Hay una tumba olvidada


            “Honrar y enaltecer os fillos escrarecidos de Galicia, é tanto como enaltecer á nosa terra e honrarnos a nosoutros mismos. Galicia tuvo de cote fillos ilustres que lle deron groria; pro nesoutros debemos precurar qu´os resprandores d-ísa groria non s-esmorezan, antes po-l-o contrario, qu-o seu brillo vaya en aumento, facendo resaltar os ollos de propios e extraños os méretos d-os qu co seu nume privilixiado cantaron as belezas, as constumes, a dolzura sin par da nosa terra gallega...”

          Las líneas antecedentes, preludio del presente trabajo, están tomadas del Prólogo que mi padre, Antonio García Hermida –poeta, periodista, músico, escritor- escribió, corriendo el año mil novecientos treinta, para el libro POESIAS EN GALLEGO Y CASTELLANO, de don José María Chao Ledo, primer vate villalbés junto con Manuel Mato Vizoso. El libro, editado por el Centro Villalbés de Buenos Aires en mil novecientos treinta y uno, lleva al final unas páginas o “Notas biográficas de don José María Chao Ledo”, escritas por Eduardo Lence Santar Guitián –cronista de Mondoñedo- a requerimientos de mi padre, de quien Lence era muy amigo, así como más tarde había de serlo mío.

            No voy a hablar ahora de mi padre ni de lo que Villalba le debe o deja de deberle como literato que es bastante. Quiero hablar, una vez más, porque es preciso,de mi querido y admirado Chao Ledo, de aquel notable don José María a quien, por razones de edad, no tuve la suerte de conocer; de aquel Chao Ledo –cura poeta- que escribió los versos más dulces, más tiernos, más entrañables, más sentidos, que yo he leído en toda mi vida en nuestra lengua vernácula: “A miña anduriña”, “Historia d, unha rosiña”, “A noite boa de 1871 cantada por un peilao” y “A Oración d´o romeiro”.

            ¿Quién era Chao Ledo?: Un poeta. Un notable, excelente, “enxebre” poeta. ¿Y a qué viene la cita inicial?: Es obvio su sentido y más leyendo lo que sigue; pero leamos antes la opinión de don José Trapero Pardo para que no se diga que me ciega mi pasión de villalbés.

            “Mas no le basta a la alba villa el progreso material. Un pasado ilustre exige también ilustres hombres de hoy. Y pocos pueblos existirán que, con un número igual de habitantes, puedan presentar, como Villalba, un conjunto de nombres ilustres que, en la actualidad, destacan en las Letras y en las Artes de la Pintura y de la Música, en la Cátedra, en la Administración del Estado, en la Medicina, en la Judicatura, en el gobierno de las parroquias ... Nombres de hoy que se unen a los de ayer algunos tan injustamente preteridos en las antologías literarias como el de Chao Ledo, que supo captar el espíritu y el lenguaje del pueblo en composiciones que aún tiene hoy un vigor y frescura como en el tiempo en que fueron escritas”.

            He ahí la opinión de Trapero sobre Villalba y, concretamente, sobre Chao Ledo. Las líneas que transcribo pueden leerse en el número ocho de la revista “Lucus” correspondiente a diciembre de mil novecientos sesenta. Y no estará de más decir aquí, de paso, que hace ya muchos años que Lugo y su provincia están debiendo a don José Trapero Pardo un homenaje en toda regla. Queda dicho y volvemos a Chao Ledo.

            Fallecido en mil ochocientos noventa y cuatro, don José María Chao Ledo –que nació en Villalba en mil ochocientos cuarenta y cuatro- “dorme o sono eterno no porteco humilde da igrexa de Mourence. A sorte deparoulle a derradeira morada n´unha aldea, n´unha sepultura probe coberta somente por unha lousa donde o seu nome que debera ser grabado en letras d´ouro, xa vai desaparecendo po-l-a acción impracabre do tempo”. También esto está escrito por mi padre en el Prólogo mencionado y yo soy testigo de su veracidad, pues lo mismo que, siendo un niño, me llevó a Lugo para mostrarme, con singular cariño la imagen de la Virgen de los Ojos Grandes, por quién desde entonces siento especial devoción, lo mismo me condujo hasta Mourence para rezar, los dos, un Padre Nuestro, ante la humilde losa que cubría los restos del poeta. Más que losa era lo que los gallegos llamamos “unha cantería longa” y en ella se leía, a duras penas ya, el nombre del vate muerto. Tendría yo, quizás, nueve años y nunca olvidaré aquella tarde de sol. Corriendo el tiempo, no mucho, volvería, yo solo por desgracia, muchas veces, a visitar la tumba de Chao Ledo y en vez de una oración serían dos.Dos plegarias por dos  “Poetas sin pueblo” que es el título de un artículo que ya hace años les dedique, a ellos y a Manuel Mato.

            Y ahora, para terminar, diré que de Chao Ledo ya no queda ni la losa que cubría su tumba. Un suelo liso, de cemento, recubre totalmente la entrada del templo de Mourence habiendo desaparecido del pórtico todo vestigio de la sepultura del cura poeta. Creo que eso no es irremediable y que aún queda oro en el mundo para hacer las escasas letras necesarias. Sería un modo decente de subsanar el tremendo error cometido, sin duda por ignorancia, por desconocimiento de la personalidad del hombre allí enterrado. Pero... ¿le importa esto a Villalba? Sé que algunas personas lamentan profundamente el hecho. Con todo y eso mucho me temo que, una vez más, seré “la voz del que clama en el desierto” y el poeta, sumido en el olvido –la muerte de la muerte- será únicamente recordado y visitado por su amiga la golondrina a la que cantó:

                                 “Anduriña vaga, dime

                                   Tí qu´esta noite chegache

                                 ¿Onde, probiña, parache?

                                 ¿De qué terriña tí ves?

Segunda carta de Villalba


EL cronista sabe, porque se lo ha dicho un pajarito, que gustaron mucho, por lo menos en la Villa del Amanecer, la “Carta de Villalba” y el “Conto do Ratexán”. El cronista no ignora que “nunca segundas partes fueron buenas”, pero cree que en este caso el refrán se equivoca y que la carta que va a transcribir es tan interesante o más que la anteriormente publicada. El cronista es así de pedante y ni siquiera se ruboriza al decir esto. En cuanto a la veracidad de las afirmaciones que en esta segunda sé carta se hacen, el cronista se conforma con decir, modestamente, que las firma y las rubrica como si fueran propias y que lo mismo haría aunque su corresponsal no fuera de la familia. Por otra parte, si el cronista se equivocase –lo que no es de temer- al juzgar interesante la carta que sigue, cree encontrar disculpa en dos fuertes razones: propia temeridad y el hecho contrastado, de que “o cantar do galeguiño e´cantar que nunca acaba”. El cronista, además, antes de dar vía libre a su corresponsal, se complace en hacer presente que no faltan “Pelúdez” en su villa. Y el lector comprenderá, sin necesidad de advertírselo, que un villalbés de nación –frase cunqueirana- jamás podrá escribir el nombre “Pelúdez” en sentido peyorativo, máxime cuando trata de aplicárselo a un tan allegado y querido pariente como lo es del infrascrito su primo Santiago. Pero vamos, sin dilación, lo que éste dice:

 
          “Querido primo: o outro día que de casual salín de noite, batín coa Curuxa, mellor dito chamoume ela, pois iba voando cara a igrexa. Díxome que o xabalí quería falar comigo sober da carta que che escribín, e que tiña que acompañala o Castelo, pois él non quería baixar. Sobín aganchando pola parede axudado por ela e por catro ou cinco curuxiños, sin dúbeda seus fillos. Chegado acolá enriba saludoume o xabalí, moi atento, e espetoume: Gustoume a carta, pro non debiche descubrir que teño a barriga chea de onzas de ouro, pois calquera día soben, como xa subiron outras veces  e querenma abrir. Ben cadra que ten que ser con unha navalla Solingen, das que facían os alemás, e como agora non as fan porque non lles deixan os americanos, pois din que son armas ofensivas, non hai medo a que se fagan con elas. Tampouco me gustou que teu primo me chamara cocho, xa que son xabalí, outra raza, que non se somete a pasar a vida nun cortello pra que despois o fagan zorza. A miña raza, ainda que é pacífica, é loitadora si a atacan.

            Pedinlle perdón por todo e deumo. Mandoume sentar, cabo del e díxome: O conto do Ratexán foi certo, e si o morto non lle foi dar as gracias, non foi por desagradecemento, foi que tivo que salir con presa pro extranxeiro e non lle deu tempo. O camiño por onde levaban os cabalos a beber non salía da torre, como algús pensan, se non que salía da praza de armas, e o desfacer as murallas quedou tapado. Salía o río na Pena de Miguel, e non coa entrada por alí. A igrexa vella non tiña mais que unha torre e sobíase a ela per unhas escadas de pedra que tiña o pé. Había a calle das Roseiras que agora, non sei porque chamanlle da Roxeira. A Portadencima, que lle chamaban así porque nacía na porta máis alta que tiñan as murallas do Castelo. A Ferrería, onde estaban os ferreiros; a calle Real, que daba o camiño real, que aínda hai cachos del; as Fontiñas, onde había unhas fontes que daban mui boa auga e gastábana os taberneiros pra bautizalo viño; a calle da Pedra, onde había unha pedra en forma de arco pra pasar por baixo del os cativos que tardaban en andar e así andiveran mais axiña; a calle do Sol, onde houbo un reló de sol, nunha das casas que hoxe non hai; a calle dos Xardís e a das Froles e a das Hortas. Cando os franceses, mataron un en Goiriz, por iso hai un barrio alí que lle chaman Do Francés, porque foi enterrado nunha daquela hortas.

Moitas mais cousas me falou o xabalí que agora non acordo, e cando empezou a amanecer dixo: Límpate; non quero que te vexan eiqui, que logo é día. comencei a baixar axudado pola curuxa e polos curuxiños; esbaroume un pe asustáronse os curuxiños, a Curuxa sola non puido comigo e caín. Pequei un pulo e ... despertei na cama. Erguinme, abrin a ventá e vin que amanecía. Pasou unha cousa voando: era a Curuxa, que viña de retirada. Saquei do peto un pitillo, pregueille lume e púxenme a escribir contándoche o que me pasara, que non estou seguro fora certo”.


          En este punto, el cronista relee lo escrito, sonríe alegremente y se frota las manos satisfecho. Luego decide que debe terminar justificándose ante el “andradesco jabalí” y hace constar que no es  insólita en Villalba la frase “Cocho do Castelo” y aun, que existe  su compadre –del cronista- muy ocurrente, el cual suele saludarle diciendo: ¿Qué hay Cochis Castelis? El cronista estima ser éste un saludo poco protocolario, pero piensa.”Cousas da xente miña” que es el título de un trabajo que anda a componer.

A la memoria de Ramón


            COMENZARE diciendo que José Pla me parece buen escritor, mejor “reporter” y fino humorista; pero opino que es un mal crítico –aspecto bajo el cual no le conocía-.

          Hago esa afirmación sobre el autor de “Humor, honesto y vago” y de “Cartes Meridionals”, teniendo a la vista su artículo titulado “Ramón Gómez de la Serna”, en el que, si pretendió Pla enaltecer la memoria del gran escritor extinto, está muy lejos de alcanzar el objetivo y, si se propuso enjuiciar su obra, yerra de modo lamentable al fijarse exclusiva, insistente, encarnizadamente, en una sola faceta de la labor del maestro: la greguería.

            He escrito “maestro” a sabiendas, con la misma premeditación con que usó esa palabra, refiriéndose a Ramón, aquel excelente escritor que fue Silverio Lanza, “... aquel anciano previsor –escribió el mismo Ramón- lleno de serenidad en la tragedia y de originalidad en la lobreguez de su pueblo y de su siglo, tan olvidado ya en su primer aniversario ...”

            ¿Por qué no decirlo? El artículo de Pla me indignó. No se trata así a ningún muerto y menos a un “grande” de las Letras hispanas. Grande, quieras que no. Por ello he pensado dedicar este trabajo a la memoria del admirable del portentoso, del independiente Ramón, rebatiendo, en cuanto lo permite la brevedad que exige un artículo periodístico, las inexactas, descabelladas, afirmaciones de José Pla.

            “Si hablando fue divertido, escribiendo fue ininteligible” “Escribe palabras, una vasta palabrería, pero detrás de las palabras no hay más que el puro vacío. De su obra, que es copiosa se mantiene alguna biografía”. “A pesar de ello sus libros se vendieron siempre muy poco”. Esto, y más a este tenor, nos dice Pla –de Ramón- en su citado trabajo. Bueno, pues vayamos por partes.

            No tengo a mano libros de Ramón. Solamente unas notas que tomé de un viejo ejemplar de “El Rastro”, hará cosa de un año, allá en Bilbao; pero unas líneas basta  para una breve cita. Y es sabido que “para muestra basta un botón”.

            “El Rastro” no es un lugar simbólico ni es un simple rincón local, no; el Rastro es en mí síntesis ese sitio ameno y dramático, irrisible y grave, que hay en los suburbios de toda ciudad, y en el que se aglomeran los trastos viejos e inservibles, pues si no son comparables las ciudades por sus monumentos, por sus torres o por su riqueza, lo son por esos trastos filiales”.

            ¿Qué existe de “puro vacío”, de “vasta palabrería”, de “ininteligible”, en esas líneas? Pues así escribía Ramón, así era su prosa, en ese estilo está escrito todo “El Rastro”, un libro extenso, fundamental para quien trata de juzgar como escribía, como pensaba o no pensaba, Ramón Gómez de la Serna, uno de los cuatro “grandes”, con Ramón del Valle Inclán, Ramón Pérez de Ayala y Ramón Menéndez y Pidal.

            Ramón Gómez de la Serna figura, por lo menos con siete títulos –que yo sepa- en la Colección Austral. Entre ellos –y me sorprende- no se encuentra “El Rastro”, obra que estimo primorosa, portento de imaginación creadora y reproductiva, de dominio del idioma, de capacidad observadora y descriptiva, verdadera labor de orfebrería literaria.

            La Colección Austral no es una tontería. Ortega y Gasset nos dice de ella esto: “Tal vez el libro completamente nuevo requiera otra forma de aparición; pero los que han hecho ya sus primeras experiencias con los lectores y han gastado su patetismo de indignación, adquieren como una segunda vida en esta Colección y logran lo que es supremo y secreto anhelo de todo lo viviente: la cotidianeidad”. Y Ramón Menéndez y Pidal escribe: “Tal es la biografía escogida por los editores –se refiere a “El Cid”- como esencia de amplio hispanismo y como parte de la alta cultura que esta benemérita Colección Austral viene difundiendo en su hazañoso millar de selectos tomitos, los que llevan a las escuelas y hogares más apartados de España y América lo más elevado y bello de cuanto ha creado la mente humana en todos los tiempos y todas las latitudes”. Y Camilo José Cela: “Verme hoy con estas páginas –habla del “Viaje a la Alcarria”- en una colección que tira mucho ejemplares, me gusta, sin duda, pero no me lo explico demasiado”. Basta. Ramón está ahí con  siete títulos. ¿Supone eso qué “sólo se mantiene alguna biografía”? ¿Significa que la Austral acoge al primer “ininteligible” que encuentra a mano? ¿Quiere decir que publica cosas invendibles?: Aunque sobre esto de vender, o no vender, había mucho que hablar y que escribir: falta de cultura, falta de orientación, penuria económica, escasez de bibliotecas... ¿Para qué continuar? Pero aún añadiré, y no se necesita ser profeta, que Ramón se venderá mucho más, ahora que ha muerto. Cosas nuestras. Estilo. Tradición. ¡Que le pregunten a Cervantes o a nuestro Don Ramón del Valle Inclán!

            ¡Ah, la greguería! ¡El “summum” de la obscuridad! Es un género difícil, amigo. Da que pensar. Hay que ser gimnasta del pensamiento. La greguería es un salto mortal del intelecto y no todas las mentes tienen facultades acrobáticas. “A mi, que me echen cosas del Oeste con muchos tiros y su pelirroja peligrosa” –dice el hombre vulgar. ¡Así nos luce el pelo! ¡Hay cada retórico y cada dialéctico “que tira pa tras, chico”!.

            Lector crédulo o incrédulo: Si no has leído a Ramón Gómez de la Serna léelo. Encontrarás estilo, imaginación, sensibilidad, originalidad, belleza, sinceridad, fantasía, realismo, riqueza de lenguaje. Y acaso, leyéndole, sufras como yo sufrí y goces como yo gocé. Sólo un gran escritor puede lograr esos efectos.

Para finalizar a fuer de sincero, diré que en el injusto artículo de José Pla creo encontrar, diluido, un inconfesable resentimiento hacia Ramón, ese orfebre famoso de las Letras hispanas. Pero no terminaré sin gritar lo que me sale del alma: ¡Ramón ha muerto! ¡Viva Ramón!

El viajero


            El viajero –todos le conocen el defecto- es un tipo bastante curioso y amigo de historias. Así, no es extraño que al encontrarse en Luarca con “un pouco  de vagar” –como decimos los gallegos, que somos unos filósofos-, se dedicase a recorrer la Villa Blanca de la Costa Verde, de aquí para allá, a base de “carreiriñas de can”, tratando de averiguar algo sobre ella.

            Luarca, según le parece al viajero, es una hermosa, luminosa, resplandeciente villa que guarda cierto parecido con el pintoresco Cudillero. Quiere decirse que, también, tiene casas aparentemente colgadas de las alturas circundantes, casas equilibristas, casas que parecen apretujarse y encaramarse unas sobre otras, como niños ante un escaparate que exhibe juguetes. El observador, piensa que esas casas circenses, coquetas, quieren verse la cara en el espejo limpísimo que es –aquel día lo era- el Río Negro.

            El viajero, apoyado en el pretil de un puente cuyo nombre ignora, vistazo a las albas casas colgantes, vistazo a los finos, blancos guijarros igualitos, redonditos, hechos quién sabe si de encargo, que forman el lecho del río mencionado, recuerda que Camilo José Cela, en su libro “Del Miño al Bidasoa”, dice que Luarca es “Una Cuenca verde y pequeñita, una Cuenca vista con unos prismáticos de teatro puesto del revés”. El viajero, por si acaso, pues no estuvo en Cuenca todavía, aunque anduvo cerca, cree que lo mejor es dar la razón a su paisano don Camilo ya que, además, está probado que Cela, de esto de caminos, viajes y pueblos, entiende un rato largo.

            El viajero, después de recorrer Luarca de babor a estribor y de proa a popa, mirándola desde todos los ángulos posibles; después de haberse detenido, en la plaza principal, ante el busto de don Ramón Asenjo; después de leer la inscripción que, sobre la fachada del Ayuntamiento, recuerda al transeúnte inquisitivo la liberación de la villa por el Ejército Español, representado  por fuerzas gallegas al mando del heroico don Jesús Teijeiro; después de haber admirado un complicado y pétreo escudo coronado que casi le asusta por lo recargado y que, sin consultar a Trapero, no se atreve a interpretar, el viajero, en fin, queriendo ampliar conocimientos, se dice que vale más hablar con alguien y, al efecto, se introduce en un bar a ver si hay suerte y, efectivamente, la hay porque allí conoce a don Antonio.

            Don Antonio es un hombre de mediana edad, fuerte, sanguíneo, no muy alto, locuaz, amable y enamorado de Luarca desde hace treinta y cinco años, tantos como lleva viviendo aquí. Don Antonio usa gafas y boina muy horizontal y bien encajada en la cabeza. A don Antonio le gusta cenar bien, beber dos  o tres “chatos” antes de las comidas para abrir el apetito, hablar largo y tendido de la villa de sus amores y leer EL PROGRESO “cuando trae algo de Luarca”. El viajero piensa que don Antonio es un hombre que sabe sacar a la vida el poco jugo que esta puede dar.

Gracias a los informes de don Antonio, el viajero se entera de que Luarca es también llamada Villa de los Siete Puentes, entre los que puede citar el Gentil, el de Travesía, el del Beso, el del Ayuntamiento y el de Asenjo; de que existe una Leyenda del Beso, basada en una hazaña del contrabandista Camboral, o Cambaral, que intentó raptar a una chica, sin duda joven y bonita: de que don Ramón Asenjo, el del busto, fue un indiano, benefactor de la villa, que encauzó por Luarca el río Negro y modernizó la Electra del Esva, ese río que pasa por Canero; de que Camilo Cienfuegos fue un poeta que, en opinión de don Antonio, dará mucho que hablar y que escribir en los próximos años; de que Jesús Casariego, el novelista, es un empedernido trotamundos y un hombre amabilísimo que “¡qué lástima no esté aquí ahora!” y, por último, de que el río Negro, en realidad, merece tal nombre porque muchas veces bajan sus aguas sucias y turbulentas constituyendo un gran peligro para Luarca, por lo cual se está haciendo de todo punto necesario el encauzarlo, en el Valle de Raicedo, hasta Fornes, lugar donde hubo, hace cientos de años, una herrería.

            Al llegar aquí, el viajero, que ha ido tomando notas en los márgenes de “La Voz de Asturias” y terminó pidiendo una cuartilla al “barman”, sonriente y servicial, que sigue la conversación del forastero con don Antonio; al llegar aquí, repito, el viajero advierte que otros clientes del bar le observan intrigados y piensa lo que en Guarda –Portugal- pensó Unamuno: “¿Y no es acaso uno de los encantos en los viajes el de intrigar a los que nos ven y, si es posible hacerse pasar por personaje misterioso?”. Rumiando este agradable pensamiento, el viajero se despide del amable don Antonio con un cordial “¡Hasta la vista!” y, de nuevo viajando, inventando una etimología descabellada del nombre de Luarca. Podría derivarse de “Lux” y “Arca”, latinas, se dice el viajero. Seguramente no es cierto, ¡Pero es bonito, ché! –diría un argentino. El viajero, que se siente contento, evoca versos de Manuel María, su amigo poeta, y sonríe suavemente “con unha doce sonrisa de felino”. Luego, poco a poco, se va quedando dormido y sueña que le nombran colaborador “honoris causa” del “Eco de Luarca”, Semanario del Occidente Astur.

Conto do ratexán


                 Conforme prometí en mi trabajo antecedente y puesto  que lo prometido es deuda, procedo a pagarla cumpliendo la promesa. Transcribo, en consecuencia, “O Conto do Ratexan”, digno de figurar en una antología de cuentos gallegos, si es que no figura ya. Es cuento que, estoy seguro agradará sumamente a mis queridos y admirados amigos Trapero Pardo, Álvaro Cunqueiro, Ángel Fole y Manuel María. Que vaya a ellos dedicado, con permiso de mi primo que es, en cierto modo, su autor.

            Ignoro el origen de este cuento. Mi primo no aclara si fue la tía Lupa quien lo relató, aunque es muy probable que sí, pues sabía muchos y era partidaria de contarlos a los niños, como aquel de los carlistas que “non deixaron na casa nin unha tixela pra fritir un hovo. La tía Lupa era una mujer excepcional –tendré que decir- ya que era hermana de mi abuelo Santiago Mato Vizoso –el que hizo música cincuenta años en Villalba. ¡Tiempo perdido!

A la tía Lupa, un Baroja la describiría con interés, un Ramón Gómez de la Serna con detalle, un Papini con ternura, un Camilo José Cela con nostalgia de vagabundo que abandona paisajes amados. Cuando ya era, de hecho, nuestra abuela, pasados los ochenta años. Leía –aún me asombro al recordarlo- los artículos de fondo de “ABC” utilizando un solo ojo que los años habían medianamente respetado; del otro, como vulgarmente se dice, “no veía un burro a tres pasos”. Su fantasía era estupenda: “Antes de que os roubaran os ladrós dos carlistas, os cangos da nosa casa da calle Real eran de plata pura, despois houbos que facer de madeira. “Meus nenos non deixaron nin unha tixela” –decía la anciana maravillosa para entretenernos a nosotros, los pequeños, que no éramos pocos-, ¡bendita su paciencia! Sí, la tía Lupa fue una mujer excepcional. Hasta en la hora de su muerte, tan cristiana, tan dulce, sosegada, tranquila, lo fue. Quedan pocas mujeres así, cristianas de corazón y de cabeza de pensamiento y sentimiento, capaces de combatir con la vida incluso “puesto ya el pie en el estribo”. Ella trabajó hasta morir. Y vio nacer tantos años que es muy posible pudiera indicarnos, -de vivir- las fuentes verdaderas de este cuento tan gracioso que vais a leer, el cual, “si non e vero e bene trovato”. Y ahora sigamos a mi primo:

“Había un enterrador –chamado Ratexán- que vivía cabo do cementerio vello que houbo onde está agora a capilla de San Roque. Este bó home, un día, arreglando o campo santo, ou facendo unha sepultura, encontrou un oso dun difunto. Colleuno e botouno na oseira onde se botaban todo-los  que iban aparcendo así soltos. Acabado o traballo cenou, e como daquela non había pra onde ir, supoño eu, deitouse. Cando o bó do Ratexán estaba durmindo sintiu unha voz que lle deciá: ¡Ratexán, dame o oso! ¡Ratexán, dame o oso! Despertou medio asustado, tirouse da cama, encendeu o candil, puxo os calzós e as zocas e preguntou: ¿Quén me chamou? Naide lle contestou. Abreu a porta da casa, botou a cabeza fora, mirou a un lado e a outro e non viu a naide. Desnudouse, apagou o candil, meteuse na cama e dixo: Debín soñar. A outra noite pasoulle o mesmo e así outras noites mais. O home deu en cavilar por qué lle pasaría aquelo, hastra que acordou do oso que tirara a oseira. A cousa estaba crara. Aquel oso faltáballe á un morto que non podía andar no outro mundo sin él, por iso ás noites pol-a chimenea berráballe:

“¡Ratexán, dame o oso! ¡Ratexán, dame o oso!”. O día siguiente, tan axiña amanceu, levantouse, foi o cementerio, buscou o oso na oseira, e con coidadiño volveu a poñelo onde o atopara.Dende aquela non voltou a sentir mais nada pol-a noite e puido dormir tranquilo, pero non lle gustou que o morto non lle fora dar as gracias”.

            Así termina el graciosísimo cuento que mi primo relata graciosamente también. Si fue verdad o mentira podría decirlo el jabalí de piedra que desde nuestra vieja torre feudal vigila los caminos villalbeses. Pero, dice mi primo al terminar su carta: “Moitas cousas me contaría o Cocho do Castelo se poidera baixar, aunque coido que non se ousaría por medo a que lle abriran a barriga con unha navalla, pois din que a ten chea de monedas de ouro, que serán para quen, coa navalla, logre abrila”.

            Y esto es todo, amigos. C´est fini. Confío en que habrá sido de vuestro agrado este trabajo”

Carta de Villalba

 
            PROCEDENTE de Uila Alua –que diría aquel su notario Pedro Novo- llegó a mis manos una carta, hermosa cual una sonrisa de hada buena. Y digo hada buena porque los gallegos sabemos muy bien que existen la “mala fada” y el “mal fado”. Esa carta me la dirige, a estas Asturias donde voy muriendo, mi primo  Santiago, músico él –como casi todos los Mato- y como tal con su buen tanto por ciento de poeta; digamos un veinticinco por ciento largo y luego se verá. Me habla de leyendas, fantasías y realidades villalbesas que ya se van olvidando a causa de que los muertos no escriben y de que nuestras generaciones jóvenes –los caballeretes de la “moto con chica” y el pantalón a lo Far West de celuloide, las vestales del Rock y del twist, sacerdotisas del “sex apeal” –se muestran indiferentes hacia el pasado de la villa, que si tuvo su mucho de malo tuvo, sin embargo, mucho más de bueno aún. Porque lo cierto es que Villalba, en un tiempo todavía no lejano gozó de esplendor en el orden intelectual, artístico, espiritual -imposible en toda época sin bienestar material-  como creo no volverá a disfrutar en muchos años. Y la razón está en que no surgen nuevos músicos, nuevos pintores, dramaturgos nuevos, nuevos poetas, nuevos escritores, estudiosos de la Historia, espíritus sensibles, “cavaleiros de verdade”, es decir, no surgen cerebros, individuos diferenciados, confirmándose con ello las palabras de Joseph Folliet: “...nuestro tiempo parece producir en serie “invertebrados mentales, personas sin personalidad, o con personalidad en potencia más que en acto”. Esto es lamentable; pero “es”. Y aclararé que ciertos párrafos que se podrían considerar un poco “fuertes” aluden, como es obvio, al ambiente general. No se trata aquí de señalar a nadie con el dedo. Conviene advertirlo para evitar posibles torcidas interpretaciones.

            Responderé, además, a mis seguros detractores. Quizá sea yo, en efecto, un romántico, un raro, un atávico, un inadaptado, un excéntrico. Con todo, opino que incluso aquellos de mis convecinos más “atómicos” me agradecerán la publicación de esta carta que tantas cosas dice de interés para los villalbeses. Naturalmente, suprimo lo estrictamente personal. Y vamos allá. Pensareis, comentareis, gozareis con su lectura. Leed pues.

            “Querido primo: Deille as tuas memorias o castelo. Sorriume, ou a mín mo parceu. O Xabalí, e por aquela ventá que da porriba da casa de don Prácido, parceume ollar unha dona que con un pano de encaixe na mau saludábame coma dicindo que che trasmitira o saludo. Non vin o señor Choyo Blanco que din que hai nel. Quizabes estivera de viaxe, cousa que non puiden preguntarlle a señora Curuxa que como soio sal de noite e pasa o día no castelo, ha de saber ben a vida de todos, e que agora coa televisión que lle puxeron saberá hastra o que fan os rusos e os americanos. ¡Qué de cousas me podería contar o cocho do Castelo se poidera baixar do seu pedestal! Quizabes me descobriría o sitio onde empeza o camiño que por debaixo da terra vai hastra a Pena de Miguel, por onde levaban os cabalos a beber. Cantaríame algunha cantiga daquelas que xa nadie acorda e que os troveiros cantaban a señora do castelo e as suas donas de compaña. Quizabes soupera algunha historia de amor, coma dos Amantes de Teruel ou a de Romeo e Julieta, que e ben certo que as houbo. Ou a morte d´algunha dona por algun cabaleiro. Contaríame historias de presos nas mazmorras, a loita dos Hermandiños, e como era aquel Alonso de Lanzós, que debeu ser ben bragado. Tamén me falaría de cómo foi nacendo a vila a sombra do castelo: das primeiras casas, da igrexa vella, do primeiro crego, da primeira misa, da primera escola do primeiro maestro. De cando viñeron os mouros, supoño que a Mourence, e de cando pasaron por eiquí os franceses. E daquel  conto que contaba a tía Lupa, dos carlistas, que levaron todo non deixando na casa dos nosos bisabós nin unha tixela pra fritir un ovo. Tamén podería decirme si foi certo este conto que polo visto lle pasou a un enterrador que lle chamaban Retexán, e que foi así...:

El cuento es digno de figurar entre los que Víctor Said Armesto incluye en su “Leyenda de Don Juan”. Creo que es original e inmensamente gracioso. Será motivo de un nuevo trabajo. Pronto podréis leerlo.

            Y ahora solo me resta dar las gracias a mi primo por su valiosa colaboración, pues es él quien, en realidad, lleva el peso del asunto.

Nocturno Villalbés


            REMOTAS y frías, en un extraño Morse aún ignorado por los audaces astronautas de la hora presente, las estrellas telegrafían a la noche su continuo mensaje indescifrable. Más abajo, una luna gigante y redonda con cara de niña compungida, se lleva a los ojos finos pañuelos de nubes transparentes para limpiarse gruesas lágrimas –invisibles para mí a causa de la distancia- provocadas por no sé que enorme, cósmico, ingente dolor universal. ¡Dramática tristeza, trágica soledad, amarga viudedad milenaria de la luna! Patético lirismo de las noches plateadas que hace pensar –me hace pensar a mí- en la acerba pena desesperanzada de las abandonadas infecundas. La luna, solterona, sufre un dolor antiguo que, de tan intenso, se hizo luz.

            Yo, transeúnte pensativo, camino, bajo la noche blanca por el plano inclinado de los barrios extremos de Villalba, donde el pueblo alarga hacia el campo las narices para alcanzar más pronto el fresco olor a tierra y a flor y a hierba húmeda y segada. Sin pretenderlo evoco a Juan Ramón: “Hay un canto roto de grillo, una conversación sonámbula de aguas ocultas, una blandura húmeda, como si se deshiciesen las estrellas...” Sí: hay un canto roto de grillo y un sapo, solista, músico veterano, que toca su flautín ensayando agudos monocordes. Y hay un cantar campesino olvidado en el aire: algún mozo enamorado que ronda... Ya se sabe: “Os amoriños primeiros...” Lejos, los perros centinelas ladran a la noche, o a la luna, o al desconocido nocherniego. Algunos, simplemente, “presos nas airas, a folgar, ladrando por ladrar” que dijo el juglar de Tierra Llana. Por asociación recuerdo el “Xan Soldado” de nuestro Manuel Mato polifacético: “Lonxe, nas eiras... Ladran os cás...”. Y pienso que los ladridos de los perros lejanos son carcajadas de la noche. Todo es posible en esta Galicia que vio nacer a mi señor Valle Inclán. Todo puede ocurrir en esta Villalba mía que ahuyenta con flores y “ramallos” a las brujas, la noche de San Juan.

            Paseo, lento, por el plano inclinado de los barrios extremos villalbeses. La noche huele bien: a río limpio, a tierra mojada, a pino presumido y joven. El pueblo, mí pueblo, en gimnástica postura de “tierra inclinada”, bañado todo por vaga luz espectral, luz blanca de leche o de espuma marina, parece hecho de aluminio sucio. Y la torre de los Andrade, herida por los destellos de la pálida aventurera nocturna, cobra, camaleónica, en las partes que deja al descubierto su larga cabellera de hiedra, un fantástico color de bronce oscuro no previsto por la técnica atómica  ni por los pintores del “Arte otro”. Bronce irreal, fantasmal, insólito, misterioso. Bronce de cuento de hadas, o de duendes, o de brujas, o de magos. Larga cabellera preciosa, hoy desnuda, de moza casadera de otros tiempos. Motivos para un relato de mundos muertos y amables escrito por un Cunqueiro del siglo treinta. Motivos villalbeses para un escultor de metáforas.

            Desde su torre del templo de Santa María desciende y llega a mí, lenta y profunda cargada de nostalgia del viejo padre Miño, la voz de abuelo del anciano reloj que anuncia a los villalbeses la muerte de las horas. Es una voz antigua, monótona y seria, que se arrastra sobre el suelo de la noche, invadiéndolo todo, palpándolo todo –las casas, los árboles, la piedra y el agua y  la sombra y la luz- con sus largos dedos delgados, ágiles y sensitivos, de pianista del infinito. Una... dos... tres... Las tierras altas de Mourence, donde habita un eco bisabuelo, devuelven el sonido hacia Villalba. El eco y el reloj juegan al tenis nocturno, la red, el río Magdalena. Una... dos... tres... El eco mourenzano es un gran viejo insomne y burlón que le cuenta a Chao Ledo cuentos de romería y le habla al poeta del Tardad que tanto amó: “Tardade, niño de amores- Ond´a pombiña descansa...”

            Vuelta la espalda al campo y al olor bueno de la noche, regreso. El centro del pueblo es un trozo de silencio iluminado donde el gran árbol secular se yergue, altivo, mudo, silencioso, inmóvil, para mejor escuchar la respiración de la noche. Y herido desde arriba por los cuchillos de luz de la triste vagabunda del espacio, proyecta sobre el suelo adoquinado una sombra gigantesca, quieta y oval. El árbol está solo con su sombra escrutando a la noche y soñando sueños de otros siglos. O quizás, los gruesos brazos vegetales abiertos, tendidos hacia el cielo en un gran gesto suplicante, reza... ¿Por mí?

            Yo sigo deambulando, también solo, solo con “mi hondo corazón sin par...” Y pienso, desolado, mientras cruzo la noche blanca y mágica, que hay caminos sin mí.