Lembrando festas sonadas


En aquel tiempo los dos poetas eran jóvenes, sentían las mismas ansias de gloria, tenían las mismas aficiones y amaban a Villalba. Ambos poetas llevaban el nombre de Antonio, habían nacido en pueblos próximos y querían a su tierra con un amor antiguo que los hombres de hoy día no podemos comprender. Uno de los poetas, Antonio Noriega Varela, había visto la primera luz en el dulce, florido, idílico valle mindoniense. El otro, Antonio García Hermida, vino al mundo en la Villa del Amanecer, la que posee los más amplios horizontes del mundo. De la amistad de los poetas nacieron estos versos que ya otra vez transcribí y que fueron escritos por el gran Cantor de la Montaña para el San Ramón de 1915. Únicos versos que el fabuloso, el ingente, el mítico Noriega dedicó, que yo sepa, a Villalba, mi villa bienamada. Y dicen así:

                                                    “PARA GARCIA HERMIDA”


                                                       Veño, ahora mismo, de Foz

                                                        y-anque improvisar é atroz

                                                        contesto, Hermida, a tu carta

                                                        osmando dulce de tarta

                                                        tras conexo con arroz.

                                                        A ocasión a pintan calva

                                                        y-hei de facer ocasión

                                                        pra chegar, coa luz d´a y-alba

                                                       ¡en ayunas!, a Villalba

                                                        o día de San Ramón.

                                                        Excuso decir máis nada...

                                                        queda ben desafiada

                                                        a romaxe, ¡e naide pense

                                                        que hei de picar d´ahí pra Ourense.

                                                        sin dormir “a calloubada”.


Era el día 31 de agosto de 1915, día de San Ramón, cuando “Villalba y su Comarca” publicaba estos versos. El autor de estas líneas ignora si las fiestas,  aquel año, fueron realmente “sonadas”, es más, ni siquiera sabe si en realidad hubo fiestas, aunque bastaba, como es sabido, la presencia de Noriega en un pueblo para que el pueblo honrado con su visita viviese un día verdaderamente festivo. En todo caso sí se puede afirmar que aún vivía Santiago Mato Vizoso, es decir, vivía aún la MUSICA en Villalba y ¿quién se atreve a decir que no hay fiesta si se reúnen músicos y poetas?

Al llegar aquí el cronista, que ya tiene un buen saco de recuerdos, empieza a ponerse sentimental “Lembrando festas sonadas”, fiestas de San Ramón que tuvo suerte de vivir y de gozar y, como no puede ni sabe expresar por sí mismo las ansias de su corazón ante el nuevo San Ramón, que no vivirá, abrumado por el peso de las nostalgias que lleva al hombro, acude a Victoriano Taibo y termina, recitando, melancólico:

                        As mozas van de ruada

                         por un vieiro de sol;

                         mozos, leváime con vosco

                         o meu corazón.

Nostalgia de "Rio voy"


Todos los bachilleres han aprendido un día a conjugar el verbo latino “Eo, is, ire...”, que en lengua española significa “ir”. No ignoran, en consecuencia, que la primera persona de singular del presente de indicativo de dicho verbo se traduce por “voy”, al castellano, y al gallego, naturalmente, por “vou”. Será entonces fácilmente comprensible, para muchos, el que yo decida por mi cuenta y riesgo afirmar que decir “río Eo”, equivale a decir “río Voy”, si en español nos expresamos, o “río Vou”,  si  el idioma empleado es el vernáculo. Aquí conviene precisar que el vulgo, por muy respetable y vulgo que sea, dicho  sin ánimo  de ofender, tiene la obligación de enterarse de que el gallego es tan idioma como el que más. Idioma, si señor, y no dialecto.

“¡Vaya un tipo con “toupet” y qué derivaciones ingenia el angelito!”- dirá, mordaz, el crítico de turno. ¡Ya lo sé, hombre, ya lo sé! Es una etimología quizá sin pies ni cabeza, como sacada de la manga, una etimología -¡vaya por Dios!- de pacotilla, que hará sonreír divertido, en su florido y tranquilo rincón de Barcia,- “Dichoso el humilde estado- del sabio...”- a mi querido amigo Aníbal Otero, gran filólogo, uno de los hombres que honran a Galicia. Otro tanto harán Antonio Díez, ex –alcalde, y Ernesto Gómez, el doctor, allá en el Chao de Pousadoiro, volviéndose a mirar hacia el río que provocó esta mi fantasía -¿o no será fantasía?- etimológica. Pero los tres perdonarán, estoy seguro, la audacia del vagabundo que un día convivió con ellos, puesto que saben es así de arriesgado por gallego, por soñador y acaso también por poeta.

Más no queda ahí la gravedad del asunto ya que, para mí, Río Voy no es del todo el río Eo ni siquiera todo el territorio que comprende el Ayuntamiento de Ribera de Piquín, no. Para mí – cosas mías, señores, cosas íntimas-, Río Voy es un "cachiño de terra da Ribeira”  enmarcado –imitemos a Matías Prats- por el triángulo teórico que tiene por vértices el alto de Navallos, la cima de Outariz y la iglesia de San Jorge, para llegar a la cual hay que trepar el áspero “penedo” sobre el que está edificada. Uno de los lados de ese triángulo imaginario pasa por Barcia, donde vive Aníbal, y el otro por el Chao de Pousadoiro, residencia de Antonio y Ernesto.Ambos lados se unen en la iglesia, Eo abajo, y el tercero cruza el río, idealmente, desde la nueva escuela de Navallos al punto cumbre de Outariz. Ese es el Río Voy de mi nostalgia por el que desciende, corre, se apresura –cual queriendo hacer honor a mi “ingeniosidad” –el río Eo, río Voy o río Vou, veloz, limpísimo, joven, alegre, saltarín, entonando canciones de romero y de molino, en busca ansiosa de la mar y de la calma, lo que para un río,  como para un hombre, consiste en correr al encuentro de la muerte. Sin duda que fue un río como el Eo, un río joven e inexperto, loco y aventurero, el que inspiró al poeta la estrofa melancólica: “Nuestras vidas son los ríos- que van a dar a la mar – que es el morir...” Porque hay ríos ancianos, lentos, sabios, tal el Miño, que se remansan, demorándose, en el intento ciertamente vano de retardar la trágica hora de la muerte que les espera en la desembocadura, allá donde la mar, la insaciable bebedora de aguas dulces, la voraz devoradora de cristalinas corrientes, la inmensa mar, aguarda...


Ahora es primavera, también, en Río Voy y hace ya cuatro abriles que no visito aquello. El Eo será todo, bajo el sol, destellos de plata y de cristal y un hombre que no soy yo escuchará la eterna voz del agua que se hace grito, o susurro, o sollozo, o canción, al chocar con los peñascos anclados en el río. Ahora es primavera, otra vez, en Río Voy,  y un hombre que no soy yo admirará, pensativo, las ágiles acrobacias de las truchas – vientre blanco, dorso moreno- que saltan fuera del agua a la caza de insectos y vuelven a caer sobre la superficie líquida con un chasquido seco de rama rota. Y vuelta a brincar y vuelta a recaer. Fulgir y refulgir. Centelleos de plata y cobre. Truchas viejas, truchas niñas, truchas de todos los tamaños – gustaría de escribir el maestro Azorín-. Y ese hombre meditabundo, ese hombre que yo fui un día, viendo bajar la rápida corriente y una flotilla de truchas que sube, río arriba, luchando contra ella tenazmente. Y el Eo, loco de amor, besando la sombra de los árboles que se inclinan sobre él en el afán de estrecharse las manos de ribera a ribera. Y el puente –Narciso pétreo- admirándose en el movedizo espejo acuoso. Y la grácil libélula policromada pasando y repasando, volando y revolando, bajo el ojo del puente, en persecución de no sé que etérea presa inalcanzable. Y el hombre que yo quisiera ser, el hombre nostálgico, hierático, meditativo, contemplándolo todo atentamente: la prisa de los seres que van y vienen, el galope del río, la fuga de las horas, la quietud obsesiva de lo inmóvil. Y arriba, alto, lejano, suspendido bajo la azul bóveda inmensa por no sé que hilo misterioso, coronando de Luz al Muradal lontano –“O sol y o mar á montaña- moito lle deben querer”, cantó Noriega-, gran foco luminoso, deslumbrante y ardiente, “El ciego sol...” –que dijo Manuel Machado, el implacable sol.

Al llegar a este punto algún lector sospechará, puesto que la tendencia habitual es escapar del campo a la ciudad si no es posible hacerlo de España al extranjero “onde atan os cas con longainas”, que aquí se trata de escribir algo así como un “Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea”. Otros dirán que “xa está ben de literatura”. Y solamente unos cuantos, por más avisados o más sentimentales – cualquier adolescente, admiradora de Bécquer, diría “románticos”, entre comillas y arrastrando la palabra-, unos cuantos, repito, caerán en la cuenta de que es cierto que “El corazón tiene sus razones...” y los sentimientos son algo tan real e importante como los objetos, o como Bahamontes, o como Alexei Leonov. Así se explica que uno escriba lo que escrito deja recordando un paisaje que lleva grabado en los ojos el calor de la amistad de viejos e inolvidables amigos, el gorjeo matutino de los pájaros enamorados, el murmullo constante del agua fugitiva, la espaciada canción del cuclillo, “pois tamén cuca o cuco en Río Vou”, las agudas notas del grillo violinista o el nocturno concierto monocorde del viejo sapo flautista que oponía la dulzura de su única pero bien entonada nota a los desacordes estruendosos, atronadores, acromáticos, -¡viva la música moderna!- del inmenso ejército de ranas que se reunía en las riberas del río y lanzaba al aire quieto su croar desaforado, quizás para espantar ese miedo a la noche misteriosa, ese cerval miedo a lo oscuro que no sólo sienten los batracios.

No sé si me habré justificado; pero –escribió Gonzalo de Berceo:

                                                                                          
                                                                  Ca estos son los arbores do

                                                                  debemos folgar,
                                                                  En cuya sombra suelen las

                                                                  aves organar.

Cuatro Pepes Villalbeses


Próxima a celebrarse en Villalba, por quinta vez, la festividad conocida por Día dos Pepes, considero oportuno publicar la semblanza de cuatro de ellos que por ser unos “fuera de serie” –como se dice ahora-, destacan entre los demás en un pueblo en el que tanto abunda el nombre de José. Y vamos ya, sin más preámbulos, al grano.

 
José Antonio Paz, el Pepe a quien, sin embargo, unos llaman Antoñito, otros Paz, simplemente, y algunos Antonio, pero ninguno José, es bastante alto, enjuto, nervudo, y nervioso, vehemente. De rostro serio, adusto, anguloso, te mira fijamente con sus grandes ojos inquisitivos –cuando hablas- y, de repente, corta tu peroración con un gesto formidable y un tajante, rotundo “¡Bah, patrañas!” que te deja seco. De pronto sonríe y su cara se ilumina toda, de tal modo que crees te está sonriendo un bienaventurado. Entonces te das cuenta de que te hallas ante un gran tipo; un tipo que no comulga con ruedas de molino, pero que sabe comprenderte y disculpar tus errores. Dotado de un oído privilegiado y de una voz educada, agradable y potente, te asombra al interpretar un “solo” y es elemento indispensable de cualquier coro, orfeón o conjunto vocal que se forme en Villalba.Sus dotes excepcionales de imitación o caricato le llevarían al triunfo si quisiese tentar a la fortuna. Humilde, piadoso, excelente persona, serio habitualmente, alegre cuando la ocasión lo demanda, su popularidad es merecida. Estupendo jugador de fútbol en otro tiempo, formaba pareja defensiva con Pepe Ramil-René- y cuando en la puerta figuraba Ramón Rico –Cubano I-, el Racing Villalbés era casi imbatible. Este es Paz, un tipo como hay pocos. A Pepe Mato es inútil llamarle José Mato. Para todo el mundo es Pepe Mato y sanseacabó. Alto y bien entrado en carnes, fuerte, robusto, sanguíneo, jocundo, es este un Pepe “cheo de salú” que –diría Epi, el Pepe filósofo- “percura vivir sempre coma un Pepe”. Optimista por naturaleza, casi diríamos que de profesión, su buen humor es inalterable y su carácter le empuja a unirse a aquellos que cantan, ríen o bromean. En la cena de los Pepes villalbeses, dirige siempre las canciones a coro y, situado en el centro de un gran corro, gesticula entusiasmado al tiempo que canta, él también, a pleno pulmón. Artista, como casi todos los Mato, toca diferentes instrumentos de aire y es un virtuoso del trombón. El es el que, durante la cena, entre plato y plato, dice: “¡A ver, a ver! Agora tócanos iso de... “si vas o San Benitiñooo...” Y cuando la cena termina:” ¡A gaita! ¿onde vai a gaita?”. Por nada del mundo perdería el pasacalles final que pone término al Día dos Pepes.

Simpático, ingenioso, siempre alegre, con Pepe Mato se puede ir andando al fin del mundo sin miedo de aburrirse: pero... “hai que levar unha bota de viño” porque, ya se sabe, “con pan e viño ándase o camiño” y tripas llevan pies”. El optimismo de este Pepe no cabe duda de que está bien fundado: tan bien fundado como su popularidad.

 

Pepe Durán es de mediana estatura, tez morena, rostro ovalado, ojos más bien grandes, nariz recta y cuerpo bien proporcionado, Flemático, a primera vista, tal un inglés, si quieres sacarlo de sus casillas no tienes más que decirle que el Real Madrid, en conjunto, es un “petardo” y los jugadores madridistas son, individualmente, unos “maletas”.Entonces le verás furioso como un sioux, locuaz como un napolitano, apasionado como un árabe, y podrás asistir a la demostración, a todas luces evidente, de cuándo, dónde y por qué el Real Madrid se proclamará campeón nacional de Liga y Copa. Esto, incluso mucho antes de que Karag haya hecho sus célebres vaticinios y aun en contra de la opinión del famoso pronosticador deportivo. Luego, si las cosas no ruedan bien, ahí tenemos a Karag, el mago, el vidente, que también se equivoca y además, a mayor abundamiento, para algo están los árbitros, las lesiones, los palos de las porterías, y por encima de todo, ella, la veleidosa, la voluble, la inconstante, la tornadiza fortuna, que goza enfrentándose al Real.

Serio, bondadoso, amable, desprendido, este Pepe guarda un maravilloso secreto: sus pobres. Practica la caridad, esa excelente virtud cristiana, sin que su mano izquierda sepa lo que hace la derecha. En este conmovedor detalle se demuestra la grandeza de su corazón. Asimismo jugador de fútbol, como Paz, hace pocos años todavía, fue uno de los mejores interiores que pasaron por el Racing Club Villalbés.

Por esas y otras buenas cualidades que le honran, creo que es este un Pepe excepcional y por ello procede sacar su semblanza a la luz pública.

 

José Luis Mosquera, popularmente conocido por su nombre deportivo de “Chelo”, es el Pepe más alto de Villalba. Es altísimo, fortísimo, y temo que, con la edad, llegue a ser gordísimo. Sus buenas cualidades morales están a tono con sus condiciones físicas, es decir, las posee en grado superlativo. Es proverbial la nobleza de que hacía gala en sus tiempos de jugador de fútbol, a pesar de que su imponente contextura corporal le hubiera permitido llevar todas las ventajas caso de querer, no ya abusar, usar simplemente en su totalidad de todos los recursos que podían ofrecerle, frente a la inmensa mayoría de sus oponentes, su gran peso, su elevada estatura, su enorme fortaleza, la tremenda potencia de sus disparos con ambos pies y la increíble fuerza de sus impresionantes testarazos.

En la vida cotidiana, lo mismo que hacía en los campos de fútbol, este notable Pepe sigue demostrando la reciedumbre, la solidez, la firmeza de sus cualidades morales y así nos encontramos con su gran preocupación, su mayor anhelo, su “violín de Ingres”- digásmolo al viejo estilo para fastidiar a la “nouvelle vague”, que dice “hobby”- es el Asilo de Ancianos de Villalba.”Hay que ayudar a los ancianitos. Hay que dar. Hay que pedir”-repite Chelo a cada dos por tres. Y la gente va y ayuda y da y pide.

Aunque sólo fuera por ese amor a los ancianos desvalidos, por esa dedicación a la vejez necesitada, por esa entrega constante a tan admirable labor, merecería este tocayo mío, altísimo física y moralmente, la enorme popularidad de que disfruta en el pueblo.

Termino; pero no sin pedir perdón a estos cuatro queridos amigos, a estos Pepes inefables, por haber herido, sin duda, su modestia, al publicar estas someras semblanzas.   

España al doble y cada cual


“España al doble”. En esta frase que ha circulado, difundida por la prensa, a través del territorio nacional, se resume el ambicioso proyecto del Gobierno de poner en marcha un   Plan de Desarrollo que, en etapas sucesivas, levante a nuestro país a la altura de las grandes naciones europeas. Se trata, en definitiva, de acometer, más que  la renovación, la transformación total de anticuadas estructuras industriales, agrícolas, comerciales y educativas que hasta el presente nos sirvieron de sostén. Se pretende acoplar motores nuevos a la antigua nave española haciéndola capaz de emprender una nueva singladura que le permita arribar sin peligro de naufragio al puerto añorado de un nivel de vida “europeo” para todos los españoles. Este nivel de vida exige que nuestra nación salte en pocos años de su actual categoría de “pueblo subdesarrollado”a la superior, propuesta como meta necesaria, de “país plenamente desarrollado”, es decir, de pobre a rica, de inferior a igual, de supeditada a comanditaria. El esfuerzo ha de ser enorme, el salto espectacular, y el resultado previsto y ambicionado se habrá hecho realidad cuando el hombre español, excepción hecha de convidados y zánganos, pueda percibir una renta “per capita”, cifrada en dólares, idéntica a la que perciben los trabajadores de aquellos países de Europa que hoy marchan en cabeza gracias a su floreciente y firmemente sostenido nivel económico y cultural.

Puestas las cosas así, los españoles nos las prometemos muy felices. Ya era hora –se dice. Se crearán nuevas industrias y se mejorarán las existentes. Se intensificará el comercio interior y exterior. Dispondremos de millones de nuevos puestos de trabajo. El campo será mecanizado y trabajado intensa y racionalmente. Se duplicará la producción en la industria y la agricultura. Se incrementarán los sueldos y salarios. Aumentará la capacidad adquisitiva y, en consecuencia, la demanda de productos de toda especie con repercusiones favorables en los terrenos de la producción, de la distribución y del cambio. Y la “inversión humana”, en el orden educativo, llevará a todos los españoles la mínima cultura necesaria para ser un hombre del tiempo presente. ¡Ya era hora!

En efecto, ya era hora; pero el hombre español ha de tener en cuenta que si el Plan de Desarrollo es eso que se dice y mucho más, su logro depende en su mayor parte del esfuerzo que él mismo, él individualmente, ponga en conseguirlo porque, realmente el éxito del Plan, a pesar de la gigantesca aportación que el Estado hace, depende de todos y cada uno de los españoles, de su esfuerzo cotidiano, constante, continuado; de su trabajo consciente, de su deseo de superación, de su laborar cuidadoso y tendente al fin propuesto y, en suma, de su tenacidad, puesto que, lo ha dicho Franco: “Un defecto de nuestro carácter es el de realizar  grandes esfuerzos para dejarnos caer más tarde en la laxitud y la confianza”.

Ante el plan de Desarrollo, ya iniciado se impone pues, al hombre español, sobre todo, un examen de conciencia que le permita darse cuenta de sus errores y abandonar como quien arroja un pesado lastre, su mentalidad estrecha, su espíritu insolidario, su llamada idiosincrasia individualista que en realidad se queda en egoísta, para entregarse a la labor común, al trabajo en equipo, a la tarea con y para los demás, único medio de que puedan revertir hacia el plano personal los beneficios alcanzados, por que en verdad hemos alcanzado la hora en que nadie puede exigir nada si nada aporta a la comunidad.

Es ese cambio de mentalidad por parte de empresarios y productores donde radica el éxito de un plan que puede sacar a España del marasmo, de la tristeza, de la pobreza en que hasta aquí estuvo sumida.

Es así que si el español, todos y cada uno, se entrega a la tarea común con  esperanza, perseverancia y fe, dando “al César lo que es del César”, alcanzará un triunfo que bien merece su enorme y admirable capacidad de sacrificio. Pero sin olvidar que una vez alcanzado ese ambicioso paraíso, hemos de lograr que sea-como quería José Antonio –“un paraíso en el que no se descansa nunca y que tenga junto a las jambas de las puertas ángeles con espadas”. Porque también es verdad que, en todo momento, hemos de saber contestar a las tres preguntas del beduino con las tres respuestas rituales: “venimos de Dios. De Dios somos. A Dios vamos”.                                      

El Pepe de las tres bellas manías


       Los que vivimos –preocupados por nuestro afán de subir en la escala social o, simplemente, de sostenernos en el puesto alcanzado- solemos olvidar con lamentable frecuencia a quienes allanaron nuestros caminos, preformaron nuestras mentes y ejemplarizaron nuestras vidas haciendo posible con su esfuerzo tenaz, con su labor orientadora, con su ejemplo constante y en definitiva, con su gravitación vital sobre nosotros, esta realidad más o menos brillante, más o menos inteligente que ahora “somos”. Y con más facilidad todavía olvidamos a los muertos, como si la vida que actualmente “vivimos” fuera posible sin ese ingente trabajo sin esa cuidadosa orientación, sin ese perseverante ejemplo de nuestros antepasados. Como si todo efecto próximo no procediese de una causa remota. Como si fuera posible que los muertos no mandasen. Porque lo cierto es que “los muertos mandan”, y ahí va dicho con título de Blasco Ibáñez y pese a las piruetas en tal sentido, de mi admirado y querido Papini. El caso es que habitualmente nos paramos, si nos paramos, a criticar a nuestros antepasados en cuanto “no hicieron”, pero raramente atendemos a lo que nosotros mismos “dejamos de hacer”. Y aquí está el fallo, pues también nosotros desapareceremos y la vida alumbrará una nueva serie de críticos injustos que, a su vez, se creerán el “non plus ultra”. La eterna historia.

            Mis lectores, como les ocurre a menudo al leer la introducción o preámbulo de mis trabajos, estarán desorientados acerca del fin que persigo, mejor totalmente “despistados”, que es una palabra más moderna, más usual, más –diré un poco irónicamente- “técnica” entre el vulgo. Y estamos de acuerdo en que es preciso pertenecer a nuestro tiempo, es decir, necesitamos sumergirnos en la “nouvelle vague”. Renovarse o morir dicen por ahí.

            Bueno. Se trata de que, también como casi siempre reincido en mi costumbre de justificar esta tendencia mía a tratar de hombres desaparecidos y en la mayor parte de los casos ignorados, ya que nunca faltan “criticones” y cuando uno escribe se actualiza aquello de que “nunca llueve a gusto de todos” si bien es cierto que, aunque no lo parezca, un servidor de ustedes  escribe sobre y lo que se le ocurre sin preocuparse de nada más. Y perdonen esto arranque, no ciertamente inmotivado, de sinceridad.  Y ahora que me he explicado, vamos al asunto principal.

 
Don José Somoza Eiriz fue un maestro ejemplar de Villalba y he pensado que, pues se celebra el próximo día dieciséis, por tercera vez, al día dos Pepes en la villa del Amanecer, es oportuno dedicar un recuerdo público a este Pepe que tenía las tres hermosas manías: Numancia, las estrellas y el Quijote. Tres preciosas manías que yo quisiera tuviesen todos los Pepes del mundo y aún todos los hombres por lo que significan de fervoroso patriotismo de acendrada religiosidad de sublime idealismo.

            Como saben muchos de mis amigos villalbeses no nací a tiempo para poder conocer y tratar a don José Somoza, fallecido en 1927, pero sí he tenido la suerte de vivir lo suficiente para oír hablar de él,  siempre con amor y respeto y para leer el artículo que a su memoria dedicó Ramón Suárez Picallo, periodista gallego residente por aquellas fechas en Buenos Aires y que ocupaba a la sazón los cargos de secretario de redacción en el “Correo de Galicia” y en la revista “Celtiga”, que veían la luz en la capital argentina. El artículo citado se publico en el número 208 de Heraldo de Villalba, correspondiente a noviembre del mencionado año 1927. Por él pude enterarme de las tres hermosas manías de don José Somoza, pues Suárez Picallo que había sido discípulo de tan buen maestro, escribió, entre otras cosas esto:

            “Cuando en horas de angustiosa añoranza, hemos abierto el libro de nuestra vida y aparecieron, purísimas, las páginas de la infancia nos hemos tropezado con la figura de él y de sus tres bellas manías. Porque don José tenía tres manías: la batalla de Numancia, las estrellas y el Don Quijote. Con entusiasmo juvenil paseándose a grandes zancadas por el aula, con el dedo pulgar en el chaleco su espíritu vivía todo el heroísmo de los abuelos. Al través de su verbo armonioso, las congojas del sublime loco manchego, llegaban a conmovernos. Y la portentosa maravilla de los astros, en su grandeza inconmensurable, tenía en él su más rendido enamorado”.

            Queda trazada la semblanza breve de don José Somoza Eiriz. Nada podré añadir que pueda mejorarla después de haber leído esos párrafos de Picallo. Solamente me resta destacar, para mí y para cuantos aprecio, que Dios nos conceda la posesión de las tres hermosas manías de ese Pepe ejemplar. Porque entonces tendremos siempre presentes los máximos valores de la vida y el último fin del hombre. Tendremos siempre preparadas las oportunas respuestas a las tres preguntas que hace el beduino en el desierto a los viajeros sorprendidos y que yo leí en Tihamer Thot: ¿De dónde venís? ¿A dónde vais?¿Quiénes sois?

            Venimos de Dios y a El vamos porque sabemos leer su grandeza en las estrellas. Somos españoles y estamos orgullosos de serlo porque conocemos la Historia de la Patria. Y por el camino damos ejemplo de bondad, de caridad, de justicia, de valor, porque hemos leído “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha”.

            Ahí está resumida queridos Pepes villalbeses, la bella lección que nos enseñan las tres hermosas manías de aquel otro Pepe admirable que sabía decir a sus alumnos frases como esta: “Que los caminos del mundo por donde vayas sean florecidos como una mañana de San Juan, hijo mío”. Y yo como ofrenda a su memoria ante un nuevo día dos Pepes, le diré a él: Gracias maestro sabio por el valor de tu ejemplo y la hermosura de tus palabras. Que todos los rosales de todos los jardines de todos los mundos florezcan para ti todas las dulces, rientes, claras mañanas venideras de San Juan.

Luarca y el forastero


       El forastero mal que le pese, reconoce ser un individuo bastante apasionado, muy impulsivo, harto sensible, algo excéntrico y regularmente agresivo, sólo de palabra, cuando le llevan la contraria. El forastero, además,  confiesa ser gallego: pero no un gallego cualquiera, sino un gallego de Villalba de Lugo, también llamada –como Luarca-, Villa Blanca y otras veces Villa del Amanecer y, en otros tiempos, Santa María de Montenegro.

            Ser gallego y villalbés, implica el disfrute de un peculiar modo de ver las cosas, los hombres, los pueblos, los paisajes, las costumbres, y la posesión de cierta filosofía “sui generis”, barata o cara, que eso no se sabe por ser una filosofía de bolsillo, una filosofía particular, estrictamente personal y absolutamente intransferible. El forastero cree que se explica y manifiesta poner eso por delante para que todos sepamos a que atenernos y nadie le venga luego “con díxome díxome nin pataqueiradas”. El forastero piensa decir lo que piensa y lo que siente según le venga a los puntos de la pluma, y si eso redunda en elogio de Luarca y si a alguno le sienta mal, por celos o lo que sea, allá cada cual con su conciencia: el forastero no se siente responsable puesto que trata de basarse en todo momento en lo de “Procure siempre acertalla el honrado y principal”. Así pues, pies para que os quiero, salgamos al camino y que Santa Lucía bendita nos conserve la vista, San Cristóbal nos lleve de la mano, Santa Marta nos proteja y Dios sobre todos. Aquí, el forastero abre un paréntesis pequeñito para afirmar que no es adlátere, ni corifeo, ni partidario, de esos tipos que sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena. El forastero ignora si esto viene al caso o no, aunque le parece que sí; pero ya deja dicho que piensa decir lo que siente y usted perdone si molesta.

            Eso que dicen por ahí de que las comparaciones son odiosas es relativo y muy discutible, de modo que  “a otro perro con ese hueso”. Las comparaciones, ayudan por contraste, a establecer juicios de valor y por eso el forastero anticipa sin inmutarse, -corazón impávido- que va a establecer comparaciones.

            El forastero que, aunque no lo parezca ni se le note en la cara, estuvo en muchos pueblos de España –al Norte, al Sur, al Este y al Oeste- cada vez que llega a Luarca se afirma más en su criterio de que es está una de las más hermosas villas del país distinguida, precisamente, a causa de la original belleza que la Naturaleza quiso graciosamente concederle. Por ello se escribió –muy bien escrito- que “Luarca es así porque Dios nin los homes non hobieron mejor planta”.

            Sitges, por ejemplo, la mundialmente famosa, que recibe los nombres de Blanca Subur, Blanco Refugio y ¿cómo no?, de Villa Blanca, no hay duda de que es una villa bonita, linda, adornada, cuidada, pintoresca, muy “de película” con su Paseo de las Palmeras, su Museo del Cau Ferrat, su Hotel Terramar, allá al final del paseo marítimo citado, sus exposiciones nacionales de claveles, su fiesta de Corpus, renombrada aquende y allende los mares, sus turistas cosmopolitas y sus lanchitas, como de juguete, preciosas, coquetas, alineadas, pero a las que el forastero jamás vio navegar. Por el contrario, Luarca posee una bronca belleza, una agreste, ruda, natural, impresionante belleza, una belleza que el forastero califica de “belleza de padre y muy señor mío” y bien que siente no saber decirlo de otro modo.

            Esta Luarca del barrio de la Pescadería, pasmo de turistas: del paseo del Muelle, con sus escudos linajudos; de la capilla de San Roque, de la devoción a la Virgen de Guadalupe. Esta Luarca de las lanchas pesqueras que salen a pescar de verdad y, a veces, a naufragar, pues de todo hay que hacer en este mundo y en Luarca las gentes saben bien que “Vivir no es necesario, navegar si”. Esta Luarca de las casas colgantes, de las casas acróbatas, que se miran en el Río Negro, río rápido como el Eo, tan limpio siempre que el forastero se para  para admirarlo. Esta Villa de los Siete Puentes, de la Leyenda del Beso, del áspero Cantábrico, de las abruptas crestas circundantes, le parece al forastero de una rústica, de una imponente, de una formidable, de una sobrecogedora belleza natural que le asombra y le subyuga y, como es algo sentimental, le hace recordar, por imprevista asociación de ideas versos del Marqués de Santillana: “Moza tan fermosa non ví en la frontera” y de Gil Vicente: “Digas tú el marinero que en las naves vivías si la nave, o la vela o la estrella es tan bella”. Y, viendo pasar a las muchachas de Luarca después de haber admirado aquellas alturas de donde penden las casas trapecistas, al forastero sólo se le ocurre preguntar, otra vez con Gil Vicente: “¿Por dó pasaré la sierra, gentil serrana morena?”. Aquí el forastero, por si acaso, vira a sotavento para que el viento le empuje de popa, Y, confiando en que la suerte le depare la oportunidad de visitar nuevamente a Luarca, el forastero dice adiós a la Villa de los Siete Puentes con cierta morriña” muy propia de su carácter de gallego villalbés. Pero como “hay más días que longanizas”, el forastero, aún promete dedicar a esta villa, singular también por sabios como don Severo Ochoa, obispos como don Rafael Tomás Menéndez de Luarca, sacerdotes como don Raimundo Camino Pérez, poetas como Cienfuegos y novelistas como Casariego, a un tercer artículo que quiera Dios deparárnoslo bueno.

Cousas da xente miña


          ESTE trabajo hace ya días que debería haber visto la luz, pero da la casualidad de que su autor, muy aficionado a escribir, según está demostrado, no vive de la literatura, por suerte o por desgracia, y además ha de tener presente lo de “tripas llevan pies” y lo de “tripas llevan corazón”, verdades bien conocidas por Don Quijote, Sancho y algunos más que aún andamos por ahí. Esas son las causas del retraso con que aparece esta serie de anécdotas villalbesas, de todo punto verídicas y que el autor conoce de primera mano tan fijo como hay sol.

            El autor titula este trabajo “Cousas da xente miña” debido a que son sucesos ocurridos en Villalba, tierra de tipos originalísimos, como se podrá ver, o mejor dicho deducir leyendo lo que sigue. El autor, eso sí, sustituye los nombres de los protagonistas aunque nada de lo que va a decir es cosa que merezca repulsa por parte de nadie ni que moleste a los autores de los hechos, algunos de los cuales –Dios les dé salud- aún viven y sonreirán al leer esto.

            “Val mais” es el título que pongo a la primera de las anécdotas, que ocurrió así: Tenía Roque una “tasca” y llegó el momento en que decidió traspasarla. El hombre no estaba muy versado en cálculos aritméticos y fue a consultar el asunto con un amigo suyo, hombre de edad y socarrón como todo buen gallego. “Vou a traspasar o negocio, Pedro, -le dijo-. Penso pedir quince mil leandras. ¿Qué che parece?. Val mais - respondió Pedro mientras continuaba su trabajo-. ¿Cómo que val mais, home? Val mais –volvió a decir el consultado-.Non pode ser, Pedro, non pode ser.Non val tantos cartos. ¿Cómo dis eso? Sí home –replico el socarrón- Val mais... calar. O teu negocio non val nin quince mil patacós”.


“A morte dos cochos” es algo increíble, tanto que el propio autor duda de sí sería cierto.

            Xan criaba cerdos, para consumo propio, y los mataba como es natural y necesario, pero nunca llamaba “axudadores”. Los amigos llegaron a extrañarse tanto que uno, un día, le preguntó. ¿E ti como fás, Xán, pra matar os cochos sempre sin chamar “axudadores”? Hai que discurrir. E moi  fácil. Agardo a que os probes animás esteñan durmindo, tírome enrriba deles e matoos a traición. Asi tamén sofren menos.


            “Nin intemperie” corresponde también a Xán. El había estado en la guerra y en cierta ocasión, relatando uno de sus amigos un “cuento de soldados” terminó diciendo: “Fixate como estaríamos que tiñamos que dormir a intemperie”. Iso non é nada, home –replicó Xán-. Peor éramos nós, que nin intemperie tiñabámos”.

            A uno, llamado Antón, le pertenece la anécdota que yo título “O puro habano”. Antón no fuma puros frecuentemente, porque son caros. Un día le encontró un amigo fumando uno de regular tamaño y que “fumeaba” bien y, sorprendido, le dijo: “Vaya habano que estás fumando, ¿eh Antón? Si home - respondió Antón muy serio-. E un puro habano deses canarios feitos na Guinea.


            “Ave, Cesar” tiene un sentido misterioso que aún no he logrado desentrañar. Era José un industrial amicisimo del autor de este trabajo. Tenía un establecimiento de bebidas muy bien instalado y no reparaba en preparar algo de comer si se le pedía.El caso es que siempre que el infrascrito entraba en su local, con o sin compañía, José golpeaba con un grueso palo “ad hoc” por lo menos durante dos minutos, un enorme cencerro que pendía del techo, sobre el mostrador al tiempo que gritaba con voz estentórea: “Ave, César, morituri te salutant e home casado é medio home”. Aún hoy me pregunto el significado de aquellas palabras. No sé si quería decir que nos iba a ahogar en vino o que iban a fenecer, de consunción, nuestras carteras, o que no debíamos casarnos. No sé.

 
            Para terminar trascribiré la “Anécdota do cubiche”, tal y como la expone ese primo mío, mi corresponsal.

            “Tiñan meus abós o café chamado de Nemesio, nome de meu abó, na casa, creo, onde está a dulcería de Sánchez. Estaba miña aboa tras do mostrador e algús clientes do pobo xogando ou tomando algo, cando entrou un daqueles cubiches que despois de nacer en Galicia e botar vinte anos nela, perdián a nosa fala ós dous anos de ir pra Cuba. Pideulle pra beber algo raro e miña aboa dixolle que non había. Entón o cubiche, dándose de fino dixo: Cánteme entonzas las bebidas que haiga. Miña aboa non era das que se acoquinaban e, poñendo as maos nos cadrís, con voz forte e boa entonación cantoulle: “Hai anis, hai jerez, hai coñac y moscatel”. Os outros clientes deron en rirse. O cubiche quedou burlado, deu media volta e foise facendo fú com-o gato”.

 
            Termino, pero no sin dar mí parecer de que este “cubiche” así debía ser como aquel Xán do Pico que pinta Chao Ledo en su “Cuadro montañés” y seguramente el suceso ocurrió en aquéllos tiempos en que las personas eran todavía “más célebres” que hoy. Tal se desprende de la forma en que Chao Ledo hace expresarse a su Xán do Pico: “Icha vino tabernera. Icha vino desa Cuba. Quel dinero de la Bana. Mucho viene y poco dura. Villalba, tus taberneras. Son mujeres que lo entienden. Dan tripas por gallo muerto. Y por vino xurro vienden”, aunque me consta que la abuela materna de mi primo “era legal”, como aún decimos en Villalba, no estando, por tanto, comprendida en la sátira de Xán do Pico, “artillero distinguido”.