¡Aquí Villalba! Ceros a la izquierda


             Esta Villalba blanca, en lo material, -piedras viejas, cemento joven- ha sido siempre, desde que yo recuerdo, una bonita villa. El tiempo pasa sobre las personas arrugándolas, envejeciéndolas, afeándolas, corcovándolas. Sobre los pueblos o ciudades –calles, edificios, monumentos, estatuas- obra en sentido inverso. De las aglomeraciones urbanas puede decirse: He ahí algo in senescente. Resurgen de sus enfermedades con una más lograda belleza. La guerra, por ejemplo, es la viruela de ciudades y pueblos. Y no se nota. Pero esta Villalba blanca, tan constante en el cultivo de su belleza física, padece una lamentable enfermedad endémica, no por localizada menos peligrosa: el derrotismo. Algo que es inmaterial e intangible. Solo está en las personas, pero gravita, se proyecta, influye sobre las cosas. Me explicaré.

Dejando aparte el tema que podría ofrecerme la desaparición del “Centro de Artesanos” -¿Recordáis, verdad?-  o del no menos desaparecido Ateneo, por ser mejor “no meneallo”-¡que buen consejero es Cervantes!-, escribiré algo, es necesario, acerca de esta pujante, progresiva y valiente sociedad que es el Racing Club Villalbés”.

 

Hace uno años la referida sociedad adquirió, en propiedad, el terreno de juego para su equipo de fútbol. Se trato de cerrarlo, rodearlo de muralla, “a cal y canto”. “¡Que locura!” -se dijo-. Hoy estamos orgullosos de nuestro recinto deportivo. Excepto el campo de juego del Club Deportivo Lugo, no hay en toda la provincia ninguno que se le pueda comparar. Ni por aproximación. Costó mucho dinero, desvelos, preocupaciones; pero ahí está simbolizando nuestro afán ascendente. Contra una cerrada oposición, el entusiasmo y la fe de unos pocos. Y ahí está. ¡Que hermosa y monumental realidad!

 

Ahora, después de que nuestros muchachos han ganado, a patadas claro, un puesto en la Serie A regional, otra vez: “¡Que locura! ¡Que fracaso!”. La eterna enfermedad endémica: el derrotismo. No podemos esperar, siquiera, el final de la competición. Entonces podremos opinar con conocimiento de causa; antes no.

 

Jamás he podido comprender a esas personas que se complacen, con cierta delectación morbosa, en criticar el afán de superación de un hombre, pueblo, ciudad o nación. Para mí, todo lo que combate al progreso, en cualquiera de sus facetas, no tiene razón de ser ni de existir. Todo hombre que piensa en negativo –hombre, en teoría, es ente pensante-, es un cerebro paralítico, anquilosado, inválido, inútil. Los cerebros inmóviles, como los relojes parados, son ceros a la izquierda; nada aportan, cubren puestos vacíos. Todo lo que no crea, destruye. El reloj que no crea tiempo es ataúd para doce horas muertas. La célula que no se reproduce es un cadáver. El cero a la izquierda es el más vivo retrato de la Seca; inmovilidad absoluta; nada. Aquí se pretende poner ceros a la izquierda –en el aspecto deportivo, aclaro-.

            Dejemos que el niño se haga hombre. El aprendiz, oficial o maestro. Consintamos que los pueblos progresen, sea en cualesquiera aspectos.

            El espacio apremia. Perdón; he de terminar. Alguien –mi trabajo se ha ruborizado por ello- diría que también esto es critica negativa. No. ¿Acaso negar lo negativo no es afirmar? ¿Por ventura destruir lo destructor no es construir? He escrito. ¡Hala Racing! ¡Adelante!. He leído que la fe remueve montañas.

Lugo primogénita de Cristo


      Esta ciudad que duerme, arrullada en sus noches por la extraña cadencia rumorosa que sube del Miño, arropándose en la sábana grande y ondulada de pétreas y ciclópeas murallas romanas, fue LUCUS AUGUSTI. Un estudio histórico arqueológico de nuestra capital de provincia nos obligaría, casi, a concederle ese título como el de mayor esplendor conseguido a lo largo de su tan dilatada como asendereada existencia; pero Lugo ha tenido, posee y podrá ostentar siempre una gloria mayor que la que podría darle el haber sido convento jurídico bajo la época de Augusto: Lugo es la Ciudad del Sacramento. Lugo es la primogénita de Cristo. No sé desde cuándo, pero sí que hasta el Fin.

            Los primogénitos recibían la bendición de su padre antes que éste muriese; bendición que determinaba el disfrute de ciertas ventajas que los distinguían del resto de los hijos. El Padre Pascasio de Seguin en su “Historia de Galicia” Pág. 55. (Tomo II) escribe: “Otra excelente preeminencia gozaban los primogénitos, y consistía en adornarse con una singular vestidura más preciosa que la de sus hermanos. ¿Y qué otra cosa es para Galicia el Sacramento que tiene incesantemente día y noche manifiesto en su Catedral antiquísima de Lugo, que un soberano sol que con sus vistosos rayos le adorna como vestido el más precioso, distinto del que usan las demás naciones?

            Lo primero, porque Galicia le tiene patente desde tiempo cuyo principio se ignora y sólo se sabe de cierto ser antiquísimo y en una Catedral fundada por el primer apóstol de las gentes Santiago”.

            Si primogénita de Cristo llama el P. Seguin a Galicia por este sin par privilegio de que goza Lugo, ¿cuánto más no hemos de reconocerle a esta ciudad el derecho de primogenitura sobre todas las ciudades y regiones de España, incluida la propia Galicia?

            Es de suponer que Lugo gozase de otras notables concesiones de las cuales no se tiene noticia. Así, en su monografía “La Catedral de Lugo” nos dice J. Vega Blanco (I. Página 2): “... pues está probado que así como la ciudad lucense tuvo en remotas épocas preponderancia y gran significación, su iglesia gozó de prerrogativas y privilegios, algunos de los cuales subsisten, destacándose en primer término la constante exposición del Sacramento, privilegio tan singular y excepcional de que no disfruta ningún otro templo de España, a no ser el de San Isidoro de León, pero no con la misma solemnidad”.

            Faltan datos. El mismo autor citado anteriormente manifiesta:”Débese en parte la falta indicada al saqueo y robo de documentos en los archivos de la ciudad y sus iglesias, asegurándose (1) que en la Universidad de Oxford existían legajos relativos a la historia de Lugo, de los cuales se apoderaron los ingleses que vinieron en auxilio de D. Pedro I, durante el sitio que Ruiz de Castro sostuvo en esta ciudad contra el conde de Trastámara”.

            Ocúrreseme preguntarme qué otro privilegio mayor y más excelso podría disfrutar la ciudad de Lugo que el de tener constantemente expuesto a Jesús Sacramentado. Ninguna otra prerrogativa, creo, podría hacer de Lugo lo que es: la primogénita de Cristo.

            Fuera fundada la Catedral lucense por Santiago Apóstol – como afirma Seguin – o construida por Baldario en los tiempos de San Fructuoso-.supuesto de Murguía-, lo cierto es que podemos decir con Tomás de Kempis (Lib. IV. Cap. 1): “Más aquí, en el Sacramento del Altar, estás todo presente, Jesús mío, Dios y hombre;... “Y aquí está Cristo, cuerpo y sangre, perennemente expuesto y constantemente adorado, desde los más remotos tiempos, y en esto consiste la bendición de Jesús que hizo primogénita a Lugo queriendo fuese nuestra ciudad la sin par privilegiada con su eterna presencia y exposición.

            Esta es Lugo, la ciudad que vela y reza día y noche ante el Santísimo. Esta es la Ciudad del Sacramento; la primogénita de Cristo. Por aquí han pasado los celtas, los romanos, los suevos, los árabes. Innumerables razas pasaron construyendo y destruyendo. Pasaron y desaparecieron. Sólo Cristo, en su Altar, continúa bendiciendo complacido al pueblo que le reza y le vela, porque El lo quiso así, veinticuatro horas cada día. Esta es Lugo, la vieja ciudad, cuyos habitantes esperan, celebrando cada año –desde 1669- la festividad del gran misterio eucarístico, al lado de Cristo, la hora del Fin.

 

 (1) Breve reseña histórico descriptiva de la Catedral de Lugo –Teijeiro- Lugo 1887.

Dos amores: Villalba y Lugo


            A mí, indocto aunque antiguo aficionado a escribir, me agrada – siempre que ello es posible-. basar mis trabajos en lo que otros, con más autoridad y experiencia, más dignos por tanto de aprecio en el orden literario, escribieron antes que yo. Procede, hoy, que un villalbés dedique unas cuartillas a Lugo. Conviene que uno, por todos, concentrado en sí el vasto clamor de la gran voz colectiva de un pueblo que quiere decir algo a la bienamada capital de su provincia, grite -.para que nadie deje de escucharla –la palabra lacónica, cálida y emocionada: ¡Gracias!

            Alguno podrá inquirir, curiosamente, el motivo de que se hayan escrito las líneas precedentes. Se preguntará cuál es la pasada - pasada cronológicamente- autoridad que se invoca y la causa justificativa del título de este trabajo.

            Hoy, para nosotros los habitantes de Alba Villa, es una fecha memorable. Lugo celebra nuestro día; el DIA DE VILLALBA. A fuer de nobles e hijosdalgo –jamás por nadie ha sido desmentida esta monumental realidad- de ningún otro modo podríamos expresar la emoción que nos baila en las entrañas, mejor que gritando -¿por qué no?- la palabra escueta: ¡Gracias! Que siempre las más grandes emociones se tradujesen en los más sencillos gestos: cierto brillo en los ojos, un grito sofocado, un latido alterado allá en el corazón.

            Por otra parte –conviene que sea villalbés el que escriba- es importante demostrar prácticamente el por qué del amor entrañable que sentimos por nuestra ciudad capitana. Amamos a una mujer por bonita: a otra por buena y hacendosa. Por la misma o idénticas razones -las urbes tienen su alma colectiva, su modo de ser y de sentir- una ciudad se gana nuestro amor; o nuestro desprecio, cuando faltan las cualidades señaladas. Dejad que un villalbés fallecido –mejor que podría hacerlo yo- os explique, valiéndose de mi brazo y de mi pluma, las causas del amor entrañable que profesamos a la vieja Lucus.

(1)               “Así como otros pueblos son conocidos con los nombres de Ciudad-sonrisa, Ciudad-cristal, Ciudad-luz, alguien llama a Lugo Ciudad-corazón. Y en efecto, por su situación geográfica, por la pureza de costumbres que en sí encierra, por ser tal vez la capital gallega donde mejor se conservan las santas tradiciones, donde la música y la dulce “fala” de la tierra “meiga” tienen la ranciedad de las cosas añejas respetadas a través de los tiempos con religioso cuidado, Lugo merece ese dictado de Ciudad-corazón: Corazón de la vieja Suevia palpitante bajo el terciopelo esmeraldino de sus campos; vigorosa y emprendedora, que celebraba sus ritos en los bosques sagrados bajo las ramas añosas de los “carballos”, símbolos de la fuerza, retorcidas hacia lo alto como brazos nervudos, donde la Naturaleza hablaba a los espíritus inquietos de altos ideales de nobles y transcendentales empresas; corazón exquisito, relicario de la Fe, santuario de la realeza, donde permanentemente se halla expuesto a la adoración de los fieles, de este pueblo hidalgo y devoto, el Amor de los amores ...”.

A los escépticos en toda cuestión de amor pueden bastarles las líneas antecedentes para comprender que hay motivos poderosos por los cuales también a una ciudad –piedra, hierro, madera y cristal- se la puede amar apasionadamente, incluso con cierta clase de amor físico que llega a causar sensación de dolor cuando el tiempo y la distancia nos separan –como al enamorado- del ser –la ciudad en este caso- objeto de nuestro cariño.

Sería insincero, sin embargo, anteponer el amor que profesamos a Lugo al que sentimos por nuestra villa blanca. Fuera de mi tamaña insensatez: pero no temo equivocarme al afirmar que Lugo es el segundo amor de todos los nacidos en esta Santa María de Villalba que un tiempo fue “Tierra de Montenegro”. Amamos a la madre primero y a la novia después, con la edad. Lugo es la novia guapa, la novia limpia y elegante, de todos los villalbeses. He aquí la razón de mi título. He aquí, plasmado, el origen de los dos amores entrañables que encierra nuestro corazón. La verdad de mis afirmaciones vosotros, amables lucenses, -hombres de pro si los hay- podréis contrastarla hoy. Y, por favor, que el genial “Pelúdez” nos diga después si nos hemos portado como nobleza obliga. (E non t´enferruñes. Pelúdez, -bon peilao, po-l-os dioses d´o Olimpo –pois n´e isto por mal, senón reconocemento de que ninguén mellor que tí pra falar d´o noso día).


 (1)Antonio García Hermida. Del artículo publicado en “Heraldo de Villalba” bajo el título LA CIUDAD-CORAZON. (18 de octubre de 1929).

Apuntes históricos de la comarca de Muras


            Vicente Otero Cao o la Voluntad. He aquí descrito –pauca verba- al hombre. El título de su trabajo laborioso y preñado de dificultades, encabeza estas líneas. El autor me ha honrado dedicándome un ejemplar de su libro. No puedo, ni lo pretendo, erigirme en crítico de nadie; sin embargo, a mi parecer estos hombres que gastan sus horas en descifrar el pasado para darnos cuenta de hechos y sucesos que, sin su sacrificio, se hubieran fatalmente perdido entre las nieblas negras que amortajan el cadáver del tiempo fenecido, son dignos de todo encomio y consideración.

            He leído los “Apuntes...” En ellos se condensa la historia de Muras –una villa risueña que es en nuestra provincia- desde el siglo XII hasta la actualidad. El autor hace subir por la escalera del tiempo los hechos y los hombres de su tierra natal, aportando con ello algo inédito que agregar a esa gran historia de Galicia que está por escribir.

            Otero Cao, murés fuertemente enraizado en Villalba, ha publicado su libro a los sesenta y tres años de edad. Un ejemplo de voluntad y constancia que debe ser imitado. Una voz que dice a los ganados por el desaliento: ¡Sursum! Todavía...

La herencia


El hombre, por cosas de la vida, dejó el empleo que tenía en el pueblo y se fue a trabajar a la ciudad. A cien kilómetros, más o menos, de su casa, de su mujer de sus siete niños. Venía todos los meses, cuando cobraba, casi siempre el día dos, a entregar a la mujer lo que sobraba del sueldo, incluidos los puntos, después de haber pagado a la patrona. La mujer contaba el dinero un par de veces, movía la cabeza de un lado a otro para expresar su disgusto, porque siempre era poco, y luego devolvía, muy seria, trescientas cincuenta pesetas a su hombre: “Tanto para tabaco –los hombres necesitan echar un pitillo-; tanto para cuchillas de afeitar  -los hombres barbudos dan asco-; tanto para el viaje y el resto por si tienes algún compromiso. Pero cuidado ¿eh?, cuidado, mira bien por los cuartos, no gastes una perra sin necesidad; piensa que tienes siete hijos. “El hombre cogía los setenta duros, se los metía con rabia en el bolsillo del pantalón, invariablemente en el bolsillo derecho, y¡ hala!, a cenar lo que hubiera. Al día siguiente, por la mañana, se iba: “Adiós, hasta el mes que viene”. No besaba a nadie, Ni a la mujer ni a los niños. A nadie. Decía adiós, sencillamente, y se iba.

            ¡Ay, la perra vida! –suspiraba la mujer al quedarse sola con los niños. Y gracias que mi hombre puede venir una vez al mes –pensaba. A ver a su familia. Y luego, venga, a lo suyo, a trabajar como una negra en casa, a volverse amarilla cosiendo para los vecinos, que pagaban mal y tarde, y a mal comer pequeños y grandes porque hay que ver lo largo que es un mes, para los pobres, y lo poco que saben ganar algunos hombres. De vestir ni hablar: “Cada uno anda como puede. ¿Para qué se casarán los pobres, Señor, para qué se casarán los pobres?”. La mujer se ensimismaba y los niños, los siete, exhibían una sonrisa indecisa que más bien tiraba a triste.


II


            El viejo había sido toda su vida un buen camastrón. Mientras estuvo fuerte y fue capaz de conducir la “rubia”de su propiedad, venga vino, julepe, mujeres y buena mesa. A la sobrina pobre que la parta un rayo. Que no se casara con ese mangante que no sabe más que trabajar, ganar poco, hacer hijos y vivir miserablemente. Para eso él, que se había casado con una mujer vieja y rica que no le dejó hijos pero testó a su favor. Para eso él, que había sabido ganar, y derrochar, montones de duros, y se las había compuesto para “pegársela” a su esposa un día sí y otro no, incluso cuando ella enfermó gravemente y él se aprovechaba de su quinta querida manoseándola a los pies de la cama de la enferma. Lo de menos era que la vieja hubiera muerto solitaria, sentada en un sillón, gritando por él. El caso era haber vivido, vivir, y seguir viviendo bien. Listo que era el nene. Y la prueba estaba en que ahora, paralítico de cintura para abajo a causa de un derrame cerebral, era llegado el momento de llamar a la sobrina pobre –las ricas no hubieran hecho caso alguno- para que le limpiara la cama, la baba y otras cosas. Lo dicho: listo que era el nene. Y total, a cambio, lo poco que restaba de la herencia de aquella vieja tonta que había creído en sus mentiras: veinte mil duros, aproximadamente, en tierras, nada de dinero, y una casa en ruinas. Poca cosa, ya se sabe, pero lo suficiente para que una madre pobre con siete hijos que mantener se vea obligada a oler toda la mierda que suelta un podrido viejo paralítico.



III


-          Mamá está en la aldea de su padrino –dijo el niño a ver llegar a su padre. Y dice que vayas tú allá, que se está muriendo el viejo y habrá que arreglar las cosas.

-          ¡Pero, bueno! –saltó el hombre-. ¿Y quién os hace la comida? ¿Quién cuida de vosotros?

-          La comida y la cena nos la hace Chelo, la vecina. Y las camas y barrer lo hace Nita. También hace el desayuno –recalcó el niño.

El niño tenía nueve años y la niña diez. La niña se llamaba Nita y llegaba en aquel momento arrastrando dos cubos llenos de agua casi tan grandes como ella, uno en cada mano.Los otros cuatro niños, más pequeños, jugaban con una pelota deshinchada a la puerta de casa. El benjamín –un año- estaba sentado en la cuna, en la cocina, todo sucio, acabando de romper un libro viejo.

-          Esto no puede ser, Nita, -dijo el hombre a la niña-. O tu madre trae al viejo, si es que no muere pronto, o el viejo os soporta a su lado, Pero esto de estar vosotros solos y la vida en manos de los vecinos, ni hablar. No lo consiento. Ahora mismo salgo para la aldea. Que siga Chelo haciéndoos la comida hasta que yo vuelva con tu madre y con viejo o sin él. Toma ese dinero.

-          Bueno –contestó la niña-. Por los niños no te preocupes. Los cuido yo.

-          Ya, ya –rezongó el padre-. De todos modos esto lo arreglo yo en menos que canta un gallo. Sólo faltaba que permitiera el abandono de mis hijos por culpa de un viejo cabrón que mientras estuvo sano no se acordó de nosotros para nada. ¡Maldita miseria!


IV


     El coche de línea paró ante una taberna y el hombre descendió de él. Un momento, indeciso, miró a derecha e izquierda y luego entró, decidido, en el establecimiento.

-          ¡Buenas tardes! –dijo.

-          ¡Nos dé Dios! –respondió la tabernera, una vieja enlutada, que estaba charlando con un cliente.

-          ¿Puede decirme dónde es la casa de ese viejo que está muriendo? –preguntó el hombre-. Es que ahí está mi mujer ¿Sabe? Una forastera.

-          Ya sé, ya –contestó la vieja-. Mire: siga la carretera, todo abajo, y la tercera casa, a la izquierda, después de la primera curva, ahí es.

-          Bien. Muchas gracias y adiós –dijo el hombre.

-          Adiós y que no sea nada –le despidió la tabernera.

El hombre llegó ante la casa. Vio la puerta abierta y entró, sin llamar, directamente a una cocina oscura y cochambrosa. No había nadie. Al fondo de la cocina, abierta también, una puerta carcomida dejaba ver el arranque de unas escaleras. Al llegar arriba, al final de un corto pasillo, igualmente abierta de par en par, la puerta de una habitación le permitió ver a su mujer inclinada sobre algo. La mujer, al oír pasos, se volvió, irguiéndose, y medio sonrió al ver a su marido.

-          ¡Hola! –dijo.

-          ¡Hola! –contestó él, entrando en la habitación y viendo ya al viejo, tendido en un camastro-. ¿Cómo está?

-          Se recuperará –murmuró la mujer.- El médico dice que de ésta no muere. Es duro de pelar.

-          Bueno –replicó el hombre. Muera o viva, el caso es que los niños no pueden estar abandonados. O te vienes conmigo, con viejo o sin él, o traes a los niños para aquí.

-          Claro. Tienes razón –asintió la mujer-. Pues lo mejor es que vuelvas a casa y los traigas. El no dirá nada. Está de acuerdo con todo lo que yo haga y ya me dijo que en cuanto mejore me hará testamento de lo que tiene.

-          ¡Ya, ya! –exclamó el hombre. Y se quedó mirando al viejo, un rato largo, pensativamente.

El viejo dormitaba y, de vez en cuando, dejaba escapar un quejido.


V


-          Señor Pérez –dijo el hombre al Jefe de Personal.- Necesito ocho días de permiso para asuntos particulares.

-          Esta bien –contestó el señor Pérez-. Pero sin sueldo ¿eh? Sin sueldo.

-          Sí, señor Pérez, sin sueldo –respondió el hombre-. Estamos de acuerdo en que el que no trabaja no debe cobrar, aunque es verdad que hasta los que no trabajan necesitan comer.

-          El reglamento, querido, el reglamento –farfulló el señor Pérez.

-          Ya. ¡El Reglamento! –masticó el hombre la palabra. Y se fue, rápido, a coger el coche de línea.

Cuando llegó a la aldea corría el sexto mes de la enfermedad del viejo. Este continuaba encamado y paralítico de cintura abajo, pero en plena posesión de sus facultades mentales.

-          Aquí me tienes –fue el saludo del hombre a su mujer-. ¿Qué es lo que pasa ahora?

-          El viejo razona, pero está muy mal –contestó ella-. Tiene complicaciones al corazón y me dijo el médico que no lo dejara solo ni un momento porque podría quedarse como un pajarito. Por eso te escribí para que vinieras pronto, si podías. Es necesaria tu firma.

-          Pero ya hizo testamento ¿no? –inquirió el hombre.

-          Sí, el testamento ya está hecho –afirmó la mujer.- Pero ahora se trata de que me haga venta. Una venta falsa ¿Sabes?, y así no tendremos que pagar tanto de derechos el día de mañana. Si el viejo nos vende, a ti o a mí, ahorraremos bastante y sí no, el Estado se queda con casi todo. Eso me dicen los vecinos.

-          ¿Y él que dice? –preguntó el hombre.

-          Nada. El no dice nada. Ahora es como un niño pequeño y hará cuanto yo le mande.

-          Pero bueno –insistió el hombre-. ¿Y quién paga los gastos de escritura?

-          Eso no es problema, hombre, -afirmó ella-. Hay quien me deje lo necesario.

-          ¡Ya!. No hay como ser heredero para que le ofrezcan a uno cuartos. Y supongo que tú piensas que estas haciendo un gran negocio ¿no?

-          Hombre, no –respondió la mujer.- Pero menos es nada. Y si el día de mañana le queda algo a los niños... Ya ves. Son siete.

-          Sí, es verdad –reflexionó el hombre.- Son siete. Siete pecados capitales.

-          Bueno, voy a ver al viejo para concretar lo de esa venta que no tiene nada de falsa, en justicia, pues nada te paga por sacarle la mierda de encima. Y además hay que mantenerlo.

-          Calla, hombre, calla –atajó la mujer-. Aún no sabemos como nos veremos nosotros.      Y al fin y al cabo es hermano de mi padre.

-          ¡Pues que venga tu padre a limpiarlo! –se indignó él.

-           Bien. Dejemos eso –zanjó la cuestión la mujer-. Vete a verlo y háblale. Y no le    digas cosas duras. Ahora llora por menos de nada. Es como un niño.

El hombre subió, despacio, las sombrías escaleras y se introdujo en la habitación del viejo. La mujer, en la cocina, se detenía de vez en cuando en su faena de fregar platos y, aguzando el oído, escuchaba atentamente. Fuera, los seis hijos, todos sucios de tierra, corrían alegremente, bajo el sol, jugando a policías y ladrones. El benjamín, en su cuna, rompía un libro viejo.


VI


-          ¡Buenos días! –saludó el notario.- ¿Cómo está ese enfermo?

-          Pues...regular, señor notario, -respondió el hombre-. Se trata, como sabe  que haga venta a mi mujer de las pocas tierras que tiene, a fin de que podamos ahorrar algo de derechos. Ya sabe usted, no somos ricos y tenemos siete hijos, Si algo queda, al final, por lo menos que quede libre, si es que no se lo come él antes. En cuanto a la casa y al terreno adyacente será mejor dejarlo en el testamento, creo yo, por si alguien quisiera salir al retracto. Uno nunca sabe y un techo es un techo.

-          Bien, bien. Me parece bien –dijo el notario-. Bueno, vamos allá.

El hombre y la mujer subieron, acompañando al notario, hasta la habitación del viejo.

-          ¿Cómo va eso, hombre? –preguntó el notario al viejo.

-          Regular, señor, regular. Aquí llevo tumbado seis meses –contestó el viejo.

-          Bueno. Nunca hay que perder la esperanza –dijo el notario por decir algo- Y, vamos a ver, ¿está usted conforme con vender a su sobrina?

-          Sí, señor. Lo que ella diga –respondió el viejo.

El notario procedió a leer la escritura de venta y el viejo escuchó, con los ojos    cerrados, diciendo de vez en cuando con voz temblorosa: “Está bien”. “Está bien”.

-          ¿Puede usted firmar?- requirió el notario al paralítico.

-            Mal será –contestó el viejo.

Trabajosamente, haciendo unas letras enormes, el enfermo, al que hubo que sentar en la cama, estampó su firma al pie del documento que el notario le presentó sobre una carpeta.

-                Ahora ustedes. Aquí y aquí –ordenó el notario.

La mujer y el hombre firmaron también en los lugares señalados.

-              ¿Cuánto debemos, señor notario? –al hombre le temblaba la voz-.

-                Déme cuatro mil pesetas y pague el taxi –contestó el notario.

El hombre metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón, en el bolsillo de los setenta duros, y entregó cuatro mil pesetas de las cinco mil que tenía preparadas, por si acaso, procedentes de un préstamo. Luego salió, acompañando al notario, y pagó veinte duros al taxista. Lo últimos veinte duros que tenía sueltos.

-          Adiós, buenos días –se despidió el notario.- Ya le avisarán cuando esté todo listo.  No se preocupe.

-          Bien, señor notario –dijo el hombre-. No me preocuparé.

-          ¡Cuatro mil pesetas! –exclamó la mujer llevándose las manos a la cabeza al ver regresar a su marido. ¡Cuatro mil pesetas! –repitió-. Y se echó a llorar.


VII


            Durante un par de días, aprovechando los ocho de permiso, el hombre se dedicó a recorrer furtivamente, como un ladrón, la casa del viejo. Revolvió cajones, examinó pringosos papeles amarillentos, abrió y cerró las puertas de antiguos armarios derruidos. No sabía muy bien lo que buscaba, pero no encontró nada. Nada interesante. Nada que valiera un pimiento. Polvo, polilla, cochambre. Eso era todo. Y bastante hacía la mujer con atender al viejo y a los siete hijos. Al fin, cuando menos lo esperaba, en el cajón de una destartalada mesita de noche, hizo un descubrimiento sensacional y totalmente imprevisto: una pistola, con su funda, muy bien engrasada el arma, muy limpia, muy cuidada, y dos cargadores, uno de ellos incompleto, once balas en total.

-          ¡Vaya, vaya, con el viejo! –el hombre silbó-. Parece que tenía miedo de algo o de alguien. ¡Quién lo iba a pensar!

Y bajó a ver a su mujer.

-          Fíjate en lo que encontré –le dijo al llegar a la cocina-. Está a punto de caramelo para ser usada. A lo mejor, un día, nos sirve para algo. Hay once balas en total y somos nueve, sin contar al viejo. Apuntando bien y de cerca aún sobran dos, o una, si lo cuentas a él.

-          No digas tonterías y guarda eso. No quiero ni verlo –le reprochó la mujer-. Escóndelo donde no puedan encontrarlo los niños.Y aún sería mejor que lo tiraras al río.

-          Nada de eso –respondió el hombre.- Esta pistola forma parte de la herencia y hay que conservarla como recuerdo de familia. A lo mejor aún sirve para algo. ¿Quién sabe?


VIII


-          Señor Pérez –dijo el hombre nuevamente al Jefe de Personal-. Necesito otros ocho días de permiso. Sin sueldo, claro está.

-          ¡Pero, hombre; Pero hombre...! –se lamentó el señor Pérez-. ¿Qué le pasa ahora?

-          No me pasa nada –replicó el hombre-. Lea eso, haga el favor.

El señor Pérez cogió el impreso que se le tendía y leyó: “En virtud de providencia dictada en este día por el Sr. Juez de Paz de este término, a continuación de la demanda, de la que es copia la adjunta, se cita a V. para que el día diez del corriente, a las doce horas, comparezca en la Sala Audiencia de este Juzgado para celebrar el Acto de Conciliación a que se refiere dicha demanda, advirtiéndole que debe asistir acompañado de un hombre bueno y apercibido que de no comparecer, por sí o por representante legal, ni justificar causa legítima que lo impida, se dará el acto por intentado sin efecto condenándolo en las costas, según preceptúa el Art. 469 de la Ley de Enjuiciamiento Civil.”

El señor Pérez leyó también la demanda adjunta y, como realmente no era mala persona, dijo:

-          ¡Vaya! Se le presenta a usted un mal negocio. Márchese cuanto antes y tome los días necesarios. Ya procuraré yo arreglar las cosas para que, esta vez cobre usted los días de ausencia.

-          Gracias, señor Pérez –carraspeó el hombre.- Y salió rápidamente a coger el coche de línea.


IX


-          ¡Menudo lío tenemos organizado! –ladró el hombre en cuanto se encontró con su mujer-. De modo que el tipo ese sale al retracto y se lleva una finca que vale cinco mil duros por cinco mil pesetas ¿no?

-          Así es –asintió la mujer, que tenía los ojos como puños, hinchados de llorar

-          ¿Y no hay arreglo? ¿O es que piensas arreglarlo llorando?

-          No, no hay arreglo –afirmó ella-. Ya fui al abogado y la Ley se lo da. Tiene derecho a quedarse con la finca. No es moral, pero es legal.

-          ¿Y quién es el tipo que sale a retracto? –inquirió el hombre.

-          Un colindante, de los tres que tiene esa finca. Un desalmado. Un ladrón. Fíjate cuantos trabajos llevo pasados con el viejo y ahora viene un desgraciado sin conciencia a llevarse esa finca de rositas.

-          Bueno, bueno –atajó el hombre-. De rositas aún no se sabe. Algo se podrá hacer, creo yo, y sí no, mala pata, haber hecho las cosas bien.

-          ¡No! –sollozó la mujer-. No se puede hacer nada, nada, Se la lleva. Se la lleva por cinco mil pesetas. Es lo que se puso en la escritura. Se lleva lo mejor que tenemos. ¡Lo mejor! ¡Y yo que quería plantar árboles y que quedasen ahí, para los niños, por si lo necesitan el día de mañana!

-          El de mañana y el de hoy –dijo el hombre-. ¡Pues sí que estamos aventajados! Ya me olía a mí a chamusquina la herencia esta, no sé por qué. Bueno, dame algo de comer y el día diez ya veremos que pasa. ¿Y cómo sigue el viejo? Yo no quiero ni verlo.

-          Cada día peor. Te digo que se pone perdido dos y tres veces al día. Y yo, venga, a limpiar. Todo para que luego salga un bandido  al paso y  me arruine.

-          Eso es lo que vas a ganar, malos olores –sentenció el hombre.- Al final saldrás sin plumas y cacareando. ¡Maldito viejo, maldita herencia y malditos canallas que no hacen más que robar a los pobres! ¡Y presumen de cristianos!

La mujer, esta vez, guardó silencio. Hurgó en una gran lata de conservas y sacó un par de chorizos. El hombre, también en silencio, meditabundo se puso a comer chorizo y pan.


X


-          ¿Usted es el esposo de la demandada? –preguntó el secretario del Juzgado

-          Sí, señor, el mismo –respondió el hombre.

-          Pues aquí tiene el demandante y ahora a ver si se ponen de acuerdo y podemos celebrar el acto CON AVENENCIA.

-          Creo que no será posible, señor, -contestó el hombre. Yo no me pongo de acuerdo con atracadores.

Después, muy tranquilo, frío, inexorable, metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón, en el bolsillo de los setenta duros, sacó la pistola que formaba parte de la herencia de su mujer y disparó sobre el demandante.

-          Uno...dos...tres... –fue contando-. Un tiro por cada diez áreas de terreno.

-          Dijo al final, mirando al hombre tumbado-. Y ahora, señor secretario, ya puede llamar a la Guardia Civil

Volvió a guardar la pistola y, encendiendo un pitillo, se puso a fumar.

El tiempo pedagogo


Modernamente nadie lo desconoce, la Pedagogía ha dejado de ser esa ciencia restringida, acotada, raquítica, dedicada en exclusiva a la educación del niño, que la etimología de la palabra parece dejar establecido que sea “ad vitan aeternam”. Hoy el pedagogo está considerado como algo más, mucho más, que un mero educador, maestro o guía de infantes. Es –idealmente por lo menos- un formador de escolares, de alumnos de Instituto, de universitarios, de mujeres y hombres; de seres normales y anormales. Se ocupa tanto del individuo como de la sociedad. Así se define ahora – a la Pedagogía-, sencillamente, como la “Ciencia y arte de la educación”.

Aclarado esto –reincido en la monomanía de justificar mis títulos, déjeseme bajar, descender, al fondo del asunto que pretendo tratar.

En el prólogo a la segunda edición de su “España Invertebrada” –octubre de 1922- Ortega y Gasset ha escrito que “Por una curiosa inversión de las potencias imaginativas, suele el español hacerse ilusiones sobre su pasado en vez de hacérselas sobre el porvenir, que sería más fecundo”. Bien. No hay nada recusable en tales afirmaciones; pero yo me pregunto: ¿Debemos por tanto olvidar que la experiencia es maestra de la vida, según reconocieron los latinos? Indiscutible es que la experiencia procede del pasado, próximo o remoto. ¿Y no es cierto que la Historia es testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera de la antigüedad? Podría transcribir esas frases en latín –su origen- pero no quiero pasar por erudito, pues no lo soy. ¿Y qué es la Historia?: relación, relato, de hechos, sucesos, acaecidos a la Humanidad en su doble función de sujeto agente y paciente; según los casos. Ejemplo: el Diluvio; sufrido, padecido; no obra de los hombres. La Historia: hechos concretos, ciertos, reales; no leyendarios, no dudosos. Cicerón, ese gigante del habla, -“De Senectute”- dice: “Pues el juicio, la razón y el consejo está en los ancianos”. Traduzcamos “est in senibus” por “está en los antiguos”. No es que me convenga. La razón, el juicio y el consejo podrán estar en los ancianos –de hecho lo están siempre-, más nunca podrá decirse que son “viejos”. Del mismo modo que Sem Tob de Carrión –el rabí- afirma fundadamente:


Nin vale el azor menos

Porque en vil nido siga

    Nin los exemplos buenos

Porque judío los diga.


            Y es verdad. Y no presumamos tontamente –los jóvenes- de ser los mejores de entre los mejores en  pensamientos, palabras y obras. Leed lo que dice Shakespeare por boca de Porcia -la hermosa- (Escena II Acto I, de “El Mercader de Venecia”): “El cerebro puede esforzarse en dictar leyes a la sangre, pero un temperamento fogoso sabe eludir siempre una fría sentencia, y los jóvenes, verdaderos locos, saltan como liebres por encima de las redes que les tiende el buen consejo, el cual es cojo”. Efectivamente, nos falta la experiencia que dan los años. Hemos de esperar, pues, a que el Tiempo, ese furioso corcel siempre desbocado, vaya hollando profundamente, bajo su incesante galopar inmisericorde, la tierra dura de nuestra carne joven y los intransitados caminos de nuestras almas imberbes. Entonces, hagamos trampolín de los días pasados para arrojarnos a la piscina virgen del porvenir con la seguridad de no ahogarnos, salvo imprevistos calambres mentales, porque ya sabemos nadar, incluso en aguas procelosas. Estudiemos la lección que nos brinda el tiempo ido, ese admirable pedagogo, y obremos en consecuencia. No para rumiar nostalgias. Tampoco para detener ante la estatua de una hora inmóvil, por gloriosa que ella haya sido, el reloj palpitante de nuestro ímpetu constructivo. El tiempo antiguo ha de ser el arma; nosotros el proyectil disparado, lanzado fuerte, velozmente, hacia el blanco de un futuro que, por amor propio, para nosotros y para nuestros hijos, hemos de alcanzar esculpiéndolo, modelando, creándolo superior a todo lo pasado conocido o por conocer. Pero recordando siempre la enseñanza del tiempo anciano, ese altruista pedagogo.

Sonata de otoño


Cuando el verano muere y el otoño nace, el cielo toma el color del plomo viejo y el sol se torna amarillo, como un vulgar terrícola afectado del hígado. Hay cierta extraña quietud en el ambiente y no sé qué rara amenaza pendiente, cual espada de Damocles sujeta por un hilo tenue de viento, sobre las cabezas de los transeúntes que cruzan la calle, levantándolas, para otear una desconocida esperanza de algo serio y bueno que ya presiente en largos escalofríos la inquieta columna vertebral. El otoño nace con ese indefinible –en cierto modo horroroso- cambio de color que señala en el humano moribundo el paso de la luz del tiempo a la sombra absoluta de la eternidad. Ese color verde-anciano o amarillo-verdoso de todo lo decadente. El otoño, sin embargo, nace limpio, como todas las cosas, entre una envoltura sucia y triste.

            De repente, igual que una discusión de borrachos provocada sin venir al caso, las nubes plomizas se resuelven -¡que buena música sin intérpretes humanos!- en una lluvia desesperada que tamborilea en los cristales -todas las casas tienen ya cristales- y martillea fuerte sobre el suelo, sobre las plazas y las calles. Y hay unas ráfagas súbitas de viento imberbe, salido no se sabe de dónde, que se ponen a tocar -¡qué largos dedos potentes los del viento!- en esas cuerdas gruesas de guitarra que son los cables de la luz eléctrica, una extrahumana melodía. Y eso que faltan las golondrinas para pintar blancas, redondas, negras, fusas y semifusas, corcheas, semicorcheas, en el desnudo pentagrama que se aferra a las casas, muy fuerte, con sus manos rígidas de hierro hechas por manos de carne.

            En los árboles de hoja caduca –también hay árboles que sufren la vergonzante enfermedad de la calvicie- unas pocas hojas, colgando como lenguas de ahorcado, soportan su agonía doblegada en espera del arrastrado descanso que les ofrece el arroyo. El suelo; la tumba de todo lo verde que muere para renacer cada primavera como la esperanza de los pobres, de las novias y de los enfermos. Y el viento, azotando las ramas peladas, interpreta su canción igual.

            Todavía –estamos en Galicia- desafiando al viento que sopla y a la lluvia que cae, hay un muchacho arriesgado que corre por la calle tocando madera –sus zuecos- contra la calle, ese tambor largo de cemento.

            Así es la sonata del otoño. Música de viento, de lluvia, de madera y cemento. Música de cables eléctricos, de árboles desnudos y de hojas agónicas o muertas. Canciones inauditas del viento y del agua. Música de cristal natural. ¡Música, música! –diría Rubén-. Y el otoño nace, esperanza de algo serio y bueno, que engendra primaveras por venir. La gran madre prolífera, la Tierra, es fecundada –un dios frío la abraza- para dar a luz luego, con el tiempo, millones de vidas nuevas grandes y pequeñitas, que han de nacer de miles de colores.