucho de apreciación subjetiva. Y “Honni soit qui mal y pense”, debo de prevenir al lector.

            Algún timorato se escandalizará al leer lo que sigue y, acaso, en muchos promoverá ruidoso desacuerdo. No importa. El hecho concreto es que, todavía, ciertos países en general y ciertos hombres en particular, que presumen de ser adelantados de la civilización –de cuál, no lo sé- se manifiestan en la hora actual, cierto, pero de forma que haría sonrojarse aún al bípedo dolicocéfalo de Neanderthal. Apelaré a unas frases de Lawrence a Lowell Thomas, autor de “With Lawrence in Arabia”. El coronel dijo así: “Cuando se es capaz de comprender el punto de vista de otra raza se es un ser civilizado”. Cambiando “otra raza” por “otro hombre”, hago mías las palabras de Lawrence. Y sé que el lector avisado coincidirá conmigo en este punto y comprenderá, al otear más allá de nuestras fronteras, que en muchas partes del mundo todavía necesitan otra carga de siglos de enseñanza antes de alcanzar un grado verdadero de civilización relativamente adelantada.

            En alguna parte hay un “problema negro” que, en realidad, es un problema blanco y más que de piel de cuerpo es de piel de alma. Es el problema latente. “La cuestión palpitante”, por decirlo con título de Emilia Pardo Bazan.

            Hace casi dos siglos los hombres, en relación con este problema, pensaban de una forma peregrina bien opuesta a toda justicia, por cierto. Así en la primitiva Constitución de los Estados Unidos de América que firmó aquel plantador de Virginia, presidente Jorge Washington, (artículo 1, Sección 9) puede leerse: “La migración o importación de ciertas personas, cuya admisión pueda parecer conveniente a los Estados que actualmente existen, no se prohibirá por el congreso antes del año de 1808; pero puede imponerse sobre dicha importación una cuota o un derecho que no exceda de 10 dólares por persona”. Esto entre otras cosas no menos notables que esa “importación”. Que tal sucediera en 1787 aun puede disculparse, con muchas reservas. Que en 1956 un negro siga siendo visto con recelo, después de escrita “La Cabaña del Tío Tom” (1852) y ganada por los Estados del Norte (1861-65) una guerra de Secesión hecha con el fin de “redimir a los negros”, hará pronto un siglo, resulta un poco extraño. Pero ahora, como siempre, el tiempo tiene la palabra.

La imagen en el espejo


            Larra el eterno rebelde. Larra, el eterno descontento, afirmó: “La literatura no puede ser nunca sino la expresión de la época”. Yo diré: La novela –rama del árbol Literatura- es la expresión de la vida por medio del arte literario. Más aún, la novela es la imagen de la vida vista en el espejo de las letras. Y la vida no tiene épocas concretas. La vida está ahí desde Adán.

            ¿Dónde, en lo literario, novelesco, termina lo real y comienza lo ficticio? ¿De veras los personajes de novela son –cual dijo Unamuno- entes de ficción? Este personaje encerrado en las páginas de un libro, ¿no ha vivido realmente?, ¿no pudo existir ayer?, ¿no puede ser ese que pase, ahora mismo, por la calle?, ¿no puede manifestarse, mañana, en el niño que acaba de nacer? Los hombres de carne mueren. Los personajes llamados de ficción, imaginativos, novelescos, son inmortales o, por lo menos, renacen a cada instante, o resucitan, en la mente del lector que los liberta, leyendo, de su cárcel fría de papel. Y este personaje resucitado que vivió, o no vivió, de verdad, hace siglos ¿tiene época? Y el escritor que le dio vida y cobró fama gracias a él ¿puede ser, en rigor, encuadrado en los límites estrechos de una determinada centuria? Si son de ayer y son de hoy y serán de mañana ¿cuál es su época, en fin? Todas, es decir, ninguna. Esta es a mi modo la generalización de la frase de Larra en cuanto a lo novelesco se refiere. Quiere decirse que la novela –la Novela- no tiene edad ni puede decirse de una de ellas en particular –si ella es verdaderamente grande- que pertenece a una determinada época. Toda obra literaria tiene sus raíces en las honduras del corazón y del espíritu humano y éstos son universales en espacio y tiempo; éstos no son de ayer, de hoy y de mañana y así será mientras el mundo sea mundo y haya un hombre vivo sobre el Globo. De ahí que las grandes obras escritas no pierdan jamás actualidad. Ni sus autores tampoco.

            Sentado que la novela no tiene edad iré recto al fin de este trabajo y tal no es otro que el recordar a los olvidadizos que siempre –fíjese bien el lector- ¡siempre!, hubo tremendismo en las producciones novelescas y aún me atrevo a afirmar que tal tremendismo es necesario en toda novela que pretenda alcanzar algún valor o alta calidad. Y ello lo considero necesario porque he leído, últimamente, algunas “cosas” escritas, sin duda, por cándidos adolescentes optimistas en las que se acusa a distintos novelistas españoles, de la hora actual, de usar y abusar, sin compasión, del tremendísimo en cuanto sale de sus plumas. Esto del tremendismo literario considerado como de utilización reciente, me hace sonreír y pensar, como en adolescentes cándidos y completamente ignorantes de la vida. Parece ser que alguien ha descubierto “algo” a lo que es preciso combatir. Y no. No, porque toda producción literaria, toda novela, a la que falte su parte de crudeza, de realismo descarnado –la suciedad es otra cosa- carecerá, en definitiva, de valor por cuanto siendo lo literario novelesco imagen de lo real vital, siempre que prescinda de la verdad incurrirá en mentira, en falsedad. Y la realidad, la verdad, es que la vida, en sí, está formada, hecha, de contrastes: misterio, dolor, luz, oscuridad, gozo, sufrimiento, alegría, tristeza, belleza y fealdad extremadas. De ahí resulta que la vida es tremenda. No es una novela rosa. No es una de esas imbecilidades dulces, de azúcar, que se escriben para mujeres de mentalidad indefinible. La vida es dura, ruda, violenta, fea, para la mayoría de las gentes. Su imagen, por lo mismo, no puede resultar bonita, a no ser que el espejo mienta y, si miente ¿para qué nos puede servir? Por otra parte, aún en creaciones literarias de tipo puramente imaginativo – “La Divina Comedia”, por ejemplo – hay tremendismo. Y tiene que haberlo, no lo dudéis, en todo arte que pretenda retratar hombres. Y tiene que existir, no lo dudéis, en todos y cada uno de los momentos del Tiempo.Por que todo tiempo, toda época, da la luz –humanamente hablando- ángeles y diablos. Y no cabe que nos vendemos los ojos.

He dicho que el tremendismo -¿por qué tendremos que usar tantos ismos”?- no es reciente. Y no lo es. Es tan viejo, tan antiguo, casi, como el mundo. Empieza a ser en el Paraíso cuando Adán y Eva conocen su desnudez. Continúa en Caín dando muerte a su hermano. Es la vida. La imagen –es la vida también- está en el Génesis. Y a partir de ahí ¿qué no podré citar? Obras y autores de todo tipo y toda hora. Hay un período completo; el Romanticismo, aunque sus lobos se vistan de corderos. Y así, como un labrador que siembra el trigo a puñados, citaré: Esquilo de Eleusis, Sófocles, Eurípides, Homero, Dante, Shakespeare, Corneille, Racine, Moliere, Goethe, Víctor Hugo, E. A. Poe, casi todos los rusos, Chateaubriand, Lope de Vega, Calderón, Tirso, Lorca y dejémoslo aquí, por no cansar. A esos autores los conoce todo el mundo. A ver quién niega que, en muchas de sus obras, no podemos encontrar un fondo tremendista. Sólo que antes no se llamaba así. Y aquí ya habrá observado el lector que no se cita a Zola, ese asqueroso.

            Termino. El tema lo merece y acaso vuelva a tocarlo de nuevo. Será interesante comentar, otra vez, la imagen que refleja el espejo.