Veinticuatro horas en la vida de un recluta


            ¡Ya se van los reclutas, madre! ¡Ya se van los reclutas! Son ellos los que cantan –dijeron las muchachas del pueblo aquella mañana de lluvia.

            Y era verdad. Los reclutas cantaban, por no llorar, y las muchachas –las novias, las hermanas – por no llorar miraban lejos ante sí, los ojos quietos, y decían a sus madres: “Ya se van los reclutas, madre, ya se van los reclutas. Son ellos los que cantan.”

            En Zaragoza, en Barcelona, en Valencia, en Almería y en La Coruña. De punta a punta de España. En las aldeas y en los pueblos. En el último rincón de la geografía española hubo una muchacha que dijo adiós a un recluta: “¡Adiós, amor!”. Y hubo una madre que lloró.

            Besos. Abrazos. Lágrimas. Suspiros. ¡Qué pena en el corazón de las madres! ¡Qué ternura húmeda en los ojos, tan abiertos, de las enamoradas! ¡Adiós, amor, te quiero! ¡Escribe pronto, hijo! ¡Escríbeme, cariño! ¡Adiós, amor!

            Así, poco más o menos, fueron despedidos los reclutas. Casi todos. Menos los solitarios. Menos los huérfanos. Menos los sin amor. ¡De todo hay en este bajo mundo! Luego, partieron, al hombro las maletas de madera, de cuero o de cartón, que contenían todo cuanto habían de poseer durante treinta y dos meses infinitamente largos. ¡Su vida! ¡Llevaban su vida al hombro! Sobre el mismo hombro que había de sostener el fusil. Iban a servir a la Patria. Ya eran hombres. ¡Hombres de veinte años! Pero partían melancólicos, llevando en los labios la dulzura de miel caliente del último beso apasionado de la novia y en los oídos la suave caricia del eco de una voz amada que susurraba, ronca y temblorosa de cariño, la postrera despedida: ¡Adiós, amor!.

-          Bueno, me voy –había dicho Juan cuando rayaba el día, dirigiéndose a su madre. Ya deben de estar los otros en el coche.

-          Ven acá, hijo, dame un abrazo. A lo mejor ya no te vuelvo a ver. ¡Soy tan vieja! ¡Y vas tan lejos tú!

-          No hay que pensar en eso, madre. Y además, ahora no hay nada lejos.

-          Sí; no hay que pensar en eso. Los viejos no pensamos más que tonterías. ¡Qué Dios te acompañe, hijo! Reza siempre para que El te ayude.

-          Sí, madre.

-          Como cuando eras niño y yo te enseñaba.

-          Sí, madre.

-          Y pórtate bien con todos.

-          Sí.

-          Y has de ser humilde y bueno.

-          Sí.

-          Y no dejes de escribir a menudo.

-          No, madre, no. No dejaré de hacerlo.

-          Y si necesitas algo, pídelo. Ya sabes que yo ...

-          Sí, sí, madre. Bueno, me voy. Se hace tarde.

-          ¡Adiós, hijo!

-          ¡Adiós, madre! ¡Hasta la vista!

-          ¡Recontra! –pensó Juan al desasirse del abrazo materno. ¡Ya está! Creí que lloraría, pero no. Al contrario. Estoy contento. Será porque siempre deseé ir a África y allá voy. O será, quizás, que soy un estoico –este pensamiento le- agradó. Sí, no hay duda. ¡Soy un estoico!

            Se echó la maleta al hombro y salió de casa. Caminó un rato con toda la gallardía que le es posible a un mozo de cuerda. Porque eso es lo que parecía en aquellos momentos, aunque no se le ocurrió semejante idea, preocupado como iba con el descubrimiento de su estoicismo. Dobló una esquina. En la acera, al lado del coche, había uno que se puso a gritar:

-          ¡Venga, chaval, que nos vamos. Date prisa!

-          ¡Ya voy! ... ¡Ya voy! ...-jadeó.

-          ¡Rápido, arriba! –ordenó el chófer, que había bajado de su puesto con cara de pocos amigos, disgustado por tener que subir la maleta de Juan a la baca del coche bajo la persistente llovizna de aquella mañana de Febrero.

-          ¿Estamos todos? –preguntó el chófer.

-          ¡Síiii! .... –le respondió un alarido.

-          ¡Pues, hala! –cerró la portezuela con violencia. ¡Nos vamos!

            En la carretera, alineados a la derecha, había más coches, grandes ómnibus de viajeros, repletos de jóvenes que, como Juan, viajaban hacia la correspondiente Caja de Recluta para recoger sus pasaportes o formar expedición para otros puntos. Se pusieron en marcha, uno a uno, gritando con el claxon, como máquinas locas, como si quisieran también decir adiós a aquel pedazo de tierra que los reclutas abandonaban, ahora pensativos, imaginando que, quizás, no volverían a verlo, ganados, de pronto, por ese miedo a no regresar que causan todas las despedidas. Partieron, uno a uno. El último el que llevaba a nuestro hombre.

-          A ti... ¿A dónde te tocó? –preguntó a Juan aquel que le había gritado.

-          A África.

            En realidad podía haber dicho, sencillamente, “A Marruecos”. Pero decía África, a boca llena, con un orgullo irrazonado, como si fuera un héroe o un superhombre, o un voluntario para la muerte, imaginando sobre su cuerpo la sombra de las banderas derrotadas que presenciaron el desastre de Annual o de aquellas otras, victoriosas, que antes, en Castillejos, fueron testigos del valor de Prim y sus soldados.

-          ¡Caray! –exclamó el otro. ¡Mala pata! ¿No?

-          No creo.

-          Pero... ¿A ti te gusta ir a África?

-          Sí. A mí sí.

-          Hombre; bueno. No quiero decir que te vayan a comer los moros.

-          No. No hay peligro. Eso era antes.

-          Pero podrás venir pocas veces con permiso.

-          Ya.

-          Y sí te pasa algo, allá te quedas.

-          Ya, ya. Lo sé.

-          Y la novia. No podrás ver a la novia en mucho tiempo.

-          Yo no tengo novia –replicó Juan secamente.

-          ¡Caramba! Pues yo creí que esa chica... ¿Cómo se llama?

-          ¡Deja en paz a esa chica!

-          Pero a ti te gustaba, ¿no? Te he visto acompañándola varias veces. Bastantes veces.

-          Eso, eso. No. Ella dijo no. ¡Ya calla ya!

-          Bueno, bueno. Perdona, chico. No quise molestar. Yo solamente ...

-          No, si no me has ofendido. Es que, ya sabes, en estos casos vale más callar.

-          Si; tienes razón. Vale más callar.

            Silenciosos, los dos interlocutores, miraron alrededor, a los otros. Juan enrojeció, un tanto, avergonzado de haber divulgado su secreto. Todos habían estado escuchando y alguno sonreía maliciosamente. Durante algún tiempo sólo se oyó el ruido del motor. Lloviznaba.

-          A ver, ¿quién quiere beber? –rompe el silencio un energúmeno vociferante, alto y de rostro colorado, blandiendo peligrosamente una botella, llena de negro tintorro, a la que agarra fuertemente por el delgado cuello, que desaparece casi totalmente bajo su mano fuerte, grande y callosa, de campesino.

-          ¡Yo! ... ¡Y yo! ... ¡Y yo! ... –gritan.

 Se acaba la botella. Más gritos. Pataleo contra el suelo del coche.

-          ¡Más vino! ¡Más vino! –vociferan.

-          ¡Quietos, me cago en diez! –grita el chofer a su vez, soltando casi las manos del volante. Me haréis polvo el coche. ¡Malditos reclutas! ...

            Hay más botellas. Beben todos, menos Juan, limpiándose los labios con el dorso de la mano, el gesto lento de segadores que enjugasen el sudor de sus frentes bajo el sol implacable de Agosto.

-          Tú. ¿No serás abstemio, eh? –increpa uno a Juan.

-          Sí. Soy abstemio. ¿Qué pasas?

-          No, nada. No pasa nada. Por algo no te quiso la novia. ¡Cualquiera se fía de tipos así!

-          ¡Mierda! –explota Juan. Te voy a romper la cara. ¡Marica! ...

-          Oye, tú... –dice el otro, intentando levantarse y agredir a Juan.

-          ¡Paz, señores, paz! –tercia un diplomático. Cantemos algo.

-          Sí, sí. ¡Cantemos!.

Y prorrumpe, con voces estentóreas, en la sempiterna nostálgica canción:

    No me marcho por las chicas


Que las chicas guapas son.

   Me marcho porque me llama

                                                 El Ejército español.

            Silencio. Han enmudecido de pronto. Todos recuerdan algo. Están en marcha. Abandonaron el pueblo, la aldea, el lugar, y se dirigen a un mundo desconocido y, de momento, hostil.

-          ¡Guapas son! En efecto, ella es guapa –cavila Juan, que cree ya no podrá haber otra mujer en su vida. Recuerda el día de su declaración, que fue también el de su decepción. Llovía dulcemente, cansinamente, sin parar, como si aquella lluvia hubiera de ser eterna. El había encontrado a la muchacha, sin buscarla, refugiada en un portal. La calle, bajo los reflejos de la luz eléctrica, parecía de charol. Era la noche.

-          ¡Ah, hola! ¿Estás ahí?

-          ¡Pues! ... –la chica vacila. Ya tú ves. Llueve y hay que protegerse del agua.

            Unos minutos de silencio. Largos, embarazosos, sin fin, sin sentido, sin motivo.

-          Si no te parece mal me voy –dice la muchacha.

-          No, no. Bueno, quiero decir... ¿Llevas prisa?

-          No mucha. Voy a hacer una compra.

-          Si quieres te acompaño.

-          Bueno.

-          Es que tengo que decirte algo.

-          Bueno.

-          De camino te lo digo.

-          Está bien. Vamos.

            Más silencio. Caminan aprisa.

-          Tú dirás –se decide la muchacha.

-          Verás... –Juan vacila y, de repente, estalla: Es que, antes de irme, quisiera decirte que te quiero.

            La muchacha se detiene. Se lleva una mano al pecho, sobre el corazón, y permanece absolutamente inmóvil bajo la lluvia lenta, pertinaz, incansable.

-          Te estás mojando –dice él, olvidado de sí mismo.

-          ¡Oh! Es que ... Me ha sorprendido tanto eso ... Yo no podía imaginar ...

-          ¿Y qué dices? No hay esperanza, ¿eh? Y te he ofendido.

-          No, no. No es eso. No sé que decirte, la verdad. Ya te contestaré. Mañana... Sí. Mañana me esperas a esta hora. Me esperas por aquí. Ahora es mejor que me dejes. Me iré sola.

-          Como quieras –responde Juan. Pero ya veo que no hay esperanza alguna. Lo presiente. Es triste. ¡Ojalá no te hubiera dicho nada! Ahora ya no me querrás a tu lado. Nunca más me querrás a tu lado. Y como me iré pronto ...

-          Anda, vete. Mañana será otro día.

-          Sí, es verdad. Mañana será otro día. Te esperaré mañana. Y siempre. Mañana y siempre te esperará mi corazón.

-          Anda, no seas poeta, vete.

-          Bueno. Hasta mañana.

-          Adiós.

-          ¡Adiós, amor! Aquel mañana no existió. Y pasaron los días, rápidos, inexorables, asesinando su esperanza. Y él, ahora, viajaba hacia Marruecos. A Melilla, creía. ¡Adiós, amor!

-          ¡Ahí está la ciudad! –exclama uno de los reclutas viajeros.

-          Es verdad. Estamos llegando –repiten a coro. Y alargan el cuello, curiosos.

            Unos minutos más y...

-          ¡Abajo, muchachos! Hemos llegado. ¡Buena suerte!

El chófer, ahora, parece un terrón de azúcar porque una fuente sentimental se ha puesto a manar en su corazón. Le parece que está diciendo adiós a su propia juventud que ya se fue. El también fue recluta y una vez...

-          ¡Adiós, adiós!

            Los reclutas, otra vez la vida al hombro, le hacen volver a la realidad con su griterío.

-          ¡Adiós, adiós!

            Una larga fila de improvisados maleteros camina por la ciudad hacia la Caja de Recluta, que no está lejos. Juan se rezaga.

-          No tengo prisa –piensa. Yo soy el único de esta Caja que voy a Farmacia Militar, de África. No tengo prisa.

            Entra en un bar. Se acerca a la barra, a su lado la maleta.

-          Café –pide.

-          ¿Sólo?

-          Con leche.

            Le sirven el café. Lo saborea lentamente. El barman le mira y no puede contenerse. Juan es su único cliente a esta hora, demasiado temprana.

-          ¿Recluta?

-          Sí.

-          ¿Lejos?

-          Regular. África.

-          ¡Bah! Ahora creo que allí se está bien.

-          Sí, creo que sí.

-          Claro que eso de la Guerra Mundial. Italia está cerca. Y los ingleses en Gibraltar.

-          Yo voy a Melilla y allí no tienen nada que hacer los ingleses.

-          Pero a lo mejor les da por meterse con uno. Malos tiempos estos –el barman tiene ganas de conversación-.

-          Bueno. A mí me da lo mismo. También en la paz hay guerra. Y todo depende de donde le coja a uno o del coraje que ponga en la pelea. Yo creo que sólo mueren los cobardes.

-          Sí, sí, claro. Pero la novia, ¿qué dice? Cuando uno va lejos, ya se sabe “lejos de la vista lejos del corazón”. Y hoy las chicas no suelen ser modelos de fidelidad. Se cansan de esperar. Quieren divertirse. Ya conoce usted la canción esa que dice: “El que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide ...”

-          Cobre. Yo no tengo amor –dice Juan, malhumorado, casi rabiosamente.

            Recibe el cambio. Termina el café de golpe y sale a toda marcha, sin sentir apenas el peso de la maleta. El barman queda mirándole, pensativo.

-          ¡Condenado latoso! –va pensando Juan. Cuidado que son pesados estos tíos. Y a todo el mundo le da por hablarle a uno de la novia. ¡La novia! Como si fuera obligatorio tener novia. ¡Arrea, que me paso!

            Retrocede unos metros y entra en la Caja de Reclute. Se cruza con un sargento y aprovecha la ocasión para preguntar:

-          ¿El capitán Rubio?

-          ¿Le espera?

-          Sí, señor.

-          Bien. Ahora mismo lo aviso.

-          Aparece el capitán. Buen muchacho, alto. Cordial. Se dirige a Juan y le tiende la mano.

-          ¡Hola, hombre! Pasa a mi despacho. Voy a darte el pasaporte. El caso es que tienes que viajar solo hasta Madrid. Allí formaréis expedición para Marruecos. Sois muy pocos los destinados a Farmacia Militar, de África. Al llegar a Madrid vas a la Agrupación del Cuerpo. Ya te dirán lo que tienes que hacer.

            Juan recibe el pasaporte. Da las gracias al capitán, le estrecha la mano y sale a la calle, aferrando la maleta con su mano derecha. Camina un rato. Se detiene. Deja la maleta en el suelo y permanece inmóvil, pensativo. Está preocupado. Medita, cabizbajo. Los transeúntes le miran al pasar a su lado.

-          De modo que he de ir solo hasta Madrid. Esto está bien. ¡Nada de rebaños! Al llegar allí, aunque no conozco a nadie, tomaré un taxi. Eso es. No hay nadie como los taxistas. Son gente lista, que se las sabe todas. ¡No hay problema!

            Coge la maleta y camina apresuradamente un centenar de metros. Se detiene.

-          ¡Uf, como pesa esto!

            Pasa la maleta a la mano izquierda. Camina unos minutos. Es peor. Mucho peso para un maletero novato. Se pone la maleta al hombro y reanuda la marcha. Paso lento. Poco a poco se va encorvando bajo la carga, pero camina, a pesar de todo, con las mandíbulas apretadas. Suda por  todo el cuerpo. Sin embargo camina, soporta el dolor y llega, por fin, a la estación, con el tiempo justo para acercarse a “taquilla”, coger el pase gratuito y tomar el tren.

            En el vagón de tercera al que ha subido no hay ni un asiento libre. Nada. Deja la maleta en el pasillo y se sienta, tristemente, sobre ella. Apoya los codos en las rodillas y oculta la cara entre las manos.

-          No. No voy a llorar. Es que no quiero ver el rostro imbécil de la gente. Todos, hombres y mujeres, tienen cara de luna llena y fofa. Parece que a todo el mundo le ha dado por viajar hoy. Da asco, tanta gente amontonada. Huele a humanidad, es decir, mal. Y yo estoy sólo, sin un amigo, sin un conocido. ¿Y ella? ¿Qué estará haciendo ella ahora? ¿Se acordará de mí? A lo mejor sí. Pero no. No es posible. Soy un iluso. Si sintiera algo por mí habría venido aquel día. Sin embargo... ¿quién sabe? ¡Es tan niña aún! Quizás sintió vergüenza. Quizás... Bueno. Cuando vuelva le hablaré de nuevo a ver si hay más suerte. Si, cuando vuelva ...

            Pita el tren y se pone en marcha, resoplando.

-          ¡Nos vamos! Ya nos vamos. Estamos en marcha. Ya nada tiene remedio. ¡Adiós amor que no conocí! ¡Adiós, amor!

            El tren cobra velocidad y la ciudad desaparece a los lejos. Juan se pone en pie. Mira al cielo de plomo a través de un velo cristalino. Hay algo húmedo y frío en sus ojos y una mano se cierra, potente, apretando, sobre su corazón. El cielo sucio llora lluvia sobre los campos solitarios. Llora el cielo, como aquella noche en que se declaró. Y él, pobre recluta sin amor, mirando sin ver hacia el paisaje que huye, enfría su frente calenturienta en el cristal de la ventanilla del vagón, mientras compone unas rimas que su amada jamás conocerá.

            Se sienta en la maleta, nuevamente, los ojos cerrados, y va repitiendo sus rimas hasta fijarlas bien en la memoria.

-          ¡Perdón! –alguien le ha pisado.

            Abre los ojos, se levanta de nuevo, y mira a lo lejos, más allá de los campos, queriendo rebasar con su mirada el horizonte. ¡Que nostalgia tan grande va invadiendo su pecho! En su cerebro dos palabras. En su cerebro y en su corazón: ¡Adiós, amor!

-          Me esperan largas horas de tren –reflexiona.

            De pronto, encoge los hombros, mueve la cabeza de un lado a otro, como queriendo desechar incómodos pensamientos y se dice:

-          Hay que ser fuerte. Hay que aprender a sufrir.

            Y se pone a mirar fijamente a un hombre gordo que come a grandes bocados tortilla y pan. Otros viajeros hablan, todos a un tiempo.

-          Comer. Dormir. Hablar –piensa Juan. En esto pasamos la mayor parte de la vida. En esto consiste la vida. Comer. Dormir. Hablar... Tortilla y pan. Y sueño ...

            Hasta Madrid irá viendo cosas así y el mismo las hará: Comer, hablar, dormir. Dormir tendido a lo largo del pasillo del vagón. Al día siguiente descenderá del tren y se encontrará sobre el andén de la Estación del Norte madrileña. Se encontrará, solo una vez más, repitiendo desesperadamente las palabras de despedida que nadie, sino él, puede oír:

-          ¡Adiós, amor! ¡Adiós, amor que no conocí!

            Sintiendo sollozar a su corazón, en el momento en que Juan se dirige, con la vida al hombro, con la cruz de su amor no correspondido a cuestas, hacia la salida de la estación habrán pasado veinticuatro horas de la vida de un recluta. Veinticuatro horas tristes, desesperanzadas, que pesarán siempre, como plomo, sobre el corazón que las vivió, solitario, evocando el recuerdo doloroso de un amor que no pudo ser.

El espejo



Yo sé algo: los que lleváis una existencia tranquila, los que vivís estable y confortablemente, a veces leéis historias así, crudas, como la que voy a referiros, y decís: No nos vengas con cuentos, compañero, porque bien sabemos lo que una fértil imaginación puede inventar. Déjate de fantasías y relátanos algo verosímil.


            Bueno, sois muy libres de pensar lo que queráis: pero yo tengo mi experiencia y sé que si uno se da una vuelta por ahí y aguza bien el oído, no dejará de enterarse de un drama semejante. Yo os diré...


            Tú entras en la taberna, pagas un par de copas, y el otro, que está que revienta, te cuenta su tragedia o la de su amigo. Cuando el otro termina se va, después de haber descargado la conciencia, y tú te quedas pensativo y reconoces que en este bajo mundo sucede algo más que la acostumbrada, sensacional y dulce historia del príncipe que se casó con la modista. Lo que pasa es que a los reporteros les importan poco las múltiples desgracias cotidianas que sufren, sin quejarse, las gentes humildes. Los reporteros, es sabido, prefieren las historias acarameladas y cuanto más rosadas mejor. Tú, que estás tranquilo y no te faltan veinte duros, lees y dices que está muy bien, que hay que ver y que cosas tan bonitas. Puntos de vista, digo yo, y literatura de azúcar para burgueses satisfechos. Pero ya que pienso distinto y de algo ha de servirme el andar husmeando por ahí, voy a haceros un relato diferente y sé que un día, alguna vez, tropezaréis con un caso parecido y entonces, recordándome, diréis: Pues tenías razón, compañero, en la vida todo no es amable y en tu cuento algo había, algo había más que literatura.


            Iré, pues, a lo mío y si os conmovéis un poquito no me acuséis a mí: son cosas que pasan y uno, cuando se entera, va y escribe...






I






            Aquí me tenéis, preso. Soy un criminal ante la ley. Estoy condenado a diez años de cárcel por infanticidio. Maté a mi hijita de dos años. La maté con el hacha pequeñita que mi mujer usaba para hacer astillas con que encender el fuego. Llegué borracho, el día del Patrón, sobre las diez de la noche. Me miré al espejo. Me vi pálido y con un fuego extraño en los ojos. Luego fui a la cocina a buscar el hacha y me dirigí a la habitación de la niña, que dormía, inocente, y la maté. Dio un grito, un solo y único grito, un grito débil y apagado en sí bemol, un grito de dos años, y murió. Le di en la sien derecha justamente. Casi no se movió cuando le di el hachazo. Después, en la sien que os dije, le nació una flor roja que empezó a sangrar y se transformó en un hilo purpúreo, largo, brillante, delgadito. La niña empezó a quedarse blanca y os digo que parecía un angelito de mármol de Carrara. No la desfiguré. Os juro que no la desfiguré. Tuve cuidado de golpear con precisión. Le di en el punto exacto, sobre la sien derecha, para que muriese sin sufrir. ¡Pobrecita! ¡Pobrecita de mi niña! ¿Pero qué os digo? ¿A quién se le ocurre asegurar que yo maté a mi hijita? ¿A quién puede ocurrírsele matar a su propia hija, derramar su propia sangre, herir en su propia carne? ¡Qué locura! Eso resulta del sumario, pero es mentira. ¡Juro que es mentira! Yo no la maté. Yo no maté a mi hija. Si el juez supiera la verdad ya me habría puesto en la calle. Lo que ocurre es que yo no quise hablar del espejo porque tuve miedo a que me creyesen loco. No se lo dije a nadie y me dejé encerrar, procesar y condenar. ¿Quién me creería? ¿Qué podría hacer? La cárcel es preferible al manicomio y por eso no hablé para nada del espejo. Pero la verdad es ésta. La verdad está aquí, ahí, sobre mi camastro de presidiario, en esas cuartillas, en esas pocas cuartillas que podéis leer, que podréis leer cualquier día una vez que yo sea libre, con la suprema libertad que da la muerte. Esa es la verdad, tan cierto como que todas las noches, a las diez, oigo un grito débil y apagado, un grito de dos años en si bemol.




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            La casa, además de antigua, era ciertamente un poco rara: gruesas paredes, estrechos ventanales y un solo balcón que daba al comedor sobre la fachada principal. Desde el comedor a la cocina se extendía un pasillo, de unos ocho metros de longitud, por el que solía corretear la niña. En la cocina también una sola ventana reducida, de manera que si queríamos tener el pasillo iluminado durante el día, debíamos dejar abiertas las puertas de cocina y comedor para que, mezclándose la luz que entraba por el balcón del comedor con la proviniente de la cocina, el pasillo gozase de una iluminación tenue, difusa, inconcreta, extravagante; de una luz débil, agachada, chata, hermafrodita, pero suficiente para ir de un lado a otro sin tropezar con el espejo o para bajar sin peligro de caerse los cinco peldaños que era preciso descender desde el pasillo, hasta llegar a la puerta de nuestro piso, el único que la casa tenía además del bajo, éste ocupado por un comercio de tejidos. Ya os dije que la casa era un poco rara y si os doy detalles, tened en cuenta que son solamente los precisos, los imprescindibles para la comprensión de mi historia, para el entendimiento de mi verdad, para la interpretación de este drama que he dado en llamar mío aunque sé que no soy culpable, diga lo que diga el sumario que acerca del caso se instruyó. También los jueces pueden equivocarse. No es la primera vez que se comete un error judicial. En todo caso, lo que yo no podía hacer era hablar del espejo. Y no hablé. Ni siquiera se lo dije a mi mujer. Y aquí estoy, dispuesto a cumplir íntegramente la condena. Todo antes que hablar del espejo maldito. Sabéis que tuve miedo a que me tomasen por loco. ¡Y loco no, loco no! ¡Sería horrible que me creyesen loco y me encerrasen allá, con los otros, con aquellos a quienes visité un día, sólo por conocer, sólo por curiosidad! Sí, sería horrible y prefiero la cárcel. Pero escribiré y algún día... Eso es, algún día podrá conocer el mundo la verdad, el hecho inaudito, increíble, inverosímil, pero cierto: la historia del espejo.




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            El espejo aquél era un objeto extraño, y como tal espejo, algo irreal, incomprensible, fantástico. Yo, al verlo, imaginé que había sido fabricado de encargo, ex profeso, con destino a una coqueta loca o a un Narciso lunático. Era un espejo... caprichoso. No sé definirlo de otro modo que mejor cuadre a su forma y tamaño. Era un ocho monstruoso, de madera, cristal y metal, un ocho ancho y  alto, desusadamente ancho y alto, como si estuviera destinado a una hembra de bandera, a una hembra de líneas audaces y bien definidas, a una hembra de formas opulentas, coquetuela y viciosa, que hubiera de pasar largas horas mirándose, admirándose, desnuda, dando vueltas sobre sí misma para verse en todas las posturas posibles de manera que ni los hombros ni las caderas se saliesen nunca del espejo. O quizá su oficio fuera más innoble, caso de haber sido construido para un Narciso elefantiásico, impúdico, eunuco y degenerado. ¿Que sé yo? Sin embargo, lo más extraño no eran ni su forma desusada ni su insólito tamaño, no. Lo más extraño estaba en sus reflejos, en lo profundo de las aguas del espejo; porque habéis de saber que era un espejo ceniciento, fúnebre, sombrío, un embrujado espejo oscuro, oscuro y trágico, como hecho de penumbra amalgamada con destellos de sol crepuscular o de penumbra mezclada con reflejos de luces fluorescentes sobre un agua verde, cenagosa, de cloaca subterránea. No me explico como pudo ocurrírsele tan insensata compra a mi mujer. Es inexplicable, pero se le ocurrió. Para nuestra desgracia se le ocurrió. Acaso fue cosa del destino; del implacable, del inevitable, del irrenunciable e inclemente destino que pesa sobre mí; de este destino diabólicamente absurdo que a mí me condujo a la cárcel, a mi hijita querida a la muerte y a mi mujer a la desesperación.






II






            Cuando llegué a casa aquel sábado, a la hora de comer, mi mujer me esperaba sonriente y entusiasmada, impaciente por darme la noticia.


·         Mira –dijo- que compra tan estupenda hice esta mañana. Es un espejo de cuerpo entero, algo antiguo, pero baratísimo. Sólo trescientas pesetas me costó. Lo compré en la subasta que hicieron de los muebles de la vieja esa que murió la semana pasada. ¿Qué te parece? Yo creo que es una buena adquisición.


Me quedé atónito, mudo, mirando asombrado para aquel adefesio enorme, sin saber que pensar ni que opinar sobre aquella extravagancia con grueso marco torneado en madera de castaño y base pesadísima  de bronce. Al fin recobré la voz y pude  hablar.


¡Pero esto es absurdo! Jamás he visto un espejo de tal forma y tamaño que fuera solamente eso, espejo. Es algo ilógico, inconcebible, irrazonable, pecaminoso, vano. Es como una náusea mental o como la concreción de una pesadilla en madera, cristal y metal. ¿No lo crees tú así? ¿No percibes que sé yo qué de fantasmal en sus aguas turbias, en sus reflejos sombríos?


·         ¡Bah! –Contestó  mi mujer. Es que aquí hay poca luz. Ya buscaremos sitio adecuado para él. Y en cuanto a tus fantasías, si no tomaras los traguitos que tomas antes de comer ganarías más. Creo que el alcohol te hacer ver visiones.


Pensé que mi mujer tenía razón, pues la verdad es que soy demasiado imaginativo y, si darle más importancia a la cosa, dije:


·         Bueno, dejemos eso y vamos a comer. ¿Y la niña?


·         Está en casa de mi madre, que vino a buscarla -respondió mi mujer-. No tardará en traerla, no te preocupes. Estarán  a punto de volver.


Comimos tranquilamente y al poco rato llegó la niña con su abuela. Se acercó la pequeña a besarnos, según tenía por costumbre cuando venía de la calle, y luego se puso a correr por el pasillo, de aquí para allá, jugando con el gran pelotón que le habían traído los Reyes Magos. Yo empecé a charlar con mi mujer y con mi suegra y me olvidé totalmente del espejo hasta que, al salir para la oficina, se me ocurrió acercarme a él con objeto de alisarme un poco el pelo. Recuerdo que aquel día la niña vestía un trajecito blanco y llevaba, rodeándole la cintura, una ancha cinta de seda azul celeste recogida en un gran lazo sobre la cadera izquierda. Al ver la niña que yo me estaba peinando ante el espejo se acercó a mí y se puso a mirar la imagen en él reflejada, como suelen hacer todos los niños en semejantes casos. Yo automáticamente, dirigí también la vista hacia la imagen de la niña y le sonreí, mejor dicho intenté sonreírle, porque la sonrisa no llegó a florecer en mis labios a causa de lo que vi en el espejo. La pequeña, naturalmente, estaba allí, a mi lado, pero no vestía de blanco ni su cinturón era azul. Su vestido, en el espejo, se veía de color morado y el cinturón era negro, totalmente negro. Además estaba seria y parecía tener los ojos cerrados. Y el caso es que al volver yo instantáneamente la vista hacia la niña real, hacia la niña de carne y hueso, la encontré sonriéndome, con sus grandes ojos castaños enormemente abiertos. No sé de que modo la miraría porque, de pronto, la chiquilla echó a correr hacia la cocina y se refugió en las faldas de su madre, temblorosa y palpitante como un pajarillo asustado en la mano cerrada de un niño.


·         ¿Que le has hecho a la niña? –preguntó mi mujer.


·         ¿Yo? Nada –respondí-. Me parece que se asustó al verse en el espejo. No sé.


No quise añadir nada más. Supuse que mi mujer se burlaría nuevamente de mí si le hablara de tan extraña visión y, sin más, salí de casa preocupado y pensativo.


·         Algo va mal en mi cerebro –fui pensando-. Habrá que tomar medidas y dejar los vasitos esos del mediodía y del atardecer. No es posible que un espejo, por anormal que sea, por muy desenfocadas que presente las imágenes, transforme totalmente los colores y refleje lo que no hay. El mal está en mí, sin duda alguna. Hay que tomar medidas.


Rumiando estos nada halagüeños pensamientos me dirigí a la oficina y, entretenido por el trabajo, olvidé en absoluto el asunto del espejo.


Al salir de la oficina la fatalidad, destino  o mala suerte, quiso que me tropezase con un amigo íntimo el cual me invitó a tomar unos vasitos y, aunque quise rechazar la invitación, tanto insistió que no me fue posible hacerlo sin parecer grosero. Así es que le acompañé.


Regresé a casa temprano, Abrí la puerta del piso. Ascendí los cinco escalones y me encontré a la niña correteando por el pasillo, infatigable como siempre, detrás de su gran pelotón. Vino enseguida a mis brazos. Me besó y dijo en su lengua peculiar.


·         Mamá tienda. Quero pan.


·         Bueno, hija – contesté -. No te preocupes, ahora está contigo papaíto y mamaíta no tardará en llegar. Toma pan.


De pronto, me asaltó una morbosa idea, una irresistible curiosidad, un insano deseo de probar otra vez al espejo bajo aquella luz mortecina, aceitosa, densa, que iluminaba el pasillo en aquel instante. Cogí a la pequeña de la mano y le dije:


·         Ven. Vamos a mirarnos en el espejo a ver que guapos estamos.


La niña no hizo resistencia alguna y se dejó conducir tranquilamente. Lo que vi me hizo dudar de mis facultades mentales. Yo creía estar en mi sano juicio, pero el espejo parecía demostrarme lo contrario. Aquello no era posible.


·         Es la bebida –me dije-. No puede ser más que efecto de la bebida. Esto es imposible.


En efecto, parecía imposible que yo, contemplándome tal y como era, viese en el espejo, en vez de a mi pequeña de dos años, a una niña vestida de primera comunión, con su trajecito blanco, su gran velo de gasa transparente, sus zapatitos también blancos y sus manitas cerradas sobre un oracional de rojas pastas y un rosario de nacaradas cuentas. Al cuello llevaba una cadena de oro de la que pendía un crucifijo del mismo metal. La niña era alta, como de siete u ocho años y, sin embargo, su rostro era el de mi hijita. Y me sonreía. Y yo, en ese momento, a la luz indecisa, sólida, desmayada, de la tarde, veía los colores en toda su pureza. No. Aquello era imposible.


Me dirigí a la cocina, con la niña, sin hablar palabra. La pequeña retornó a sus juegos y carreras y al poco tiempo regresó mi mujer que me miró inquisitivamente, al ver que yo pasaba una mano por la frente sudorosa, y dijo:


·         Estás pálido. ¿Qué te pasa?, ¿no te encuentras bien? Anduviste bebiendo, ¿eh?


·         Si, creo que me hizo daño –contesté-. No me encuentro muy bien, no. Será mejor que me acueste. No tengo ganas de cenar.


·         Bueno. Te llevaré una taza de manzanilla a la cama. Si me hicieras caso a mí...






III






Pasaron dos meses, aproximadamente, sin que nada nuevo sucediese. Yo había dejado de beber y el espejo de reflejar imágenes anómalas. Así fueron transcurriendo nuestros días, tranquilos, hasta que llegó el día del Patrón.


En los pueblos, ya se sabe, el día del Patrón es una fecha memorable. Todo el mundo está contento y, después de misa, los hombres, antes del concierto, van a tomar unos vasitos, para ponerse a tono con la orquesta, o con la banda, si la hay. Así se viene haciendo, año tras año, y así se hará mientras el mundo sea mundo. Los pueblos no pierden fácilmente las viejas, tradicionales costumbres. Y mi pueblo es uno de tantos. Un pueblo más. Y es natural que, como ocurre en todos los pueblos, el día del Patrón sea una fecha grande, una fecha en la que es preciso estar alegres y beber y aún cantar con los amigos para que la tradición no se pierda. Esa fue mi desgracia, según la gente y ante la ley. La verdad está en mi relato y podría testificarla, si fuera algo humano y no diabólico, el espejo trágico que yo destrocé a hachazos aquella noche, la noche del día del Patrón. La noche del crimen, dicen aquellos que ignoran la historia del espejo asesino, esto es, lo  dicen cuantos conocen el caso, porque yo, hasta la fecha, jamás hable a nadie de ello no fueran a tomarme por loco.


Bueno, me dejaré de digresiones que a nada conducen e iré al rápido final. El día de la fiesta, por la mañana, fui a misa y luego me dediqué a andar con los amigos, un vasito aquí y otro allí, pero sin exceder. Sobre las tres de la tarde fui a comer, después del concierto, como es natural en tales fechas.


Serían las cinco de la tarde cuando me dispuse a salir. La niña, aburrida por la conversación de sobremesa que sosteníamos mi mujer y yo, hacía tiempo que se había dedicado a correr por el pasillo y ahora se encontraba ante el espejo ensayando, a su manera, unos pasos de baile. Yo reía, al verla, a carcajada limpia, y me creía feliz. Había olvidado completamente el maleficio del espejo y sentía en mis arterias el suave calor de la sangre que corría por ellas, ligera y joven, animada en su carrera por la energía valiente que proporcionan una cuantas copas de buen coñac cuando se toman en amable compañía y después de haber hecho una comida extraordinaria. Me levanté de la silla que ocupaba, besé contra mi costumbre, a mi mujer, y me acerque al espejo, como la otra vez, para peinarme un poco antes de salir. La niña seguía bailando y yo, para no estorbarla, me coloqué pegado casi a la pared contraria, a cosa de un metro del espejo y... lo que vi  paralizó mi corazón.


Aquello era horrible: En el espejo no se veía niña alguna y había, en cambio, una mujer de unos veinticinco años; pero era una mujer... ¡de la vida! Era una prostituta, sin duda alguna: un vestido indecente, una mirada turbia, insinuante y cínica, un rostro pintarrajeado, demacrado, marcado indeleblemente por años de vicio. Y aquella mujer me sonreía al tiempo que me hacía con las manos una seña procaz. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que aquella mujer pública tenía las facciones de mi pequeña, es decir, las facciones que mi niña podría tener caso de haber llegado a aquella edad.


Me aparté del espejo, horrorizado, y salí de casa, mejor dicho huí, huí como si me persiguiese una legión de diablos. Entré en el primer bar que encontré al paso y pedí un doble de coñac. Luego seguí bebiendo, bebiendo, bebiendo, en el inútil empeño de olvidar.


Volví a casa sobre las diez de la noche, muy borracho, y lo primero que hice, al entrar, fue dirigirme al espejo después de haber encendido la luz que, dando a la escalera, iluminaba también el pasillo. Me miré y no me vi. Lo que el espejo reflejaba era la imagen horripilante de una vieja, sucia y astrosa, de un pingajo vestido de harapos mugrientos, con la cabeza caída sobre el fláccido pecho, el pelo desgreñado, los brazos colgando a lo largo del cuerpo y entre los pies, descalzos y cochambrosos, una botella rota. La vieja, al oírme exclamar ¡Dios mío!, levantó la cabeza  y vi... ¡el rostro de mi hijita!: un rostro de dos años sobre un cuerpo de ochenta. ¿Era aquel el fin del futuro de mi niña?


            No sé que pasó por mí. Corrí a la cocina. Cogí el hacha y destrocé el espejo golpeando furiosa, cruel, brutalmente, sobre la cabeza de la vieja, que aún seguía allí, pero ahora vieja de verdad, riendo y enseñando al reír unas negras encías desdentadas. Golpeé hasta hacer añicos el espejo. Cuando di el primer hachazo, el espejo gritó.


            Lo que ocurrió luego no lo recuerdo muy bien. Sé que fui hacia la escalera y allí estaba mi mujer, con la niña en brazos, llamándola dulcemente:


·         ¡Nena! ... ¡Nena! ... ¡Nena! ... –repetía. ¡Nena! ...


Luego se hizo un gran silencio y, de repente, mi mujer empezó a gritar como una loca:


·         ¡Está muerta! ¡Está muerta! ¡La mataste tú! ¡Asesino! ¡La mataste tú! ¡Criminal! ¡Eres un criminal! ¡Dios! ... ¡Dios! ... ¡Pobre hija mía! ¡Pobre hijita! ...


Después apretó su rostro contra la cara de la niña, cubriéndola, envolviéndola, ocultándola entre sus cabellos, y la oí llorar suavemente, silenciosamente, desesperadamente. Y eran más terribles, más inhumanos, más escalofriantes, aquellos sollozos ahogados, reprimidos, átonos, que los gritos que había lanzado anteriormente. Yo me desmayé.






IV






Concluye aquí la verdadera historia del espejo endemoniado. Lo que refiero al principio, según consta en el sumario, lo declaró mi mujer ante el juez. Yo nada dije. Nada podía decir. Nadie podría creer que al destrozar yo el espejo estaba dando muerte a mi hija. No, nadie podría creerlo y por eso callé. Por eso no hablé para nada de las inconcebibles imágenes que se presentaron a mis ojos a través del espejo demoníaco. Y aquí estoy, condenado a diez años por infanticidio.


Escribo para la posteridad porque, en vida, no pienso dar a conocer la historia del espejo maligno, ¿para qué? Sé que no puedo devolver la vida a mi hijita querida. Sé que mi mujer, medio loca, desea mi muerte. Me resta una sola esperanza: la de morir aquí, entre rejas, antes de cumplir la condena y de ser puesto en libertad.


Estuve pensando en poner fin a mis días colgándome, con mi propio cinturón, de la reja de hierro, cuadriculada, que protege la ventana de mi celda; pero desistí. Ya no puedo vivir mucho. Mí niña tendrá compasión de mí y vendrá a buscarme cualquier noche, a las diez, que es la hora en que oigo el grito débil y apagado, el grito de dos años en si bemol, el grito que lanzó el espejo cuando le di el primer hachazo.


Ahora ya sabéis la verdad. Bueno, la sabréis cualquier día. La conoceréis el día en que el carcelero me encuentre tendido, sin vida, sobre mi camastro de presidiario. Y ese día no tardará en llegar, no. No tardará. El grito del espejo, una noche, a las diez, en vez de clavarse en mis oídos se clavará, como un cuchillo, en medio y medio de mi corazón, en el punto preciso para que yo muera, como mi niña, sin sufrir.


Entonces seré libre y me iré, con mi hijita, que ahora está tan sola, a jugar a la pelota en el celeste, luminoso, deslumbrante pasillo sin espejos de una casa sin techos, ni puertas, ni ventanas, que será alumbrada desde arriba por un gran sol perenne.

Sí o no


¡Mañana te lo diré!

¡Ya te lo diré mañana!

¿Cuándo piensas decidirte

a darme tu sí, chavala?

 
Ya sabes que yo te quiero.

Que solo tuyo es mi amor.

Pero si tú no me quieres

dime de una vez que no.

 
Amor lo perdona todo

pero la duda es peor

que la muerte y que los celos.

Te lo juro por mi honor.

 
Yo soy hombre de palabra

y si me dices que sí

te prometo por mi sangre

quererte solita a ti.

 
Así que va siendo hora

de dar el sí de una vez

pues si te retrasas mucho

otras habrá que lo den.

 
No es por nada, bien lo sabes.

Yo no soy un cara dura.

Pero si dices que no ...

¡Amor con amor se cura!

Ayer lo vi, a Cristo


Ayer lo vi, a Cristo.

A las seis de la tarde

con su mochila a cuestas

era Él

aquel mendigo jadeante.

 
Viejo mendigo barbudo peregrino

hombre solo, Dios solo

por los caminos injustos de los hombres

doblado bajo el peso de su mochila llena

de mendrugos de pan endurecido

caídos de grandes mesas de torneados pies

cubiertas por manteles que lucían

-seguramente, no hay por qué dudarlo-

lindos dibujos bordados por señoritas

románticas de blancas manos delicadas

y finos flecos sedosos, tan artísticos,

y manchas informes de vinos añejos

de marca famosa, de esos caros vinos

de solera, compadre, de solera

que con sus calorías de sol embotellado

ayudan a los rebosantes estómagos

a hacer la digestión de los manjares

non plus ultra, compadre, ya lo ves.

 
Eran las seis de la tarde cuando lo vi

a Cristo sufriendo cuesta arriba

por la calle, sufriendo, tan cargado

bajo el peso tremendo de aquel saco

lleno de trozos de pan endurecido

o quizás lo que llevaba eran pecados

sin nombres ni apellidos, quizás eran

todos los pecados de los satisfechos

indiferentes al hambre de los miserables

y de ahí aquel sudor, aquella angustia,

aquel jadear violento, aquel gemido ronco

del viejo pordiosero barbudo peregrino

hombre solo, Dios solo

que no llevaba a cuestas una cruz

sino una mochila tan pesada parecía

como aquel madero de la Crucifixión

que Jesús arrastró hasta el Calvario.

 
Ayer lo vi, a Cristo.

Era Él

aquel mendigo jadeante

con su mochila a cuestas.

 
A las seis de la tarde.

Siempre serás un paria


Me das pena, hombre solo, me das pena

porque te conozco bien, porque te conozco

a fondo y sé como eres, sé lo que eres,

sé lo que llevas dentro porque he visto

reflejada en tu rostro la antigua maldición

esa marca indeleble que grabó profundamente

en tu carne, en tu piel y en tu alma

el caprichoso dios al que llaman Destino.

Me das pena, hombre solo, mucha pena

porque sé que esa huella te condena

a ser siempre, toda tu vida, un paria,

 
Sí. Siempre serás un paria, hombre solo.

Siempre serás un ser maldito, siempre

caminarás sin compañía, sin un amigo,

por los caminos amargos que nadie

ni siquiera las bestias quieren transitar

porque incluso ellos, los animales, saben

que hasta los dioses rehusan la amistad

de aquellos que, como tú, hombre solo,

prefieren la cruel y dolorosa soledad

a la compañía de los hipócritas,

de los cerdos, de los ladrones y de los que

soportan impasibles la injusticia y cambian

la humillación por un mendrugo de pan.

 
Sí, hombre solo, me das pena. Siempre serás un paria

porque llevas en ti la marca de los predestinados,

de los que gritan siempre la verdad

de los que no se doblan ante los poderosos

de aquellos a quienes nadie quiere mirar

porque da miedo ver en sus ojos puros

la clara acusación que hace temblar

porque horroriza ver escrita en su frente

desnuda la tremenda y sobrehumana señal

que separa a los limpios de los sucios.

 
Por eso, hombre solo, porque no te doblas,

porque no sabes ni quieres arquear la espalda

ante los ricos, porque vas altivo, orgulloso,

por los caminos de tu vida de solitario

empuñando tu bandera en la que van escritas

con tu sangre aquellas palabras que les duelen

en la carne y en los huesos a los otros,

aquellas tres palabras que ellos dicen

no ser más que palabras: VERDAD, SINCERIDAD; AMOR.

 
Por eso, hombre solo, por creer que esos

tres vocablos increíbles son algo más que palabras

estás condenado por el dios llamado Destino

a ser para siempre, toda tu vida, un paria.

Hiere más hondo


No tengas piedad, amor.

Hiere más hondo, más.

No duele.

Quiero decir que el dolor

es tan agudo ya

que rebasa

mi capacidad de gritar.

 
El grito está en mis ojos

y en mi sonrisa doblada

por la pena.

 
Hiere más hondo, anda.

Ensáñate como ayer

cuando tu menosprecio

me apartó a un lado

con el pie

como si fuera un perro

y yo no dije nada.

 
Sólo grité con los ojos

y con mi sonrisa arriada

por la pena.

 
Hiere más hondo, amor,

más y más hondo.

De tanto dolor no duele ya.

Bien dentro de la herida

remueve para agrandarla

tu puñal.

 
Gritaré sólo con los ojos

y con mi sonrisa arrodillada

por la pena.

 
Ensáñate en mí, amor.

Hiere profundo, hondo,

más hondo, más.

No duele.

Soy como un árbol-

Soy tu árbol

que sangra sin gritar.

 
El grito está en mis ojos

y en mi sonrisa atormentada

por la pena.


Hiere más hondo, amor,

hasta el instante

en que me veas doblarme,

hasta que veas

que inclino la cabeza

vencido por el peso

de ese dolor insoportable.

No caigas en la calle


Por Dios: No te derrumbes aún. No te derrumbes.

Resiste, si la tienes, hasta casa

o bien intenta alcanzar la puerta del amigo

que sabe tu nombre olvidado por todos

y la historia de tu vida de hombre solo

de perro repudiado por el amo-llamado Destino

pero, por Dios, no caigas en la calle,

no te derrumbes cobardemente sin un último esfuerzo

por llegar hasta la puerta que jamás se te cerró

de aquella muchacha que te ama porque un día

vió brillar aquella luz en la niña de tus ojos

y conoció la belleza del rostro del Señor.

Pero no te derrumbes en la calle

porque si caes allí nada podrá salvarte.


Resiste algo más. Un poco más. Ya estás cerca. ¡Anda!.

Otro paso. Otro. Un paso más hacia aquella puerta

del amigo que sabe tu nombre y conoce tu historia.

Suda. Sangra. Llora. Sufre todavía un poco más.

Pídele al músculo agotado el esfuerzo supremo.

Exígele al cansado corazón un último latido

hasta llegar a la puerta de aquella muchacha

pero, por Dios, no te derrumbes en la calle

porque si caes allí nadie querrá salvarte.

 
No caigas en la calle, hombre solo, no caigas

a ninguna hora del día  o de la noche

porque no habrá una mano amiga que te ayude

porque nadie, ni hombre ni mujer, volverá

hacia tu cuerpo yacente unos ojos apenados

y ni siquiera los niños se desviarán

de su incierto camino hacia ninguna parte

para acercarse a secar con su pañuelo

el sudor frío que mana de tu frente

o para tomarte el pulso.

Nadie querrá saber si eres hombre o perro

o si estás vivo o ya definitivamente muerto.

Para los transeúntes que pasan ensimismados

hundidos en sus pensamientos de monos lúbricos

serás únicamente un gran estorbo como

un viejo saco vacío, un papel sucio y usado

un montón de basura, un incongruente bulto

que deben retirar los barrenderos enseguida

para que ellos, inhumanos, puedan seguir

su ciego caminar apresurado que también

inexorablemente terminará otro día en el sepulcro.


No te derrumbes aún, por Dios. No caigas en la calle.

Camina. Resiste, hombre solo. Aguanta, hombre, ¡anda!

hasta llegar a la puerta de aquella muchacha

o a la del amigo que sabe tu historia y tu nombre.

Pero no caigas en la calle porque entonces

nada podrá ni nadie querrá salvarte.