Un siglo después


No podría precisar, con sinceridad, si es en mi egoísmo o atávica tendencia este impulso irreflexivo y frecuente que siento de recordar públicamente, airearlo, hacerlo flamear arrogantemente, cual desafiante bandera, el recuerdo de aquellos que un día tuvieron cabida en cualesquiera palacios del Arte –ya sean hijos de mi tierra, ya sean gentes a ella extraña- y hoy se hallan sumidos en el abismo insondable del olvido; esa tremenda muerte de la muerte. Egoísmo sería la pretensión de que se me recordase –al morir- sin llegar, en verdad, a la posteridad, obra alguna de mérito; aunque afirmo que este oscuro e infundamentado deseo flota como una capa de aceite sobre el agua del lago de las almas de todos. Atavismo podrá ser. O, acaso, será verdad lo que imaginaba la mente calenturienta de aquel Febrer, protagonista de “Los muertos mandan” que Blasco Ibáñez escribió. El que haya leído esa obra podrá penetrar al instante el sentido de lo que quiero decir. Es curioso, a este respecto, que fuera precisamente un 30 de septiembre la fecha en que se publicó mi trabajo “Poetas sin pueblo” (1), en el que hacía referencia a Chao Ledo, sacerdote-poeta, nacido en Villalba de Lugo otro día 30 de septiembre; pero corriendo el año de 1844. Y no fue mi intención, en modo alguno, el buscar coincidencia cronológicas.

     Cuando se acerca Navidad inevitablemente acude a mí el recuerdo del autor de “A Noite Boa de 1871 cantada por un peilao” y “Os zonchos de Navidá ou a Noite Boa de 1893”, dos muy buenos poemas navideños compuestos por este cura-poeta –cura, poeta villalbés- acerca de quien escribió Lence Santar-Guitián: “Namoriscado d´aldeya e do esprito observador, Chao Ledo conocía as costumes d´os labregos y-as falas d´iles, de tal xeito, que a “ Noite Boa”, poño por caso, mesmo pares estar escrita por un brañego d´a enxebre montaña de Mondañedo e Villalba…”. Es esta una de las razones por las cuales, otra vez, he querido recordar a este ignorado vate. Por otra parte, ha pasado un siglo y algo más, desde la fecha de su nacimiento y nadie –ni propios ni extraños- en esta época tan predispuesta a conmemorar hechos de absoluta intrascendencia, recordó que, por lo menos uno, en esta Villalba, la de la Torre singular, hubo alguien que hizo poesía, Y es este el motivo segundo que me obliga escribir sobre Chao Ledo, aquel curioso don José María, tan amante de los hombres de su tierra y de la tierra y de la lengua de sus hombres entre los cuales, él, ejercía el más sublime de los ministerios: cura de almas.

     “Aquel curioso Don José María” Así lo dejo definido en este año 1954, un siglo y algo más después de su arribada a la vida. Y os preguntaréis por qué. Hay un prólogo de Antonio García Hermida al libro de poesías de Chao Ledo que editó el centro Villalbés de Buenos Aires en 1931. En él puede leerse: “…d´un poeta enxebre, d´un home todo corazón e sentemento que, a maneira de Virgilio, temprand´o seu esprito n-a serenidá bucólica d´os campos feiticeiros d´a vella Suevia, ouservou atento, o comprir co-a santa misión de cura d´almas, xa n-os autos d- a igresa, xa n-as longas noites d´inverno, ou n-os rueiros en días de troula e de festa, os modos e maneiras d´os nosos peisanos, recelosos, socarrós, qu´usan n-a sua parola dísa filosofía especial d´as cousas e d´a vida, que non s´adeprenden en ningún libro”. He aquí el por qué de que yo piense en Chao Ledo como en un curioso y admirable personaje; lo que él –al fin artista- no podía dejar de ser en modo alguno.

     Un siglo y un decenio después del nacimiento de Chao Ledo, como una conmemoración retardada del centenario de su nacimiento, algo me impulsa a dedicarle el humilde y público homenaje de este mi pobre trabajo. He escrito acerca de una  estrella apagada, de un muerto; pero aún, transcribiendo a mi fallecido padre, ese García Hermida que os cité, habré de añadir: (2).

 

 Ysa estrel´apagouse; mais antes

 d´a sua lus recollere moi lexos,

 alumeou a concencea d´o pobo

 c´o claror do seus meigos refrexos.

 E n-o ceo da nosa Galicia

 o perders´entr´as neboas espesas

 outras luces deixou, briladoras.

 Nós seus rayos fulxentes accesas.

 

     Es este el consuelo que resta a los vivos cuando han desaparecido los mejores. Que siga alumbrándonos su luz.

 

 

(1)   “POETAS SIN PUEBLO”.- EL PROGRESO, 30 DE septiembre de 1950.

(2)   Antonio García Hermida: “Rimas Sinxelas”. a mamoria de Lois Porteiro Garea.

 

Con gaita y sin ella


        Se nos ha definido –a los gallegos- como una raza de plañideras. En muchas regiones de España –todavía- y del mundo, siguen manteniendo vivo tal concepto. Decir gallego es decir llorón. Morriña es una palabra (verdaderamente, gracias a Dios, es solo eso: una palabra) con la que pretende manifestarse somos víctimas de no sé qué infamante y vergonzosa enfermedad. Nadie quiere saber, en realidad, lo que significa conceptualmente tal vocablo. Se nos ha rodeado –insidia, envidia, despecho; no sé –de una absurda leyenda negra. Falso todo ello; absolutamente incierto; no hay tal. Y aun he de añadir que cuanto se ha dicho, y escrito, de la gaita, hasta el presente, es mito, falsedad. Ella ríe, solloza, llora o canta tal cual otro instrumento musical de viento, o de cuerda, o de madera. Todo depende de la imaginación de uno, Y cuanto más hiperestética sea ésta mejor; se perciben lamentos a la vuelta de todas las esquinas musicales. Por otra parte ha de ser tenido en cuenta que se llora de alegría y se ríe de dolor. Ignoro también porque la gaita y la música gallega en general han de ser, a la fuerza, una excepción. Llorar, llorar, llorar, ¿Pero es cierto que solo sabemos llorar? No; es mentira. Existe, sin embargo, un motivo que justifica, en los extraños a nosotros, tal infundada creencia. Tuvimos poetas –y poetastros- que tan solo supieron concebir versos lacrimosos. Escritores preocupados únicamente de cantar la tendencia sentimental que anida –como en el de todos- en el corazón de nuestro pueblo. Y con aquello de las nubes que lloran –Galicia está en la España húmeda- y de la niebla y del largo invierno, venga a construir frases bonitas rezumantes de asquerosa dulzura. Por ahí empezó nuestra difamación. Resultante: he ahí cubierta de lodo, bruma literaria, a esta brava Galicia, gran madraza de bravos hombres, gran paridora de hombres fuertes; fuertes como los robles que crecen en nuestra tierra.

            No encuentro yo razones suficientes que sirvan de base a esa leyenda de color café tostado. No, por cierto, existen para aquél que ha leído nuestra historia. No, realmente, puede hallarlas aquél que ha sido o es testigo de las gestas de nuestros claros varones o de nuestras valientes mujeres. Somos gente, en definitiva. Gente que pisa duro, tranquilo, sin temor, por todos los senderos del mundo, consciente de su propia fortaleza. Gente que, con gaita o sin ella, marca el paso a lo largo y a lo ancho sobre el gran viento de la madre Tierra buscando, ganando la vida sin temor a la muerte, ni a la enfermedad, ni a la miseria, ni al hambre. Pueden decirlo en América, de Norte a Sur: de Oeste a Este. Pueden decirlo, si quieren hombres de los cinco continentes. Ellos pueden hablar de la tranquila firmeza con que se enfrenta el gallego a toda tempestad y a toda calma; pues también hay calmas peligrosas para el espíritu, para la materia. Y dicen que tan solo sabemos llorar.

            Levantamos haciendas. Construimos edificios. Fundamos poderosas sociedades. Hacemos patria en todas las partes del mundo. Hacemos nuestros, que es decir de España, trozos de tierra extranjera. Luchamos y vencemos o morimos sin gemir. El ancho mundo nos resulta pequeño. Y dicen que somos la esencia del sentimentalismo cuando lo único cierto es que hasta en capacidad de amar superamos a los otros. No es por otra parte extraño que un hombre llore virilmente cuando abandona todo a aquello que más ama para dirigirse en busca, al encuentro, de una suerte desconocida que en muchos casos le será fatal. Tampoco es extraño que una, una vez triunfante, se desee el regreso para que la tierra y los seres amados sean testigos de un victorioso bienestar  conquistado a fuerza de puños, de inteligente trabajo, de hombría. Esto es lo que hace el gallego, el hijo fuerte de esta brava Galicia, ese hombre sencillo, sereno, cuyo inmenso valor se refleja en el lento ademán tranquilo con que encara toda adversidad, en la valiente mirada sostenida que otea a todos los rumbos, sin un parpadeo, cara a todos los caminos de la noche y del sol. Esto, que no todos los hombres son capaces de hacer. Hay que ser hijos de esta tierra brava. Digan aquende y allende lo que quieran. Nosotros demostramos, con hechos, con gaita o sin ella, que vamos siempre más allá que aquel que llegue más lejos.

Cuento de invierno


El niño –seis años inocentes- había comido el último mendrugo de pan que quedaba en la casa y ahora dormía sosegado, sin pesadillas que turbasen su sueño, porque –por ahora- no sabía que la vida es una guerra en la que siempre triunfan los más fuertes y son estos los que en verdad pueden decir que viven. Pero el niño dormía, tranquilamente, porque aún no era capaz de pensar y, además, su papá y su mamá siempre tenían algo que llevarle a la boca para acallar los alaridos de su estómago pequeñito que, por desgracia, cada día se hacían más frecuentes. La mujer estaba en la cocina, sentada en una silla baja, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos; los ojos muy abiertos y la mirada perdida en una lejanía que, sin duda, estaba más allá de la pared de enfrente; más allá de la ciudad; un punto remoto que no se sabía muy bien si existía o si, tan siquiera, podía llegar a existir. En el hogar no había fuego ni restos de calor, porque hacía mucho tiempo que en aquella casa no se había encendido la lumbre para nada. No hacía falta tampoco. No había nada que poder cocinar. Ella, de cuando en cuando, levantaba la cabeza y parecía escuchar; pero luego volvía a ocultarla entre las manos porque aquella noche solo hablaba el viento y los dedos de la lluvia, en el tejado de la casa, tamborileaban una música igual. Era el invierno. El niño, en su pobre habitación, seguía su sueño apacible. Fuera, el frío lloraba agua y suspiraba viento.

Sonaron unos pasos lentos en la escalera y luego se escuchó una llamada en la puerta exterior. La mujer se levantó y caminó, despacio, para abrir. El entró sin saludar y trató de seguir adelante, el rostro serio y la cabeza vencida; pero la mujer le tiró de la chaqueta hasta que le obligó a dar la vuelta y a mirarla muy fijo con amargura contenida bailándole en los ojos; después sonrió, contra su voluntad, porque la mujer le enlazó el cuello con los brazos y lo besó en el rostro mojado de lluvia. Olvidó por un momento que tenía hambre y que ella debía de tenerla también.

-          Hola- dijo con lenta voz cansada.

-          Hola, Cris, - respondió la mujer.

Caminaron hacia la cocina y le pronto ella preguntó:

-          ¿Qué?

-          Nada –dijo él-. Anda, vete a la cama.

-          Pero... –se obstinó la mujer-; ¿nada entonces?

-          No; nada. Anda, vete a dormir.

Ella bajó la cabeza y caminó hacia la habitación matrimonial. Pensó que al día siguiente no habría nada para que el niño comiese. Se arrodillo de cara al Cristo que tenían a la cabecera de la cama; abrió los brazos en cruz y lloró mucho, silenciosa, largamente, con la tremenda angustia de los sin pan ni esperanza. Luego se acostó y se durmió rezando.

Aquella noche el hombre no se acostó y cuando ella le llamó al despertarse, creyéndole en el estudio, nadie contestó a su llamada. Se levantó y recorrió la casa sin encontrarle. Había salido llevándose un lienzo que la noche anterior era una tela blanca. El hombre pintaba; pero nunca lograra colocar un cuadro. Habían gastado cuanto tenían y él seguía con su manía de pintar. Cuando la necesidad le obligó, se dedicó a dar blanco a las fachadas de las casas y a embadurnar de pintura rejas y balcones; pero ahora era el invierno y no había trabajo ni fachadas que blanquear. Le quería mucho a Cris, mucho; pero pensaba que jamás llegaría a triunfar como pintor; no valía.

Había llegado el mediodía y el niño lloraba, pidiendo pan, cuando sonó la llamada en la puerta exterior. Fue una llamada fuerte que hizo saltar el corazón de la mujer. Corrió a la puerta y abrió.

-          ¿Qué?

El la abrazó muy fuerte y la besó en los labios; hacía mucho tiempo que esto no sucedía; pero era bueno y a ella le gustaba; sabía que él hacía esto cuando estaba contento...

-          He vendido un cuadro –dijo el hombre.

-          ¿Qué?

-          Sí; un cuadro en que aparece una cama, un Cristo, una mujer que llora con los brazos en cruz y la sombra de una  cruz, en el suelo, proyectada por una figura viva. Me dieron mil pesetas, no es mucho; pero es la comida de un mes y la  esperanza que vuelve.

Volvieron a besarse y bebieron agua de lágrimas. El niño había cesado de llorar. Fuera, la canción del viento parecía dulce.

Tettamancy, el olvidado


     Posiblemente –los coruñeses- cuando lean estas líneas se preguntarán quien soy yo. No es extraño. Otro tanto sucederá –estoy seguro- si les hablan de Francisco Tettamancy  Gastón. Se preguntarán quien es él, aún existiendo sobradas razones para que nadie, en La Coruña, ignore la persona y la obra de este escritor tan grande por su humildad como por su amor a Galicia, en especial a su ciudad; a su querida ciudad de cristal. Pues bien: yo soy uno que escribe mejor o peor, aunque eso no importa. Ahora se trata de Tettamancy, el olvidado. Uno que escribió. Aquel que os legó –y nos legó- entre otras muchas obras, “Historia Comercial de la Coruña”, “O castro de Cañás”. “La revolución Gallega de 1846”, “Batallón Literario de Santiago”, “Víctor Said Armesto”, “La Torre de Hércules”. Obras que le han hecho acreedor a vuestro recuerdo y agradecimiento. Pero le habéis olvidado. Fuera de los círculos literario-periodísticos  - presumo – nadie sabe quién fue, o que hizo Tettamancy Gastón. Es lamentable.

      Tengo una deuda que pagar a Tettamancy. Una deuda de recuerdos. No por los que él me haya dedicado a mí –imposible lo hiciese por razones cronológicas- sino porque, un día, tuvo la gentileza de escribir algo acerca de mi pueblo. Villalba, “mi bella durmiente del altozano”. Una vez, al escribir, así la definí.

El –Tettamancy- era un curioso investigador y no son escasos sus trabajos históricos que nos hablan de la tierra gallega; de la tierra y de los hombres y de los monumentos que sobre la espalda de nuestra tierra se alzan. Entre ellos –quizás no la conocéis- se encuentra una monografía titulada “El Castillo de Villalba”. Es un pedazo de historia de mi villa. Fue publicada, por primera vez, en el número 4 de la revista “Arte Español”, de Madrid, que salió a la luz corriendo el mes de noviembre de aquel año 1912. En 1913 aparece, de nuevo, editada por la “Imprenta y Fotograbado de Ferrer” de La Coruña, con el título “Torre del Homenaje del Castillo de Villalba”, apenas con ligeras variaciones. Es notable. Poseo un ejemplar de esta edición y otro de la revista mencionada, Cayeron en mis manos por casualidad. Aquel día me dije: “Yo he de pagar esta deuda a Tettamancy. El dedicó tiempo y trabajo a mi villa. Yo le dedicaré –por mi parte- trabajo y tiempo a él”. Luego indagué, busqué y pude hacerme con “Víctor Said Armesto” y “O Castro de Cañás”. No es mucho, pero si lo suficiente para comprender con que profundo y viejo amor amaba a esta buena tierra gallega. No es mucho, pero si lo bastante para conocer con que ímpetu y energía y pasión e ilusión escribía sobre temas históricos, con objeto de que España y el mundo supieran de Galicia. Y le habéis olvidado.

      Es ciertamente notable y notoriamente extraño. Galicia no da valor a sus valores. Desconozco las razones: pero es así, Y, sin embargo, tenemos los suficientes, en calidad y en cantidad, para situarnos a la par, por no decir a la cabeza, del resto de las regiones españolas. Virtud o defecto, el hecho es que somos extraordinariamente humildes, o tímidos no sé. De estos era Tettamancy Gastón. Muchos existieron como él. Yo creo que ha sonado la hora de decir:”Galicia tuvo artistas, los tiene, los tendrá. ¡Plaza! Estos son nuestros valores, es decir, nuestros poderes”. Pero tenemos que empezar por conocer, nosotros mismos, a hombres como Tettamancy, el olvidado. Hombres que nos han legado historia y obra y ejemplo. Gentes que han ganado, para nosotros, baluartes que son avanzadilla desde la cual podemos, con más facilidad, intentar el difícil asalto a las cumbres  altivas del Arte, es decir, de la gloria. No está de más, con todo, que de vez en vez dediquemos un recuerdo apasionado a aquellos que nos precedieron en la ruta penosa que conduce al logro del “viejo laurel verde”, como dijo Rubén. Por ello he querido dedicar a Tettamancy mi recuerdo, el cual no es otra cosa que el pago de una deuda.

Mi villa encontró un pintor


        Sucede raramente que un verdadero artista nos visite para crear, hacer obra entre nosotros. Así fue que me sorprendió la grata noticia de que Fermín González Prieto había llegado aquí con el objeto de pintar, precisamente motivos villalbeses. De la misma manera que en Madrid se olvida a las provincias –en casi todos los órdenes- también en provincias, la mayoría ignoramos a la capital de la nación. González Prieto tiene su estudio en Madrid. Por eso habré de presentároslo. Me refiero, claro a los que no siguen de cerca el hacer de los artistas que viven y trabajan en Madrid.

      González Prieto es un fenomenal paisajista formado, como tal, en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Alejandro, en La Habana. A los 17 años era ya profesor de pintura en el Centro Gallego de dicha ciudad. Sociedad que le pensionó para ampliar estudios en Europa. Recientemente expuso en la II Bienal celebrada en la hermosa capital antillana siendo el único artista cuyos cuadros fueron adquiridos en su totalidad. Es de notar que a la misma concurrieron con su mejores obras cientos de pintores. Creo que esto es suficiente para que cualquiera se forme una idea de la calidad de este pintor. Su pintura puede situarse en la línea que siguen los impresionistas franceses si bien, a mi entender, su arte –sus paisajes- se apartan de toda escuela para convertirse en algo íntimo personal, único. Haciendo arte nuevo- ese es su mérito- pinta cosas tan viejas como el mundo, tan hermosas como la naturaleza, porque –habéis de saberlo- González Prieto es todo corazón, corazón que vuelca totalmente en sus obras hasta lograr cuadros de inigualables mérito y belleza. Cuadros vivos, fragantes poderosos, donde hasta las piedras parecen alentar. Como hombre, -¿Qué os diré?- todo él respira ancha y cordial humanidad. Tanto es así que se negó rotundamente a hablarme de recompensas obtenidas y a hacer crítica de otros pintores. Lo increíble.

Por dos motivos poderosos he querido hablaros de González Prieto. Uno por el hecho de que, aunque nacido vivariense, puede decirse que ha nacido a la pintura en Villalba, mi pueblo. Otro, por esa circunstancia de haber encontrado mi villa, por fin, pincel que la inmortalice. Y creedme no exagero al expresarme así.

      Entre los cuadros que González Prieto pintó aquí, cuatro han llamado poderosamente mi atención: “Paisaje de Villalba”, “Pinos de Guntín”, “En Mourence”, “Fonte Vilar”. Serán expuestos en el salón “Dardo”, de Madrid. Creo sinceramente que en especial los primeros que cito, aumentarán el prestigio de su autor. En el “Paisaje de Villalba” ha pintado algo más que paisaje. Ha pintado historia. Paisaje e historia que trasladados al lienzo cobran lozanía, vitalidad, armonía. Y a todo ello, unidos la exacta coloración –sinfonía de luces, sombras, reflejos-; el inconcebible aprisionamiento del celaje: el motivo en sí, una maravilla: en primer término la ermita de la Magdalena, el molino añoso y la huerta y el prado. Y allá arriba el pueblo –triángulo de casas- alrededor del castillo y de la iglesia. “Pinos de Guntín” es un cuadro impresionante por su maravillosa sencillez. Imposible pintar mejor. Os roba la mirada y sentís no poder estar toda la vida contemplándolo. Os haría una descripción emocionada de no faltarme tiempo y espacio. Pero esperemos que Luis Trabazo –ese buen crítico- lo haga, desde Madrid, para nosotros. En tanto digamos adiós al pintor, rogándole que quiera volver a visitar esta villa que, por fin, encontró pincel digno de sus paisajes.

Lugo en el recuerdo


     Ver a Lugo es la primera gran ambición infantil, el primer gran deseo, que tortura el corazón pequeñito, y el cerebro, de los niños nacidos en la provincia lucense. Ocurre en esa edad en que uno ya ha leído “Las Mil y Una Noches”, es decir, ya es capaz de discernir entre lo fantástico y lo real y prefiere esto a aquello. De la maravilla lejana –Bagdad- a la cercana –Lugo- es preferible la próxima. Este es el momento en que –para el niño aldeano; para el pueblerino- Lugo (su existencia, su relativamente remota cercanía, el ansia de pisar sus calles y contemplar sus monumentos, sus edificios, sus plazas y jardines) comienza a ser problema, pesadilla, anhelo, desazón. Sucede que, como tal problema de urgente resolución imperiosa, es planteado a los padres, mientras lo grandes ojos –apenas un parpadeo por minuto- suplican con más intensidad todavía que la voz delgadita y vacilante. Voz y ojos, como de rodillas, repiten la misma petición: “Papá, llévame a Lugo”. Y aún, acaso, por las tersas mejillas sonrosadas, se deslizan lentas lágrimas grandes sin razón alguna de ser.

      Recuerdo que yo no necesité suplicar ni llorar. Un buen día, mi padre –siempre lo hacía así- me miró cariñosamente desde el otro lado de sus anteojos y dijo: “Vas a ir a Lugo conmigo”. Y al otro día fui. Al otro día me fue dado ver, primera vez en mi vida, una maravilla real, es decir una ciudad; la capital de mi provincia. Este fue mi primer gran sueño logrado. Desde entonces Aladino y su lámpara, perdieron en mis conversaciones mucho de su preponderancia.

      En aquel tiempo no era Lugo lo que es hoy. Era una chiquilla. Todavía los grandes arcos de las románicas murallas servían únicamente para penetrar en la ciudad. Ahora sirven también para salir de ella. Esto quiere decir que Lugo ya es una adolescente. Creo que algo ha cambiado. Ha crecido mucho, si, pero –os lo aseguro- no ha llegado aún a ser mujer. Ha de crecer más. Y ha de ser más bonita, si cabe. Pero os estoy hablando de Lugo en el recuerdo veinte años después de aquella fecha gozosa en que la conocí. No debo derivar.

      En toda ciudad hay algo fundamental que no puede modificarse; que, incluso, no se deja modificar, ni por los hombres ni por los elementos. Las ciudades tienen, como los hombres, su Ángel de la Guarda. El se encarga de que permanezca inmutable aquello que no debe cambiar. Por eso es dado que los niños de hoy, a pesar de todo su crecimiento, puedan ver lo que, realmente, es notable y fundamental en Lugo: las murallas, la catedral, los soportales, la fachada y torre del Ayuntamiento, el Parque; y el Miño, ese anciano tranquilo, allá abajo, siempre lento y silencioso, tan bien definido por Manuel María que recuerdo su verso de memoria:

 

O río é vello

             e sempre vai calado.

              Somentes no inverno

               semella que algo laia.

                       Por moito que un o escoite

            o Miño non di nada.

 

      Esas son las maravillas de Lugo. Lo que yo vi, hace veinte años. Esto fue, mejor dicho, lo que vio el niño que yo era “in illo tempore”. Esto lo que os aconsejo veáis y enseñéis a vuestros hijos hoy. Pero no olvidéis la suprema maravilla: Jesús Sacramentado os espera en la catedral, continuamente expuesto y adorado. He ahí por qué Lugo es una gran ciudad. Esa fue la gran concesión de Dios a Lugo.

      He escrito, en tres cuartillas, lo que, para mí, es Lugo en el recuerdo. He cumplido mi propósito. Basta.

Villalba


        Es una linda villa de la verde provincia lucense. Cabeza de partido judicial. Veinte mil habitantes distribuidos entre las treinta parroquias de su Ayuntamiento; cuatro mil –poco más o menos- habitan el casco urbano, lo que es la villa en sí. Ahí la tenéis. Destacando, sobre todo, el castillo y la iglesia –dos torres- a la izquierda. Esa carretera que serpentea, subiendo, acaba de apagar la sed en el río Magdalena después de su largo viaje a La Coruña. Un poco antes –fijaos-, como una flecha blanca, se ve la espadaña de la ermita de Santa María de Magdala, ya en terreno de la parroquia de Mourence. Pero entrad en la villa; es un nudo de comunicaciones notable. Hasta aquí llegan –o de aquí parten- cinco carreteras: dos a La Coruña, la de Lugo, la de Meira, la de Ribadeo; otra que os llevará a El Ferrol del Caudillo o a Vivero. El Castillo y el árbol, desde luego, os llamarán la atención; pero ved que maravilla esa larga y recta y limpia Avenida del Generalísimo; es la calle principal: pocos pueblos, -yo no conozco ninguno –pueden presumir de tener una calle semejante. Y todo, las calles y las casas y las personas presentan mejillas como de manzana en sazón. Por aquí se vive bien.

      Este es un pueblo laborioso, eminentemente comercial. Dos veces al mes –a la feria, al ferión –la Comarca entera y gentes de otros puntos se concentran aquí para comprar y vender. Villalba es un pueblo rico porque su Comarca lo es. La Agricultura y la Ganadería; he ahí las bases fundamentales de una notable prosperidad. No existe mucha industria, pero se trabaja en este sentido, como en todos, y se avanza; el porvenir villalbés se presenta risueño. Se construye aceleradamente. Nuevos edificios; nuevas calles, nuevos habitantes, aparecen de la noche a la mañana. El ferrocarril haría crecer la villa hasta límites insospechados; es una de las cosas necesarias. El camino de hierro elevaría al pueblo al rango de ciudad.

      Ayuntamiento, Juzgado de Primera Instancia e Instrucción, Juzgado Municipal, Delegación Comarcal de Sindicatos, Jefatura Local del Movimiento, Corresponsalía de Previsión Social, Hermandad Sindical de Labradores, son centros oficiales. Racing Club Villalbés, sociedad deportiva. Casino de Villalba, sociedad recreativa. En lo cultural un grupo escolar que necesita ampliación, dos colegios más de primera enseñanza y la Academia “Santa María”. Destaca el Hospital-Asilo, para ancianos desvalidos, como uno de los mejores edificios de la Villa por sus dimensiones. Luego, comercio, comercio, comercio…Esta es Villalba.